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Medinaceli Blues 3×35: ‘Ritos de paso’

Y tú, ¿cómo imaginaste que sería? Te contaré cómo lo había imaginado yo. O mejor, te diré cómo no creí que pudiera llegar a ser nunca: virtualmente descendidos, estrenando interino en el banquillo, con un sistema casi experimental, sin público, sin sucesos paranormales dentro de lo estrictamente futbolístico; un partido soso de noventa y pico minutos, un penalti al filo del descanso, una expulsión, un rival sin esa chispa de fortuna. Y ya está. Y yo jamás, jamás en la vida lo hubiese imaginado así, así de simple, así de banal, así de vulgar. De Ponferrada siempre esperamos otra cosa después de tanto tiempo. Sucede igual con todas esas primeras veces que uno espera vivir como algo verdaderamente especial, trascendente, como un rito de paso hacia alguna parte. Llegado el momento, la experiencia real suele resultar decepcionante, traumática en el peor de los casos, pero sobre todo desconcertante. Por su simpleza, por su banalidad, por su vulgaridad. La gran historia de una pasión se va tejiendo como sucesión de pequeñas obsesiones: jugadores y técnicos que adoras, que odias y temes, fechas simbólicas, supersticiones estúpidas, bares elevados a capillas donde velar armas en las previas y estadios elevados a hogares, voces de locutores, mecas a las que peregrinar, pueblos a los que ojalá no volver. Por encima de su relevancia objetiva dentro de la historia del club, Ponferrada ocupa un lugar fundamental en mi cosmogonía albacetista personal, compartida con los sospechosos habituales. Para nosotros, el mito de Ponferrada existía antes de ser conscientes de la verdad histórica detrás del asunto; Ponferrada ya se nos antojaba lóbrega, temible e inexpugnable, prácticamente un decorado de cuento gótico, antes de conocer que nuestro Alba jamás había ganado allí. En 2016, el descenso consumado en El Toralín reavivó el mito y añadió una nueva capa de fatalismo. Aquel lugar quedaría ya marcado de por vida a nuestro ojos como un campo maldito. Desde entonces, las fantasías acerca de la primera victoria del Alba en Ponferrada (si es que había de llegar algún día) adquirieron un sentido añadido de reparación. Ya no podría ser una victoria sin más, una victoria cualquiera en un estadio que se nos resistía: la primera victoria del Alba en Ponferrada sería, por cojones, algo gordo. Algo verdaderamente especial, trascendente, un rito de paso hacia alguna parte. Ponferrada era una obsesión, como lo es aún Matapiñonera, como lo fue el Carranza durante los ocho años que transcurrieron entre aquella tanda de penaltis y el penalti de Maikel Mesa. El círculo de Cádiz se abrió a lo grande, con un trauma, la pérdida de un ascenso, y tuvo un cierre a la altura, simbólico, dramático, perfecto. Sin ninguna interpretación alternativa posible más allá de lo evidente, de lo explícito. ¿Cómo interpretar la primera victoria en Ponferrada? ¿Cómo algo destinado a ser tan decisivo, tan importante, pudo producirse justo en este momento y de esta manera? Desconcertante. Al Albacete le quedan cuatro jornadas y, gracias a la respiración asistida que le proporcionan los tropiezos de rivales directos, mantiene aún, por extraño que parezca después de tanta miseria, un hilillo de lo que podría llamarse vida. Si ganase esos cuatro partidos, la primera victoria en Ponferrada —que al mismo tiempo y quizá no por casualidad fue también la primera de Noguerol— cobraría un nuevo sentido, cobraría su auténtico sentido. Y entonces sí, entonces sería todo lo que siempre fantaseamos, todo lo que siempre imaginamos sobre ella. Sería la victoria trascendental, el punto de inflexión, el rito de paso hacia una permanencia dada por imposible. Sería la reparación total por la caída al abismo en aquel mismo lugar. Sería el fin de una de las obsesiones que han marcado a fuego nuestra pasión a lo largo de los años. Si ganase los cuatro partidos. Y tú, ¿cómo imaginas que sería? Yo, por miedo, soy incapaz de imaginarlo. Lo hice ya en el pasado. Y la experiencia real resultó traumática y decepcionante.

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