Medinaceli Blues 3×38: ‘Medinaceli Blues (Coda)’

Vencido, siguiendo el consejo de Miller, decidí sentarme frente al teclado. Y alguien como yo no tenía opción de escribir sobre otra cosa que no fuera el Albacete Balompié. No recuerdo el momento en que empecé a asociar, de un modo u otro, todas las pasiones de mi vida a mi equipo, a medir e interpretar con obsesión cabalística cada experiencia que he ido teniendo en función de la trayectoria o la coyuntura del Albacete. Sí puedo asegurar, al menos, que toda esta locura se fraguó hace una década, en ese primer gran punto de inflexión que es la edad de catorce años. Dado que paralelamente al descenso comenzarían a llegar —con cuentagotas, más tarde en tromba— las cosas que habrían de envenenar y marchitar para siempre el paraíso, el último verano antes de todo eso se eleva en mi memoria con una pureza y una luz únicas. La luz, sí, recuerdo perfectamente la luz de aquel atardecer sobre la carretera, y recuerdo una voz anunciando por la radio la eliminación de Camerún, y recuerdo cómo el sol, próximo a ocultarse tras alguna loma murciana, tomó por un segundo el color exacto de mi camiseta, el mismo naranja fosforescente, y recuerdo la penumbra azulada de mi calle y una brisa casi imperceptible al bajar del Opel Vectra, justo en la puerta de la cochera del Cristo de Medinaceli donde me dejaron Andrés y su padre. Aquel diecinueve de junio acabó la primera parte de mi vida; tuvo un final feliz, a la altura de lo que fueron aquellos años. La década posterior discurriría ya al mismo compás que el Albacete Balompié, sincronizados y del brazo, como aquellas dos pobres mujeres que tan común era ver por la ciudad. Disgustos, ilusiones y proyectos truncados, varios raticos buenos, aburrimiento, momentos en los que creímos sinceramente que el futuro cambiaría para mejor, oportunidades desperdiciadas, y amor, muchísimo amor, amor encontrado y amor perdido. No ha sido una buena década en general para ambos, pero la hemos vivido, la hemos sobrevivido, nos la hemos contado, y supongo que eso es lo que importa, que seamos como el árbol talado y retoño del poeta y aún tengamos la vida, que ya es algo y ya es bastante. Siempre habrá una carretera a ninguna parte, y un horizonte lejano e incierto, y una figura que camina hacia él. Ese debe ser el final de nuestra década, el final de tantas películas de Chaplin: ese vagabundo solo y derrotado que, tras arrastrar cabizbajo su pena durante unos pocos pasos, se recompone, se yergue y reanuda su camino alegremente, hacia ninguna parte, hacia un horizonte lejano e incierto. Y este debe ser el final de mis confesiones: sé que no soy libre, con toda probabilidad nunca romperé este vínculo que creé entre mi vida y mi equipo hasta niveles enfermizos. Seré siempre un esclavo del Alba. Pero ahora, después de estos años, siento que empiezo a recuperar la paz. No me libraré de mi pasión. Me he liberado de mi carga. Escrita queda. Enterrada en los cimientos de tres torres en la barriga de un murciélago.

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