Medinaceli Blues 3×37: ‘Venganza de todos los instantes’

Un avión con destino Gran Canaria alejó a Andrés de su sitio natural, en Tribuna Marcador, aquella tarde. Él más que nadie merecía estar allí, mucho más que nosotros, dos hormiguitas sobreexcitadas entre diecisiete mil. Él mejor que nadie podía describir el sabor de la mierda servida, ya fuera en plato frío o plato caliente y sin agua para digerirla; sí, él fue uno de los que volvieron de Lorca como quien vuelve de Cuba y Filipinas. Y un avión con destino Gran Canaria lo alejó de vivir como y donde él merecía aquello que tanto había perseguido durante el año. En cierto modo me sentí, y aún me siento, un usurpador por haber gozado del privilegio de estar allí. Gran Canaria alejó a Andrés del ascenso y ahora lo interpreto como una señal extremadamente clara, como si, ya entonces, Gran Canaria hubiese empezado a alejar al Albacete Balompié de Segunda División. Sólo lo sabemos unos pocos, pero Andrés es el Alba y viceversa. Donde está uno, juega el otro. Y por eso, justo en el instante posterior a que López Toca decretase el final, mientras nosotros enloquecíamos, el Albacete ya jugaba por primera vez como equipo de Segunda. Su primera salida: Gran Canaria. Por tanto, Gran Canaria debía ser también la última. El destino a veces se guarda estos guiños sin valor real alguno más allá de lo simbólico, lo poético. Hay quien diría que nada de cuanto fiamos al fútbol, todo eso que nos da y nos quita, tiene valor real alguno. Pero es precisamente eso, todo eso, lo único que sí lo tiene. El ciclo eterno de ilusión, frustración y decepción que llena nuestra vida fragmentado por temporadas, esa sensación de inmortalidad en instantes muy determinados, el propio sentimiento de culpa por estar en el lugar que un amigo merece mucho más que tú. Todo eso es lo único que tiene valor real, porque es la prueba de que somos inequívocamente humanos.

La previa de la jornada me colocó frente al espejo. A veces llega un día en que lo único a lo que puedes aspirar ya es a no acabar el último. «Cuanto más infame es su vida, más la valora el hombre; y entonces es una protesta, una venganza de todos los instantes», escribió Balzac. «Reírse burlonamente o rezar: todo lo demás es accesorio», sentenció Cioran. Sin lugar ya para la oración, el descenso había dictado el signo de nuestra protesta, nuestra venganza por todos los instantes de la temporada: reír, reír burlonamente. Por el absurdo del partido, por el renacimiento de Jesé, por el último vals de Tana… Reímos como si ya hubiese pasado el tiempo suficiente para hacer comedia de la tragedia, de la infamia. Y era cierto: la televisión emitía destellos de un pasado ya inofensivo. Pero quizá, más que como venganza por lo anterior, utilizábamos la risa como escudo ante la incertidumbre del futuro. Como hacemos siempre.

Antes del Las Palmas-Albacete pasé por delante del primer sitio en el que viví tras marcharme de casa. De la que entonces fue mi ventana colgaba ahora una bandera del Burgos C.F., que había ascendido la noche anterior. Ya no cabía duda, tanto tiempo después supe que no fue una anécdota: esa ventana da suerte. La primera vez que me asomé a ella aún me ardía una terrible derrota en La Roda, pancarta humillante incluida. La última vez que lo hice el Alba había recuperado la categoría perdida tres años atrás, cuando irme de casa era un sueño lleno de posibilidades y no una realidad llena de amargura. Y al recordarlo mirando hacia arriba, hacia esa ventana, durante una milésima de segundo, sentí que no volvería a estar más unido a nadie en toda mi existencia que a ese chico, esa chica del Burgos que va a ver a su equipo en Segunda División y vivir el sueño después de años llenos de amargura.

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