Medinaceli Blues 3×36: ‘El espíritu dormido’

Siempre hay un penalti. Una ardilla podría cruzar la historia contemporánea del Albacete Balompié saltando de penalti en penalti. Los penaltis retrasaron la huida de Tercera División en el 81 y de Segunda B en 2012, de penalti abrió Zalazar las puertas del cielo, de penalti cerró —más bien entornó— Mesa las del infierno. Cada acto de la tragedia de este Albacete se ha cerrado con un fallo desde los once metros: Ortuño contra Oviedo y Castellón, Jiménez contra Mallorca y Lugo. Ese será el mural del descenso. Un collage de penaltis fallados en momentos clave. Una ristra de oportunidades inmerecidas y tiradas sistemáticamente a la basura cada vez que hubo que estar a la altura de la exigencia, hasta que, por fin, no quedó más que la realidad. Cantaron gol en Las Gaunas y, al contrario que en Las bicicletas son para el verano, no llegó la victoria, sino la paz. A la cuadragésima jornada, la afición descansó. Meses después de asumir, en mayor o menor medida, la inevitabilidad del desenlace, apenas horas después del último golpe. La depresión venía durando tanto tiempo que, llegada la hora definitiva, no fue necesario forzar la aceptación del hecho; justo al revés, la reacción inmediata y unánime fue de gallardía y orgullo. Estamos en Segunda B. Estamos en Primera RFEF. Sí, qué pasa. Pasa que volveremos. Gallardía porque ya descendimos antes, y descendimos sin saber siquiera si habría una siguiente temporada. Orgullo porque somos el Alba; no porque seamos el mejor equipo de la provincia, de la región y, modestia aparte, del mundo, sino precisamente porque lo somos a pesar de los incontables ridículos y decepciones, de ruinas y quiebras, lo somos por nuestra mitología llena de fatalismo cómico, por nuestra tradición de descender entre semana, como colistas y con antelación. Porque es un orgullo al que la porquería de temporadas como esta —toneladas de porquería— ni le salpica; mucho menos lo puede sepultar. Y a menudo pienso que eso nos vuelve demasiado buenazos, mansos, dispuestos a abrir la boquita y tragar lo que sea si nos hacen el avión. Sin duda, así somos en general y casi siempre: poco ladradores y aún menos mordedores. Los no-sé-cuántos-mil de siempre tenemos el umbral de la exigencia tirando a bajo, nos conformamos con poco. Un simple arreón, una carrera trastabillada por la banda, la más mínima señal de vida aun precedida de setenta u ochenta minutos de vergüenza basta para despertar el espíritu dormido del Belmonte y convocar las palmas, las maracas, el jaleo, la pasión. Ese espíritu que gobierna los partidos en el templo gobierna también las temporadas, las épocas; es algo superior y anterior a nosotros, a todo, quizá incluso al café Colón. Es el mismo espíritu que renueva cada año la ilusión y conjuga en nuestra boca un verbo muy concreto, en futuro y primera persona del plural, VOLVEREMOS, nuestra primera palabra al instante de nacer a un nuevo descenso. Sin referencias de fichajes, de proyecto, de calendario, en base a nada más que la experiencia y la memoria. Volveremos porque volvimos antes. El eco del golpeo de Zalazar desde el punto de penalti el 9 de junio, del balón de Simeón botando a un milímetro de la manopla de Rafa, del autopase de Samu en el área de Gol Sur, del pecho de Tomeu repeliendo el remate asesino de Mir; todos esos ecos lejanos son la mínima señal de vida que bastará para despertar el espíritu dormido del Belmonte, anestesiado por la depresión y la mediocridad, renovar la ilusión y convocar a los prófugos del frenopático en torno a la hoguera del círculo central. El Alba volverá, pero primero volveremos nosotros, año y pico después, y entonces sí, entonces estaremos todos, entonces volveremos, y quizá antes de volver aún tengamos que volver a Tercera, e incluso a Regional, y veremos al Albacete superarse a sí mismo, marcar 112 goles y tomar impulso para volar, vivir, volver.

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