Medinaceli Blues 3×33: ‘Un título’

El partido se antojaba clave para la lucha por la salvación y así fue: con el empate sumado en Vallecas y la derrota del Alcorcón el día anterior, el Rayo obtuvo la permanencia matemática en Segunda División. Imagino que no lo sabían ni ellos, pero bueno, siempre es bonito contar con una certeza de esa clase. Con el empate sumado en Vallecas, el Albacete no obtuvo ninguna permanencia ni tampoco se acercó a ella, pero consiguió algo mucho más importante: superar los 32 puntos de la recua que nos descendió diez años atrás y ahorrarse así el honor de quedar como el peor Albacete de la historia a ojos de la estadística; ya los ojos y la memoria de cada uno decidirán si comparten o no esa impresión. En cualquier caso no deja de ser un título, el último al que podía aspirar ya este equipo, una medalla de papel, un premio de consolación para su orgullo de pobrecitos futbolistas profesionales incapaces de aguantar un resultado.

Sospecho que sería más probable que un hindú o un mapuche consiguieran descifrar el misterio Albacete Balompié antes de que lo hagamos nosotros simplemente por las diferencias en la concepción del tiempo. La nuestra, lineal, resulta demasiado simple y determinista para explicar todos esos quiebros que el Albacete realiza contra su supuesto destino; interpretarlos, en cambio, dentro de un esquema cíclico ofrecería otras respuestas, más interesantes aunque quizá no más alentadoras. Carezco del aparato teórico necesario para formular y desarrollar esto de forma apropiada; igualmente se trata de una estupidez, pero mientras mi equipo va cubriendo el paripé de la postemporada yo me sigo preguntando cómo pueden ser posibles tantas de las cosas que hace y que lo han condenado, no sólo en el presente sino también en el pasado, y por qué me recuerdan tanto unas a otras, y es todo tan extraño y tan absurdo que buscar explicaciones extrañas y absurdas es la única salida, amén del único entretenimiento.

 

De todos modos, acaso por la mística crepuscular del recuerdo de 2011, tuvimos hasta diez minutos para, digamos, disfrutar en Vallecas —sé que no es el término correcto, pero creo que se me entiende— después del esperpento de la primera hora de partido. A partir del penalti cometido por Mario Suárez emergió ese otro Albacete que pudo y debió haber sido más veces durante la temporada y la lesión de Carlos Isaac nos devolvió el Albacete de las pesadillas, simbolizado y sintetizado en la entrada de Alberto Benito al terreno de juego, una secuencia que evocó indefectiblemente la antesala del desastre de Montilivi y aquel saque de banda que el albacetismo supo reconocer de inmediato como lo que era: un hito indiscutible en la historia negra reciente del club. En Vallecas perdimos la victoria en una acción menos traumática pero mucho más redonda, puesto que participó en ella casi todo el equipo en pleno, algo meritorio; esa exquisita pérdida inicial de balón por parte de Zozulya, ese Benito que prefiere declinar la invitación para estorbar al que centra, esos tres tíos que van en bloque a estorbar a Catena, quien sin embargo la peina igualmente para que llegue Bebé libre de marca gracias a la bajada al trote gorrinero de Fuster, y ese pobre Fran García que aquí no tenía la culpa pero acaba saliendo en la foto del gol. Una sinfonía coral para deleite del distinguido público del palco.

No se puede decir que el Albacete no haya sido coherente con el eslogan corporativo que, como buenos mandaos, lucieron en esas camisetitas proporcionadas por LaLiga: no cabe duda que se ha ganado en el campo estar donde está ahora y donde estará, a falta de ponerle fecha, el año próximo. No obstante, algo así nunca se gana sólo en el campo, aunque esa sea la única parte que hemos tenido el inmenso placer de contemplar semana tras semana. Son los responsables de esa otra parte los que deberán dar explicaciones y trabajar y demostrar que se toman en serio la obligación moral de devolver este club al lugar donde se lo encontraron.

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