Medinaceli Blues 3×29: ‘El canto del gallo’

En el Evangelio de Juan, Nuestro Señor le dice a Judas: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto».

Al volver la vista a los anteriores descensos, de sobra conocidos y de sobra glosados, puedo afirmar sin impostura que hasta aquellos sendos miércoles de mayo de 2011 y 2016 no dejé de albergar siquiera una mínima esperanza de contemplar el milagro sobre cuya imposibilidad llevaba meses previniéndome el hemisferio izquierdo de mi cerebro. El recuerdo de aquella esperanza —terca e inútil, sí, pero sincera, terriblemente sincera— que sostuvieron mis yoes de entonces me hace sentir culpable ahora, cuando después de las derrotas frente a Girona y Castellón me siento incapaz de escribir, incluso de pensar, que aún queda algo en mi interior que cree en la salvación del Albacete. Me hace sentir culpable, me hace sentir dos veces traidor: al escudo y a mí mismo. A pesar de ello, quiero ser honesto: del mismo modo que puedo afirmar sin impostura que en el pasado lo creí, no puedo afirmar sin impostura que lo sigo creyendo en esta ocasión. Siempre que me han expedido el carné de mal aficionado por haber dicho esto o lo otro me lo he tomado como lo que es: una soberana soplapollez. Ahora no sé si lo merecería, pero ahora lo comprendería. Ahora lo aceptaría.

Veré los diez partidos que quedan de temporada por militancia, por retraso mental severo, por pura nostalgia de la gran pasión de mi vida, por todo a la vez. Los veré sin expectativa, rezando para que lo que tenga que suceder suceda pronto. Los veré aunque me vengan sobrando, como le sobró al Alba el tiempo de descuento en Montilivi, como le sobró al Alba la media hora posterior al gol de un Castellón que, por muy malo que fuera, fue muy bueno en lo que debía: hacer que no se jugase más. Aún llegará alguna victoria, eso lo sé, y la celebraré diciéndome que quizá sea la última victoria del Albacete en Segunda División que vea en un tiempo, acaso en mucho tiempo, Dios no lo quiera. Y vale que este cáliz no pase de nosotros pero, si es posible, que no nos descienda el Fuenlabrada en la última jornada, que no nos descienda el puto Iban Salvador. En cualquier caso, «no se haga mi voluntad, sino la tuya».

 

Han pasado ya un par de días desde la hostia del Miércoles Santo y trato de pensar con la máxima frialdad posible. Me pregunto si esto que digo es fruto de un acceso de pesimismo extremo que pasará si dentro de un par de jornadas el Alba sigue ahí, a tiro de un partido o dos de poder salir del descenso, o si por el contrario es la primera vez que veo las cosas con algo de verdadera lucidez, asomado por encima de las tapias del sentimentalismo y la ñoñería que me caracterizan; Michel Houellebecq hablaba de «la tradicional lucidez de los depresivos» en Las partículas elementales. En fin, quién sabe. Una persona es la suma de sus contradicciones. Ha llegado el momento en que ya no creo, ni con el corazón ni por supuesto con la cabeza, que el Albacete pueda salvarse, pero lo sigo anhelando, lo sigo deseando fervorosamente. El mundo está lleno de personas que no creen pero desean de todo corazón creer. Sé que todavía quedan aficionados que creen, no sólo con el corazón sino también con la cabeza, en la permanencia del Alba. Suyo es el Reino, sin duda. Hoy, más que nunca, deseo ser como ellos y no sentirme culpable por haber dejado de creer en un equipo como este que nos han colado, por haberle hecho lo que nunca pensé: negarlo antes de que cante el gallo por última vez.

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