Medinaceli Blues 3×28: ‘La bola de cristal’

Una bola de cristal soluciona muchos problemas a tiempo, una bola de cristal me vendría de perlas para saber hasta qué punto debo alegrarme por la victoria contra el Cartagena. Porque lo cierto es que me alegré mucho, y sé que no había demasiados motivos racionales para hacerlo, pero uno es así, medio gilipollas de normal y gilipollas completo cuando juega el Albacete. Y cuando el Albacete, además de jugar, gana, y gana sin pedir la hora, un gilipollas como yo no puede permitirse el lujo de no estar siquiera un poquitín contento, aunque sea sólo por una noche, aunque sea perfectamente consciente, debajo de tantas capas de gilipollez, de que algo así no suele durar demasiado. En mi bola de cristal podría descubrir si esta victoria ha sido un punto de inflexión de algún tipo en la eterna lucha por la permanencia, como el 3-2 a Las Palmas en 2010, o si por el contrario ha sido como aquellas victorias que antecedieron al último descenso: Osasuna, Córdoba, Mallorca. Pienso sobre todo en la primera, por fechas, por sensaciones, por desarrollo; una de esas victorias de vísperas de Semana Santa —como fue, precisamente, el 3-2 a Las Palmas de 2010— tras las que es imposible no volver a creer un poco. Estaba convencido de que, sin el penalti que Rubén Cruz convirtió en el 3-1 definitivo, Osasuna hubiese acabado empatando el partido como nos llevaban haciendo los rivales toda la temporada (toda la vida), estaba convencido, pero aun así salí del Belmonte creyendo, creyendo un poco. Quizá porque me invadía el recuerdo del 3-2 a Las Palmas, quizá porque había vuelto Ferrando, o quizá porque —y aplicando la navaja de Ockham esto es lo más probable— el Alba jugó y ganó y cuando eso ocurre un gilipollas como yo no puede no estar siquiera un poquitín contento. Ea, así de sencillo. Un análisis más o menos frío nos escupe a la cara que, si la victoria contra el Cartagena se parece a algún precedente, ese es el 3-1 al Osasuna, una victoria que a la postre no serviría para salvar al Albacete del descenso. Qué bien me vendría esa bola de cristal, por asegurarme más que nada. Por salir de dudas. Cuántas cosas inútiles me hubiese ahorrado con la bola de cristal en mi poder. Pensaba que el Martínez Valero sería el Castalia’2008 de la permanencia de Lucas Alcaraz. Llegamos a Elche, Fuster se expulsó, Acuña remató al aire, Pacheta nos folló y mi equipo salió del que creí que sería el nuevo Castalia’2008 con pie y medio en la Segunda B de los horrores. Con qué tranquilidad, con qué pachorra hubiese vivido aquellos días entre la debacle de Elche y la final contra el Zaragoza de haber tenido la dichosa bola de cristal. Con qué copazo de Larios-tónica me hubiese tragado los 80 minutos que el Albacete estuvo descendido en Carranza de haber tenido la bola. De haber tenido la bola, jamás hubiese sentido lo que sentí cuando Mesa acertó, cuando empezaron a llover los goles en Cartagonova, cuando miraba desde la primera fila de Marcador a Gálvez y compañía achicar y despejar como trogloditas los últimos centros del Mestalla, cuando Pulido culminó aquella remontada delirante en El Arcángel, pero también cuando Manaj agarró el balón para tirar aquella falta. De haber tenido la bola, probablemente no hubiese sentido nada la noche del lunes, ni en el gol de Ortuño, ni en el de Dani Torres, nada, en ningún momento, porque ya habría visto en la bola que el Albacete probablemente descienda a final de temporada. Pero no tengo la bola. Y como no tengo la bola, y como encima uno es gilipollas, me alegré por la victoria. Mucho.

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