Medinaceli Blues 3×26: ‘Ya va tocando’

Lo cierto es que las cosas no nos han ido exactamente como esperábamos ni mucho menos como nos hubiese gustado. Cuando llegó nuestra primera gran hostia colectiva, hace ya diez años, dimos por hecho que en adelante todo sería mejor. Por cojones. Luego pasó el tiempo y, en algún momento difícil de precisar, el tiempo se nos pasó a nosotros. Ahora nos acercamos, si es que no hemos llegado ya, a ese punto en que los empates saben casi igual, y en ocasiones peor, que las derrotas. Nos va haciendo falta una victoria, ¿cuántas veces se lo hemos oído a Andrés? «Ya va tocando, o qué», repite siempre, tocándote el brazo. Ya va tocando. O qué. Y siempre tiene que volver a repetirlo. «Hemos mamao, eh. Hemos tragao barro…» y ese gesto suyo con la mano, ese gesto de vaya tela nene, vaya telita. Los lazos más fuertes son los que se tejen en los disgustos compartidos, en las comuniones amargas, cuando lo único que se tiene es el hombro de un compañero a tu lado. Supongo que es una explicación al hecho de que, después de todo, sigamos aquí, aguantándonos. Será eso, una cuestión de lealtad por encima del cansancio, será que no tenemos nada mejor que hacer, o será que, después de todo, aún es verdad lo que decía la canción de nuestro primer verano juntos. Después de todo, aún es verdad aquello que dimos por hecho hace ya diez años: en adelante todo será mejor. Por cojones.

Cuando el aire de los pulmones de López Toca apenas había empezado a vaciarse sobre su silbato, salté la valla como un guepardo, que aún me sorprende cómo pude saltar la valla, por irrisoria que fuera, con lo que siempre me ha pesado el culo, salté la valla y eché a correr hacia el centro del campo sin saber muy bien qué hacía. A los pocos metros me paré, me giré para buscarte. Venías disparado, con la mandíbula desencajada. Yo me paré, tú venías disparado, me arrodillé, abrí los brazos para recibirte, iba a ser una instantánea épica, preciosa, venías disparado y me arrollaste. Las gafas se me fueron a tomar por culo y tuve suerte de no romperme el cuello. Lo que iba a ser la foto del siglo de haber estado alguna cámara pendiente de nosotros resultó en dos caras aplastadas contra el césped, allí, camino al círculo central, no muy lejos de donde Dani Rodríguez lloraba y Aridane era aupado a hombros como en los viejos tiempos del fútbol y de la sociedad occidental en general, pero en aquel momento, según recuerdo, sólo estábamos tú y yo en el césped. Vuelvo cada cierto tiempo a los vídeos de esa noche y por más que busco nunca nos encuentro, sólo veo personas con las que juraría no habernos cruzado entonces, porque la verdad que sólo tú y yo sabemos es que sólo estábamos tú y yo en el césped, y algo tan privado, tan inexplicable, no puede ser captado por ninguna cámara. Bajando la Avenida de regreso a casa ya no supimos qué decir. Vivirlo había sido suficiente. Ya nos tocaba, nos hacía falta algo así, ya nos tocaba después de tanto barro, vaya tela nene, vaya telita. Y nos tocó. Vamos perdiendo el partido, pero yo aún puedo sacarme un centro de aquellos que nosotros sabemos después de tantos melonazos, y tú aún puedes rematar a puerta y volver a apuntarte un tanto, salvar un punto, vamos perdiendo el partido, pero aún nos queda un tercio de temporada, aún nos quedan dos tercios de vida para intentar salvarnos.

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