Medinaceli Blues 3×25: ‘Llegaría el sábado’

Si lo de Sabadell no fue una final, se le pareció bastante: hubo una expulsión, acabó en empate y se decidió por un penalti que rebotó contra el larguero. Claro que Édgar Hernández no es Trézéguet ni estaba en juego la copa del mundo, como mucho el título de equipo español más lamentable de cara a puerta y la verdad es que no quedó claro el ganador.

Los males del Albacete ya están más que diagnosticados y la Nova Creu Alta no ofreció nuevas conclusiones. El espejismo de los primeros minutos se desvaneció en cuanto los arlequinados le cogieron el tranquillo a la espalda de nuestra defensa. A Menéndez le pesó el miedo a seguir perdiendo más que cualquier otro argumento, firmó el empate desde el vestuario y, larguero y mala puntería rival mediante, lo consiguió. Todo lo demás fue carne de olvido. La inspiración abandonó a Álvaro Jiménez y, para sorpresa de nadie, el Alba no tenía ningún recurso alternativo. Ahora han pasado cuatro días y quedan otros tantos para enfrentarnos al Logroñés en eso que muchos aficionados consideramos una nueva final y los profesionales del fútbol sólo un partido importante más. No será primavera del todo hasta que los segundos empiecen a compartir discurso con los primeros. La primavera albaceteña, en cualquier caso, empieza cuando se lee el primer «La permanencia pasa por el Carlos Belmonte» en los titulares de prensa.

 

En otra vida, en otro mundo, el Albacete-Logroñés habría dado pie a ello. En otra vida y en otro mundo anterior ya se escucharían cada noche desde mi habitación los primeros ensayos de los cofrades del Cristo de Medinaceli, rompiendo el silencio del barrio con el golpeo marcial de sus palos contra el asfalto de María Marín. Llegaría el sábado y ese sol que cada vez aguanta más tiempo en el cielo se retiraría justo a la hora de apurar los botellines y cruzar la circunvalación, y los más dramáticos tendríamos cuerpo de final, porque es una final aunque de momento sólo los hinchas la llamemos de ese modo y aunque la entrada probablemente no superaría los siete mil. Pero el Belmonte estaría precioso, darían ganas de quitarse la chaqueta como si ya fuese primavera de verdad, estaría precioso porque el Carlos Belmonte sabe que la permanencia pasa por él, tal como reza el tópico con el que nos hemos criado, y está bien que así sea y está bien que así lo reproduzca la prensa. Es un pregón, nuestro auténtico pregón. En otra vida, en otro mundo, también seríamos colistas, porque en todas las vidas y en todos los mundos posibles somos el mismo Albacete Balompié. Eso es, creo, lo más bonito del asunto.

Llegará el sábado y la realidad escribirá su versión. Las noches de marzo no son lo mismo sin aquel ruido de palos contra el asfalto. Ahora duermo junto a una ventana que da a un patio de luces amplio y feo como el jeto de Carlos De Lerma donde no se escucha nada. Ya ha pasado más de un año desde la última vez que estuve en el Carlos Belmonte y todo ha ido a peor y el Albacete, esta vez, no ha nadado a contracorriente del mundo. La última vez que estuve en el Belmonte el Albacete tenía unas carencias y cometía unos errores que hoy, un año y una vida después, no han hecho más que agravarse. Dan ganas de pensar que nada ha cambiado tanto como parece, que todo es igual que hace un año pero sin las pocas cosas y personas que nos hacían este lugar menos desagradable.

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