Medinaceli Blues 3×24: ‘Promesas posibles’

Aunque no creo que el adjetivo dickensiano sea el mejor para describir al Albacete Balompié —y mira que la miseria, ya fuera económica, institucional o deportiva, siempre lo ha rodeado de algún modo—, lo cierto es que el bueno de Charlie se cascó al principio de su Historia de dos ciudades una de esas frases capaces de evocar con absoluta claridad en cualquier lector informado el espíritu que recorre los ochenta años del club, pues «sólo se puede hablar de él en superlativo, tanto para bien como para mal». Si nos parece muy forzado explicar la idiosincrasia hiperbólica albacetista a través de la literatura, siempre nos queda la climatología. En la tierra donde se cambia el frío antártico por un calor sahariano con la misma naturalidad que se enlazan tres victorias consecutivas con otras tantas derrotas análogas, lo extraordinario sería lo contrario. Lo extraordinario sería, por poner el gran ejemplo, acabar una temporada tranquilitos. Y cuando esto sucede suele ser una pésima señal. Hay que tener cuidado con lo que se desea, especialmente tratándose del Alba. Garrido lo aprendió bien: la letra con sangre entra. Todos sabemos lo que significaría que al Albacete de Menéndez le sobren dos jornadas.

La baja de Campo Encharcado facilitó las cosas a un Sporting que tampoco es que necesitase hacer nada especial para llevarse la victoria, pues el Albacete ya se condena solito con su incapacidad crónica para ver portería (rival, conviene matizarlo), tanto más grave cuanto que dura dos años y tanto más frustrante esta vez cuanto que en la primera parte se generaron más ocasiones que nunca. Un buen cabezazo abajo de Zozulya que desvió Mariño y un triste intento de remate de Ortuño tras un centro sublime de Álvaro Jiménez pudieron llegar a prometer un desenlace menos triste. Pero no hay promesas posibles cuando no es posible completar partidos sin algún regalo obsceno al adversario o un penalti o una expulsión en contra. Con eso también se condena solito el Albacete, y da lo mismo cuál sea el suceso en cuestión, porque el suceso siempre sucede. Contra el Sporting sucedió una roja pardilla para Boyomo y la misericordia de Pulido Santana evitó otra para Eddy. Tomeu, que debió ser más valiente en el córner que supuso el gol de la derrota, mantendría viva la llama en los últimos minutos obrando tres milagros que se recibieron con la misma naturalidad con que en Albacete asumimos tres derrotas consecutivas después de otras tantas victorias y la llegada del calor sahariano al día siguiente de la última helada. Pero, por muy viva que estuviera la llama, no había pólvora que pudiera prender. Nunca la hubo. Ese es el secreto. Ese es nuestro drama.

 

Si el Albacete Balompié encarna la hipérbole, lo superlativo, Dani Torres encarna la fe. No sólo la suya hacia el Dios fiel, sino también y sobre todo la fe de la fiel afición, que ha esperado veintidemasiadas jornadas, sin contar la temporada anterior, para ver en su equipo a un futbolista como él, de esos que pueden presentarse como tales ante el mundo sin rubor y con mayúsculas. Dani Torres ofrece al Alba un salto de calidad y un salto de fe. A Dios rogando y con el mazo dando, porque la Providencia no regala nada, la Providencia no es el Albacete. Hay que camelársela, atraer su favor mediante la táctica, la estrategia, el sacrificio. La fe es necesaria, pero no basta por sí sola para ganar ninguna guerra; como mucho, algunas batallas. Sí, es tiempo de sacrificio. Toma tu cruz y sígueme: el viernes nos espera la más alta.

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