Medinaceli Blues 3×23: ‘No solo de rumba vive el hombre’

Hace ya tiempo leí a más de uno señalando el parecido físico entre Asier Garitano y Albert Pla. Más bien el aspecto del entrenador es el que quizá hubiese tenido el cantante de no haberse puesto hasta el culo de drogas durante décadas, pero en fin, todo el mundo le da a algo y nosotros no estamos precisamente para hablar: ¿qué pinta tendríamos sin Albacete Balompié? Es la clase de pregunta que más vale no hacerse.

El atacante vasco salió desde el banquillo. La ventaja del equipo local era mínima y el Albacete, pese a no estar haciendo su mejor partido, amenazaba con marcar el gol que le permitiera volver a casa con un punto. Un positivo. Apenas diez minutos después de entrar al terreno de juego, el atacante vasco aprovechó un despiste defensivo de los manchegos, volcados ya totalmente en campo rival. Tras una jugada personal, anotó el tanto que sellaba la victoria. Y ya no había tiempo para que el Albacete pudiese intentar nada.

 

El atacante vasco podría haberse llamado Sabin Merino. Pero se llamaba Asier Garitano.

Después de aquella derrota en la vieja catedral contra el Bilbao Athletic, el Albacete de Benito Floro acabó la jornada en sexta posición. Sería el último domingo que el Queso Mecánico pasara fuera de los puestos de promoción o de ascenso directo a Primera. El resto es conocido.

Prefiero pensar que Asier Garitano no dio ninguna indicación técnica a Sabin Merino antes de sacarlo a jugar y se limitó a contarle esta historia. Que la recuerda y la ha recordado cada día de los últimos treinta años. En según qué bares de la margen izquierda es posible encontrar testigos que confirmen que aquel fue, sin duda, el mejor gol de la carrera de Asier Garitano, driblando a Balaguer para anotar a puerta vacía de un modo que sólo Ronaldo Nazario lograría imitar en el futuro hasta apropiarse injustamente de su autoría. Prefiero pensar que Merino ya lo sabía, que llevaba desde benjamines soñando con emular esa leyenda que oía contar a los parroquianos de ciertos bares de la margen izquierda y rematar algún día al Albacete en una contra, apenas diez minutos después de saltar al campo.

El Alba perdió con justicia en Butarque tras regalar la mitad del partido a un Leganés que no le agradeció tanta generosidad con un poquito de misericordia. La segunda parte nos devolvió a un Albacete parecido al que habíamos visto en jornadas anteriores, pero más perjudicado, algo así como Asier Garitano y Albert Pla, supongo. Menéndez no buscó excusas baratas, no actuó como Joaquín el necio atribuyendo la huida de su mujer al tamaño del cacharro del negro, no, Menéndez fue el primero en admitir que el negro sencillamente había sido mejor que él. Evitar que Butarque se convierta en un nuevo Cartagonova para el devenir del equipo es el reto más inmediato. Encarar la adversidad con autocrítica y madurez es la mejor forma de superarlo. De hecho es la única forma de caminar por el lado más bestia de la categoría.

Quizá el gol a Balaguer en San Mamés no fuese el mejor de la carrera de Asier Garitano, pero el gol de Butarque sí puede haber sido el mejor de la carrera de Álvaro Jiménez. Un gol tan bello y perfecto que el tiempo hará olvidar que no sirvió para nada. Fallar contra el Mallorca, acertar contra el Leganés: desgarradora metáfora de la vida. Gracias a la revolución digital es posible volver a admirar la obra maestra de Álvaro en cualquier momento, desde cualquier lugar, pero no revivir el subidón. Los procesos químicos que desatan en el cerebro goles como el de Álvaro Jiménez son la razón por la que nos enganchamos una vez a esta mierda, aunque luego nada cambie, aunque luego estemos incluso peor. En fin, todo el mundo le da a algo. Nosotros también. ¿Vale la pena al final? Es la clase de pregunta que más vale no hacerse.

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