Medinaceli Blues 3×22: ‘Cartas de amor’

Escribí las mejores cartas de amor para personas que jamás me correspondieron. Y a quien sí lo hizo, a quien más las mereció, apenas escribí, tarde y mal, cuando todo era ya recuerdo. El fatalismo romántico, o el romanticismo fatalista, que para este caso tanto da, quizá sirva para alimentar y engrandecer una cierta literatura pero resulta penoso para afrontar la vida. El Albacete, después de salir del abismo espiritual y materialmente, volvió a conocer la derrota de la forma más cruel, fatal y romántica posible. Luchando casi todo el partido con un jugador menos frente al líder y mejor equipo de la categoría, encajando gol por culpa de un rebote y fallando un penalti en el penúltimo suspiro. Dando una lección de orgullo y fe. Cayó con auténtica grandeza, y eso es quizá lo único que quedaba por ver de este equipo. En veintitrés jornadas habíamos asistido a victorias más merecidas o menos, a empates descafeinados y a derrotas, demasiadas derrotas, unas lamentables, otras cantadas, todas frustrantes, pero ninguna como esta. Una derrota como la que el fútbol dispuso contra el Albacete frente al Mallorca, líder y mejor equipo de la categoría, no sucede a menudo, ni siquiera todas las temporadas. En 2019 lo vivimos por duplicado en menos de un mes: la derrota contra el Granada que nos privó del ascenso directo y la derrota (a pesar de la victoria) contra el Mallorca en el play-off. Ambas en el Carlos Belmonte. Ambas con auténtica grandeza por parte albacetista, ambas de una forma en extremo cruel, fatal, romántica. Esos aplausos infinitos, ese orgullo compartido, esas lágrimas, esa pasión arrebatada. Y esa derrota, siempre la derrota imponiendo una nostalgia inmediata, escribiendo mitos sobre bellos cadáveres aún calientes. Yo, personalmente, estoy hasta la polla de perder. Partidos, ascensos, amores, en fin, oportunidades de haber tenido una existencia por momentos algo menos infeliz, una vez consumada La Pérdida con mayúsculas, definitiva e irreparable, que es la de la infancia y la inocencia. Pero hay leyes bajo cuyo imperio nunca se puede dejar de vivir y la autocompasión y la melancolía son pésimos compañeros en ese viaje, sé de lo que hablo porque sólo hablo de lo único que sé: autocompasión, melancolía, cobardía en resumen. De todo menos de fútbol.

Ahora el Albacete no debe hacer del fatalismo de la derrota contra el Mallorca ningún punto de inflexión porque su camino está ya perfectamente trazado. Alejandro Menéndez ha dado a la banda que recibió entidad de equipo, verdadero equipo, más allá de la brillantez rutinaria de sus dos mejores jugadores, Tomeu Nadal y Álvaro Jiménez, que ejercen de forma bicéfala el liderazgo natural del grupo como alfa y omega. El Alba sigue siendo un equipo que puede no salvarse, pero ya nadie duda que es un equipo que quiere salvarse. Que lo desea con rabia y sabe que más vale tarde que nunca. La piña antes de cada partido, donde antes no había más que ensimismamiento, es la constatación del cambio, la afirmación de la voluntad, el inicio de la rebelión de este Albacete contra sus fantasmas propios y ajenos. La derrota siempre es una mierda por mucha grandeza y mucho honor que pueda rodearla, igual que la victoria siempre da alas, llegue como llegue, pero la derrota contra el Mallorca tocó las teclas necesarias en la mente y el corazón de jugadores y aficionados, porque una derrota así no sucede a menudo, ni siquiera todas las temporadas. La vida sigue, siempre sigue y nunca premia la cobardía, la autocompasión, la melancolía. Sé de lo que hablo igual que el Alba de Menéndez sabe cuál es su camino. Ellos han aprendido la lección. Yo debería aplicarme el cuento en lugar de escribir tanto. Más vale tarde que nunca.

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