Medinaceli Blues 3×20: ‘Menéndez’s eleven’

Después de dos visitas seguidas y con victoria, que eso siempre ayuda, había empezado a encariñarme con la grada lateral alta de Santo Domingo. Carlos Belmonte aparte, el peregrinaje a la estación de Las Retamas y el último trecho a pie hasta el campo es una de las ausencias que más lamento en este pseudofútbol pandémico. Sobre todo porque volvimos a ganar en Alcorcón por tercera temporada consecutiva, por la mínima y pidiendo la hora, en un partido feo y, también por tercera temporada consecutiva, siendo Eddy Silvestre uno de los mejores del Albacete. Que en la primera de ellas Eddy aún vistiese la camiseta alfarera es un detalle sin mayor importancia. En un club que ha tenido que dar hasta tres bajas para inscribir un solo fichaje, su absolución puede revelarse como el movimiento clave de nuestro mercado invernal. Quizá el director deportivo que necesitábamos no estaba en Gran Canaria sino en el juzgado de lo penal número 3 de San Sebastián. Es comprensible que la sombra de la prisión afecte al rendimiento de cualquiera, aunque no sé si hasta el punto de llegar a merecer que lo encarcelen antes por determinados partidos que por difundir ninguna orgía. Pero Eddy Conlon ya es libre y no hay mejor manera de limpiar su nombre que a base de goles. En cualquier caso, su personaje en La casa de papel debería llamarse, sin duda, Herrera de La Mancha.

Porque sí, la Sociedad Atracadora Deportiva Albacete Balompié actuó de nuevo en Alcorcón, sin dar tiempo a que las lágrimas del partido contra el Zaragoza cuajasen en legañas ni a que los que entonces se rasgaron las vestiduras hallasen otras nuevas con las que tapar sus vergüenzas, aunque para eso haría falta la carpa de un circo como el que es la prensa deportiva española. En apenas cuatro días el Albacete ha añadido a su palmarés dos robos y otro trending topic nacional sin que Zozulya tuviese nada que ver más allá de ser objeto del nuevo penalti de la discordia. Ayer por nazis, hoy por ladrones, los que que jamás se interesan por este club ni esta ciudad salvo cuando huelen mierda nos han devuelto a la primera plana. Tiene su lógica, al fin y al cabo son escarabajos peloteros profesionales: su vida y su labor carecen de sentido sin mierda. Con su instinto privilegiado detectarán pronto un nuevo silo rebosante de detritus por explotar y, tal como vinieron, se irán; ni estarán ni se les esperará cuando el Alba sea la piñata y no el que recibe los regalos, y los únicos que se acordarán del penalti que Pulido Santana no pitó en Mallorca y de otras tantas cosas seremos, igual que hasta ahora, los de siempre. Ellos volverán a ignorarnos y nosotros volveremos a hablar de fútbol. De que la mejor versión de Álvaro Jiménez está entre lo más desequilibrante de la categoría y es una lástima que nadie lo acompañe ni remate sus centros como Dios manda. De que en Alcorcón, pese al error defensivo que costó el empate y la polémica del penalti, el Albacete fue mejor, no se echó atrás en toda la segunda parte e hizo todos los méritos para ganar. De esas cosas. Nuestras cosas. Las que no interesan a los mercaderes de carroña.

 

Aunque quizá no dure, ya es un verdadero milagro que este equipo haya conseguido abandonar el farolillo rojo y además igualarse con los puestos de permanencia tras sumar 10 de los últimos 12 puntos. Un milagro que sólo opera merced a su doble naturaleza estadística y psicológica. Los abrazos entre Tomeu y Gorosito en Anduva y Santo Domingo explican por sí mismos la situación sin necesidad de estas tautologías. El Albacete, jugadores y aficionados, necesitaban volver a verse ahí, en la brecha, y sentirse vistos por los rivales, aunque el odio infecte las miradas ajenas. Con media liga todavía por sufrir y una plantilla aún más corta que antes, el mayor desafío comienza ahora. No hay casino en Segunda División que se le resista más a esta Sociedad Atracadora Deportiva que el Tartiere y a los Menéndez’s Eleven, en busca y captura en todo el estado, ya no les queda otra salida que huir hacia adelante en pos de una salvación que, acaso por una noche, pareció un poco menos imposible.

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