Medinaceli Blues 3×19: ‘Sociedad atracadora deportiva’

Me gustaría ganar once partidos robando. Desvalijando a cara descubierta, como los más grandes de la historia de la humanidad. Dejando al rival con siete por acciones que no sean ni falta, y a poder ser con seis para que se pite automáticamente el final, anulándole un gol legal y marcándole otro al minuto siguiente con mi delantero en fuera de juego, la defensa en el círculo central y él en el balcón del área, de palomero. Sisar, mangar, hurtar, desplumar, afanar, chorar. Con el máximo escándalo posible. Y que luego me saquen en Deportes Cuatro, en la BBC y hasta en el programa de Larry King, que salga por unas horas de la tumba sólo para mostrar a toda América la infamia del Albacete Balompié Sociedad Atracadora Deportiva. Los Antifa y el de las pieles de búfalo encontrarían por fin algo en común por lo que tomar las calles, el Capitolio y la sala VAR. El Mal asola nuestro mundo pero hay una cosa en concreto que no se puede consentir, ante la que no cabe quedarse de brazos cruzados, y es que al Albacete le puedan llegar a favorecer en alguna acción de un partido. ¡Hasta ahí podíamos llegar, hombre ya! El Albacete debe agachar la cabeza cada vez que el árbitro se equivoca de forma flagrante en su contra porque así es la vida, en fin, todos los días muere gente inocente. El Albacete debe pedir perdón si gana y a alguien no le gusta. Yo siempre he escuchado por ahí que el Alba es uno de esos equipos que llaman simpáticos, majetes, y he tenido ocasión de comprobar lo mucho que hay de cierto en ello, especialmente cuando el Alba no da por saco ni está peleando por subir a Primera División. A ti también te parece majete ese amigo del curro de tu novia. Ver ganar al Albacete me produce un placer extremo por partida doble: primero porque es mi equipo (con eso basta), y después porque sé que le jode a Jofre Mateu. En el fondo le compadezco, no debe ser fácil vivir durante más de quince años con un palo tan grande clavado en el culo. Su odio enquistado contra el Albacete debe ser el último resto vivo de aquella rivalidad con el Levante de principios de siglo, algo así como el soldado japonés que vivió décadas escondido en la selva filipina ignorando que la Segunda Guerra Mundial había terminado, negándose a rendirse. El gol de Reggi ha sido gol y el penalti de Fuster también.

Al dejar parte del reglamento a la «interpretación» de unos árbitros ineptos por naturaleza como los que disfrutamos en España uno se arriesga a que puedan interpretar lo que les sale del pito, con la tranquilidad añadida de saber que, si acaso intuyen con su sentido arácnido que han podido equivocarse en algo, arreglan su error con otro más grave y aquí paz y después gloria. Hace tiempo que no sé qué es o no es penalti ni me importa, porque lo único que me importa es el Albacete y paso de discusiones académicas en la barra del bar sobre cuestiones que nuestros trencillas solventan con orgullosa chapucería. Paso de todo, paso del fútbol, ya ni siquiera me gusta el fútbol, me gusta el Albacete (aunque no me guste nada este Albacete) y quiero que gane siempre y se salve; por eso quisiera ganar once partidos más, robando o del modo que sea, porque con once victorias más el Albacete llegaría a 50 puntos y me parece altamente improbable que a través de los cauces futbolísticos habituales pueda hacerlo.

 

Es preciso enviar un mensaje de tranquilidad a tantas víctimas de la injusticia balompédica. Si conocieran a este club siquiera un poquito sabrían el precio que suele pagar por un favor puntual de los árbitros, la fortuna o ambas cosas. La última vez que el Albacete ganó de una forma tan intolerable al Zaragoza se tiró después doce jornadas y tres meses sin volver a hacerlo. Al día siguiente, 17 de noviembre, se detectó el primer caso de COVID-19 en China. Necesitamos un reportaje de Deportes Cuatro que nos ilumine desvelando la correlación.

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