Capítulo 17: ‘Cent’anni’

Como ya no tengo nada que perder, lo digo. La tercera parte de El padrino me parece la mejor de todas. Esta opinión, tipificada como herejía punible con la muerte civil no sólo en círculos cinéfilos, es consecuencia de la misma tara mental que originó la decisión que marcaría y destrozaría para siempre mi vida: hacerme del Albacete Balompié. No es casualidad que en la tercera parte de El padrino se incluya un subtexto albacetista tan obvio en el siguiente diálogo, que arranca con Michael Corleone explicando a Kay, su ex esposa, por qué ama Sicilia:

—Verás, a través de la historia, le han ocurrido cosas terribles a este pueblo. Terribles injusticias. Sin embargo, siguen esperando que algo bueno les ocurra.

—Algo parecido a nosotros, ¿eh?

—¿En qué aspecto?

—Pues sigo aquí, ¿no es cierto? Y nuestra historia ha sido mala. Pero sigo aquí.

—Sí, lo estás. Pero con miedo.

Aunque el guión fue escrito antes de la eclosión del Queso Mecánico, es natural imaginar a Kay tragándose una derrota contra el Numancia tras otra desde su asiento en el Carlos Belmonte.

Otra cosa que aprendí con El padrino, además de que habla del Albacete Balompié, es que los sicilianos emplean la expresión «Cent’anni» para desearte una larga vida. Podría ser invent, tuve la oportunidad de comprobarlo preguntando a alguien cuando estuve en Sicilia, pero en aquel momento había algo más urgente que requería mi plena atención: un Mirandés-Albacete. Buen punto, el primero con Lucas Alcaraz a domicilio. Era febrero de 2020 y quedaba menos de un mes para el fin de la vida tal como la conocíamos. Poca gente hubiera imaginado entonces que pasaríamos meses confinados, que perderíamos a tanta gente y tantas cosas, y aún menos, antes del siguiente Mirandés-Albacete, con todo lo vivido a cuestas, que volveríamos a ganar algo. El año en que todo, especialmente lo malo, pareció posible guardaba su último as en la manga. Una victoria a domicilio, la primera, del peor Albacete de la historia.

El primer gol ni lo celebramos, tal fue el shock. El segundo no lo celebró Álvaro Peña, su autor, entiendo que por aquello de haber jugado en el Mirandés, en fin, esas cosas de los futbolistas. Lo cierto es que, por unos motivos u otros y sin minusvalorar la inesperada alegría que supuso ver al Albacete actuando como un equipo, marcando y ganando después de tanto tiempo, recorrió la noche una amarga sensación de que no había nada que celebrar. Hacía demasiado que esperábamos que algo bueno nos ocurriera, pero tampoco somos tan ingenuos, y eso que es nuestro pecado favorito.

Sí, a pesar de las cosas terribles que hemos soportado, en especial durante esta temporada, seguimos esperando que algo bueno nos ocurra. A pesar de la actitud cínica y pasota previa al partido, de tomarnos casi a guasa los goles de nuestro equipo por la falta de costumbre y de ser lo bastante avispados y prudentes para no venirnos muy arriba por una victoria, seguimos esperando que algo bueno nos ocurra. Aunque ese algo sea, como sucedió en Anduva, que el Albacete Balompié no arrastre el escudo, con independencia del resultado. No es mucho, si bien habrá quien diga que «no es poco». Y en cualquier caso, eso, mucho o poco, no será suficiente para que el Alba remonte su penosa situación. ¿Qué más hará falta? ¿Que Toni Cruz haga el mercado invernal de su vida, que Menéndez involucre y saque lo mejor de su plantilla al completo, que éstos se crean de verdad que no son tan malos, que la fortuna nos sonría con descaro…? Todo. Y en cualquier caso, ni siquiera todo podría ser suficiente.

Ahí está el final de El padrino: Michael Corleone hace todo lo posible por redimirse, pero resulta en vano. El hombre que cometió los peores crímenes y traicionó todos sus principios para proteger su idea de familia muere solo, viejo, en el más absoluto olvido, sin otro testigo que un chucho. Varias veces le desearon «Cent’anni», una larga vida, y la tuvo, pero fue una condena en lugar de una bendición. Tras las experiencias del 70 y el 75 aniversario del Albacete Balompié y lo que, hasta la fecha, promete el 80, da miedo celebrar nada, incluso una simple victoria. No hay cosa que desee más para nuestro club que «Cent’anni» y que nosotros lo veamos, da igual en qué categoría, pero que sigamos ahí, como hasta ahora: esperando que algo bueno nos ocurra por mucho que nuestra historia, al menos la reciente, haya sido más mala que buena. Sin embargo, visto lo visto y por pura superstición, prefiero desear sencillamente una feliz Navidad a quien haya llegado hasta aquí. Se dice que es un tiempo de esperanza; quizá sea lo que más necesitemos en este momento de nuestras vidas.

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  1. Pingback: 3×17: Cent’anni – Agorerismo mesetario

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