Capítulo 16: ‘Los que no valen’

Hace demasiadas jornadas que no hay nada realmente nuevo que decir ni que contar sobre el Albacete Balompié. Sus partidos se siguen contando por derrotas repitiendo este esquema, de extrema sencillez: pitido inicial, transcurso de los minutos hasta que se produce algún error defensivo, por lo general un penalti evitable (ya ni siquiera es necesaria la presencia de Benito para estos menesteres), gol rival, transcurso de los minutos, sentencia del rival, pitido final. Las tradicionales porras de los aficionados han pasado con total naturalidad a centrarse en cuándo llegará el penalti que hunda al equipo, cuya depresión crónica secuestra cualquier capacidad de reacción. Y, por si Dios no apretase lo suficiente, también puede darse el agravante, como sucedió en Castalia, de contar con un árbitro que de tan paquete no sepa o quizá de tan cabrón no quiera aplicar el mismo castigo para acciones idénticas en función del área donde se produzcan. De un modo u otro, el Alba parece ejercer una atracción irresistible en los ineptos.

Alejandro Menéndez debutó en el banquillo del Albacete demostrando haberse empapado rápidamente de la idiosincrasia del club: cagarse en los tópicos. En este caso, «entrenador nuevo, victoria segura». Sí, debutó Menéndez al frente del peor Alba de la historia pero no se advirtió la diferencia, más allá del regreso de Arroyo al once (construimos nuestros propios tópicos: «entrenador nuevo, Arroyo titular») y de un cierto ímpetu bien encaminado en los primeros minutos del encuentro, que no tardó en ser enterrado y olvidado tras el tiro en el pie de rigor. Cuando se acerca el ecuador de una temporada que la parroquia empieza a dar por finiquitada, el Albacete no ha progresado en ningún aspecto del juego: sigue defendiendo mal, atacando mucho peor y, no contento con ser el peor equipo de la categoría en ambas áreas, ya ni siquiera inventa nuevas formas de autodestruirse, lo único para lo que seguía teniendo «esa buena inspiración». Automatismos asimilados: el penalti, la pusilánime bajada de brazos, la sumisión, la derrota consumada sin suspense. Un reloj. No sólo podemos estar asistiendo al descenso más patético del club sino también, y quizá esto sea lo peor de todo, al más aburrido.

 

Sin ser un consuelo en mitad del suplicio que sufre, al aficionado le queda la posibilidad de poder volver a la Ciudad Deportiva a recordar lo que era el deporte del que un día se enamoró gracias al Atlético Albacete de Mario Simón. Un pasatiempo agradable donde ver el escudo en el pecho de un equipo que no lo arrastra. La mayoría de esos jóvenes futbolistas en formación probablemente no estén capacitados para jugar al alto nivel que exige la Segunda División —lo que al menos ya les iguala a sus homólogos de la primera plantilla— y probablemente no reciban nunca oportunidades para demostrarlo o desmentirlo. El incipiente mercado invernal anuncia, pese a las limitaciones económicas, un nuevo festival de altas y bajas en busca de lo que quizá ya tengamos en casa. Ojalá Menéndez, bien curtido en trabajo de cantera, se atreva a sacarnos de dudas sobre jugadores que con poco mejorarían el paupérrimo nivel de varias posiciones. Y que si se dice que alguien «no vale» sea porque no vale, porque demasiados que en su día no valían hacen lejos de aquí esas cosas que el Albacete Balompié, colista con 11 puntos, 9 goles a favor y 25 en contra después de 18 jornadas, con la permanencia a sólo dos partidos en lo matemático y mil años luz en todo lo demás, definitivamente no sabe hacer.

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