Capítulo 13: ‘El tuit de Samu’

Celebrábamos, tanto como un título, que el Albacete no fuese a fastidiarnos el fin de semana. Y sin duda resultó maravilloso aquel trasunto de paz, más que de felicidad, sostenido a lo largo de tres días. El martes, en algún momento de la mañana, descubrimos que el precio a pagar era fastidiarnos la semana siguiente completa; el precio es siempre alto y a la vida le gusta, le apasiona el cobro revertido. Cuando creíamos haber visto a Dios con el gol de penalti de Álvaro Jiménez y apenas cinco minutos después, ya en el tiempo de los monstruos, la última cagada defensiva de la noche propiciaba el remate a bocajarro de Jorge Cuenca y el sello de la victoria de la Unión Deportiva Almería, Samu Plaza rescató a golpe de tuit el dicho inmortal que mejor, en tanto amargamente, resume el alma manchega, el alma albacetista, en fin, el alma de los parias de la tierra, «Qué poco dura la alegría en la casa del pobre», sin signos de exclamación, sin estridencias, no es algo que se grite al cielo mientras uno se rasga la túnica, es algo que se constata, como si en la misma acción de pronunciarlo también se estuviese grabando en piedra. Aquella alegría de apenas cinco minutos no fue más que un trasunto, un trampantojo, tal como lo había sido la paz del fin de semana que, celebrábamos, en modo alguno podía fastidiarnos el Albacete. El martes, en algún momento de la mañana, o acaso ya el lunes por la noche, descubríamos que no había existido tal cosa como la paz, sino simplemente una tregua.

Ciertas frases, con independencia de a quién se la leamos o escuchemos, siempre nos suenan con la voz de una persona concreta, por lo general procedente del universo de nuestra infancia, y el tuit de Samu, «Qué poco dura la alegría en la casa del pobre», sin signos de exclamación, sin estridencias, no lo leí con la voz que, con el tiempo, he ido imaginando para él, no, cualquier otra frase sí, pero ésa, justo ésa, sólo podía declamarla en mi cabeza Tano Mora, el Tano Mora de hace diez, quizá quince años, un Tano Mora narrando algún partido, cualquiera, del Albacete Balompié al otro lado de la pantalla de la vieja Panasonic de mis padres, ese Tano. Puede que lo dijera una única vez, imposible identificarla, pero juraría con la mano derecha sobre la Santa Biblia que fueron decenas, centenares, los partidos, las tardes frente a la vieja Panasonic de mis padres, en que oí la voz de Tano Mora constatando, no gritando, como si en la misma acción de pronunciarlo también estuviese grabándolo en piedra, qué poco duraba la alegría en casa del pobre justo después de constatar con idéntica gravedad la materialización de un gol rival a los pocos minutos de haber marcado (siempre con esfuerzo sobrehumano, mil dificultades y algo de suspense) el Albacete Balompié. «A perro flaco todo son pulgas», solía añadir, y juraría también que lo añadió todas y cada una de esas decenas, centenares de veces. El tuit de Samu, ese dicho inmortal avalado por la memoria colectiva de generaciones de parias de la tierra, me devolvió a Tano Mora, el Tano Mora de hace diez, quizá quince años, pero no despertando una ternura propia de las pequeñas píldoras de nostalgia de cierta cotidianeidad remota y feliz, sino una melancolía terrible, la melancolía del Sísifo eterno que somos todos los esclavos sufrientes de este equipo, arrastrando una pesada joroba nacida de tantos años mirando hacia abajo, siempre hacia abajo. Cada penalti es ya el mismo penalti y cada gol de la derrota después de un gol de esperanza repite el eco del mismo «Qué poco dura la alegría en la casa del pobre» que exhalaba Tano Mora in illo tempore, cuando todo era tan distinto y, en el fondo, todo era extrañamente igual. Al menos nunca dejamos de estar vivos.

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