Capítulo 12: ‘(¿) Ya ni duele (?)’


De entre todos los motivos para estar tristes que nos dio la tarde del sábado 14 de noviembre, ninguno me pareció más significativo que la ausencia de sorpresa por parte de muchos aficionados, yo incluido, ante el desenlace del Lugo-Albacete. El inútil de Vicandi nos robó un penalti, luego le robó un jugador al Lugo y, con uno más durante 50 minutos de partido, el Albacete no sólo fue incapaz de ganar sino que tuvo la osadía de perder. Y no nos pareció extraño. Leí el mismo comentario repetido en varios perfiles de Twitter y Facebook, en WhatsApp, hasta las paredes de mi casa parecían gritarlo: «lo peor es que ya ni duele». Y sí que duele, pero no faltaba una parte de razón. ¿En qué momento asumimos como algo normal, algo esperable, que el Albacete reciba cada tanto una humillación como la de los últimos minutos del partido en el Anxo Carro? ¿Cuándo dejamos de sorprendernos al ver un rival con plantilla de nivel similar a la nuestra e igual o inferior presupuesto sacándonos los colores en táctica, intensidad e inteligencia? ¿Dónde situar el instante en que aceptamos la mediocridad y el miedo patológico al ridículo como rutina, aferrados a la engañosa consigna «es que somos el Alba» como bandera cobarde con la que tapar la realidad de que SIEMPRE se pueden hacer las cosas mucho mejor, aun cargados de limitaciones? Nada de esto comenzó con el Lugo-Albacete, todo venía ya sucediendo hace tiempo, lo sabemos bien. Lo sabemosporque nos hartamos de leer el mismo comentario repetido aquí y allá tras el enésimo penalti cometido por el pésimo Alberto Benito y tras la última nota del concierto de Vicandi: «lo peor es que ya ni duele». Y por muy falso que sea, porque sí que duele, si ante un desenlace como el del Lugo-Albacete lo primero que tantos piensan es justo eso, hay un problema muy real de raíces profundas. Y un motivo para estar tristes. Ver a tu equipo quedarse con uno más en el minuto 40 de partido y sentir cómo la ansiedad toma el control sobre ti y tus jugadores antes que sobre los rivales es un motivo para la tristeza. Asistir en apenas dos semanas al desvanecimiento del efecto Garai (o como queramos llamar al atisbo de reacción y cambio de mentalidad inmediatamente posteriores a la caída de Lucas) del modo en que éste ha sucedido en Cartagonova y el Anxo Carro es otro motivo para la tristeza. Y hay más,desde luego muchos más que para la alegría. También los hay para la esperanza, al fin y al cabo esta pasión es una cuestión de fe y no hay fe en la historia humana que se sostenga sin una oferta firme de esperanza, salvación y redención final. Nadie, al menos ningún aficionado, va a tirar la toalla a pesar de tanta tristeza y tanto miedo y tanta hartura de mediocridad. Pero no hay motivos para la alegría. No hay gol, no hay casi puntos por ahora y, según López Garai, ni siquiera hay ganas ni pasión en varios de los futbolistas; a buen entendedor un par de miradas al césped le bastan. Fue contundente Aritz con sus palabras, aunque hubiera preferido que lo fuese también consigo mismo y con su forma de destrozar el equipo en la segunda parte mientras Nafti se frotaba las manos y olíasangre. Fue contundente y ahora debe ser consecuente, comenzando por no garantizar el puesto a nadie ni regalar un solo minuto más a la indolencia y el derrotismo yeliminar a Benito del once y a ser posible del banquillo y las convocatorias, por mucho que valore su amistad. Aún vendrán más derrotas, otros empates que sabrán a poco, será una temporada larga y durísima. Como todas. Sufriremos, aunque finjamos que ya ni duele al encajarcada nueva hostia. «El dolor», decía C.S. Lewis, «no puede ser ignorado, es un mal desenmascarado, inequívoco: toda persona sabe que algo anda mal cuando sufre». Sufrimos porque el sabemos que el Albacete anda mal y tenemos miedo y estamos cansados del miedo y de tragar que un rival con diez nos gane y otro con nueve nos empate y de tantas putas mierdas que por desgracia hemos normalizado inconscientemente con el paso del tiempo y las decepciones. Así que no, no hay motivos para la alegría pero aún (casi siempre) quedan algunos para la esperanza, aunque no sepamos muy bien cuáles. Nuncanos hizo falta saberlos.

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