Capítulo 10: ‘Para no olvidar’

Foto: FC Cartagena

La última tarde de octubre, el Albacete Balompié dio lo peor de sí sobre el terreno de juego en pos de la reconciliación de quienes, como de costumbre en esa fecha del año, se despellejan en la cansina batalla cultural entre la fiesta de importación anglosajona y la defensa de la tradición hispánica: a los del primer bando les brindó un pase para la película de terror más escalofriante posible, de 60 intensos minutos de duración, mientras los del segundo pudieron asistir a uno de las fenómenos más castizos del fútbol patrio, la exhibición de un viejo conocido masacrando al Albacete con tanta piedad como gloria y tanto placer como pena tuvo su paso por el club blanco. También hubo un guiño para México, pues tanto el planteamiento de Aritz como la incomparecencia de sus jugadores fueron la ofrenda en el panteón familiar que convocó la visita de muchos fantasmas que ya parecían enterrados después de tres semanas sin tiempo para respirar entre jornada y jornada. En Cartagonova, un partido de esos que se dicen “para olvidar” resultó ser la mejor llamada a no olvidar todo lo demás: qué es este equipo, de dónde viene y a qué no puede renunciar para ganarse la permanencia. El Alba es un conjunto con limitaciones tan hondas como evidentes, compuesto por una plantilla en manos de un entrenador —antónimo de aquel para el que fue en teoría diseñada— que en tiempo casi récord ha implantado una nueva idea, una nueva táctica y una nueva estrategia y ha sumado 8 puntos. El Alba de López Garai, aunque la saturación liguera que ha marcado sus primeras semanas en el cargo pueda distorsionar la percepción, sigue en pañales. Pero también el Alba de López Garai, aunque pueda y quiera rebelarse contra lo que representaba la etapa anterior, es en extremo vulnerable, pobre e incapaz si renuncia a lo mismo a lo que no podía renunciar bajo la batuta de Lucas, so pena de comprar todas las papeletas para la derrota: la intensidad sin condiciones. He aquí el punto donde los destinos de uno y otro convergen. El Albacete puede renunciar al balón pero jamás a la intensidad. Sus consabidas limitaciones lo incapacitan de pleno para ello y, además, hacen que saltar al césped con la más mínima torrija o tirar medio partido, no digamos una hora, sean lujos que no puede permitirse en modo alguno. Todo eso sucedió en Cartagonova. El resultado, para sorpresa de nadie, fue lamentable y humillante mientras un gran Efesé, con Álex Gallar al mando y Zorrilla (no el del Tenorio) y Rubén Castro en la ejecución, apretó el acelerador. Ya con 3-0 más otro de propina que la regla del fuera de juego evitó que subiese al marcador para completar el espejo del trato de 2010, quedó el terreno libre para el único truco que le quedaba por probar a Aritz: Liberto Beltrán. El gol, marcado con el alma a través de su zurda en el primer balón que tocó, fue un chispazo para recordar que la tele seguía encendida, pero no inquietó al Cartagena. Sí lo hubiese hecho su segundo tanto, de cabeza a magnífico centro de Jiménez, que no fue por milagro de Marc Martínez. El Alba compareció demasiado tarde y demasiado lastrado para tener opciones de nada. La fe y la voluntad errática de Liberto y Álvaro desde los extremos sirvieron para sazonar los últimos minutos de un partido sentenciado pero no bastaron para que pueda hablarse de reacción sin sonrojarse un poco. Para la épica, incluso la más barata, se necesita algo mejor, una cierta sustancia. No hubo lugar para buscar esta vez en Cartagonova un escenario de redención, remontada y apoteosis improbables. Fue el cementerio donde la estatua del Albacete del nefasto inicio de temporada trató de arrastrar al infierno al equipo de Aritz, que no debe esperar intercesiones sobrenaturales para salvar su alma y la categoría sino aprender la lección y no olvidar qué es, de dónde viene y a qué no puede renunciar.

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