Capítulo 9: ‘Letra pequeña’

Nunca es el qué, siempre son el quién y el cómo. Así es como los hechos adquieren literatura, así es como una noticia se transforma en relato. Sin el quién (Maikel Mesa) y sin el cómo (de penalti y, para colmo, al final del tiempo reglamentario), el qué, el hecho de que al Albacete se le escapase una victoria frente a Las Palmas que parecía casi segura, sería de una asepsia tan irritante como rápidamente olvidable. Conociendo todos los datos, podemos plantear el fatal desenlace del partido como el reflejo oscuro o el gemelo malvado de lo que supuso la noche del 20 de julio en Cádiz. El último minuto, la mano, ahora manga o codo, que pone en marcha la exasperante maquinaria del VAR, la ejecución, perfectamente ajustada, de Maikel Mesa; salvo la carga dramática, imposible de reproducir en una novena jornada de liga, todo en la sucesión de los acontecimientos y sus protagonistas, incluso los colores de cada equipo, evocó por un instante aquel sueño tan real de una noche de verano. Sin un descenso de categoría en juego, la enésima renovación del gafe de las dos jornadas consecutivas en el Carlos Belmonte aportó la trascendencia suficiente a un partido condenado, por lo demás, a ese cajón donde se van acumulando todos los que suceden durante el primer tercio de cada temporada.

El Albacete se adelantó de nuevo gracias a la estrategia, si bien esta vez de forma indirecta, y de nuevo a través de un defensor. Pizarra y pelota: primeras señas de identidad claras en las jornadas fundacionales de la era López Garai. Me alegró de corazón el estreno anotador de Fran García después de tantos años: aunque eternamente cuestionado (cuando no despreciado o insultado sin sonrojo, negándole una indulgencia que sí se concedió a otros) por un sector de la afición que a menudo ha rozado la mayoría absoluta, aunque irregular en su rendimiento a lo largo de estas 5 temporadas repartidas en dos etapas, ha demostrado, tanto en aquella segunda vuelta en la que rozamos el ascenso como ahora, desde su reaparición en Son Moix, que puede ser un lateral merecedor de algo mucho mejor que la fama que le precede. Mientras siga cardando la lana como lo hizo frente a Mboula, Isi o Benito Ramírez, ándese él caliente y sus compañeros algo más seguros que en presencia de Caballo.

 

El signo de la recta final del duelo contra el Rayo era el sufrimiento y la resistencia sin paz ni cuartel incluso cuando la ventaja era todavía doble y el signo de la recta final contra Las Palmas parecía el contrario: con un corto 1-0 en el marcador, la sensación de control y tranquilidad por parte de los futbolistas blancos traspasaba cualquier televisor u otro dispositivo tecnológico. Pero el control y la tranquilidad, como las formas de gobierno según Aristóteles, también se corrompen fácilmente hasta derivar en conformismo y un cierto exceso de confianza, cuyo mejor ejemplo fueron las inapropiadas virguerías de Álvaro Jiménez en zonas peligrosas. El Albacete Balompié nunca puede estar tranquilo ni confiarse si va ganando. Jamás de los jamases puede hacerlo si sólo va ganando por un gol. Y, sobre todo, bajo ningún concepto debe hacerlo si esa ventaja mínima que defiende es la que puede transformarse en la segunda victoria en jornadas consecutivas en el Belmonte 14 años, 8 meses y 9 intentos fallidos después. A la décima tampoco fue la vencida porque, en uno de los 24 fotogramas que incluye un solo segundo de la toma de vídeo que decidió todo, unas pocas moléculas de la materia del balón y de la tela de la manga de la camiseta de Arroyo coincidieron en esa microscópica porción de espacio y tiempo. Tuvo que ser así. Tomeu rozó su enésimo milagro como había rozado el balón la manga, pero el desenlace parecía escrito de antemano en la letra pequeña al pie del contrato de salvación firmado en Cádiz. Era imposible reparar en ello entonces. Bastante teníamos con celebrar un poquito la vida en mitad del verano más extraño.

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