Capitulo 8: ‘La mística y el eco’

En el Albacete Balompié contemporáneo puede constatarse una mística poco publicitada en torno al número 25. Los ascensos contra Sestao y Mestalla y el descenso en Ponferrada sucedieron un día 25. El 25 fue el primer dorsal de Roman Zozulya bajo el signo del murciélago, coincidiendo con su mejor etapa a nivel individual dentro del club. El 25 de octubre de 2019 el Carlos Belmonte vivió su penúltima noche de éxtasis y felicidad (la última en el caso de Luis Miguel Ramis) antes de la remontada al Numancia y el posterior cataclismo que nos desterró de nuestro sitio y nuestra forma de vida. Justo un año después de aquel minuto 93, aquel centro quijotesco de Pedro y aquel remate de Roman que evocó otros tiempos, el Albacete ganó al Rayo Vallecano con dos tantos mellizos a la salida de sendos saques de esquina, firmados por protagonistas a cual más inverosímil: el primaveral Boyomo y el reo Eddy (qué gran oportunidad perdida de haberse ganado al mundo haciendo el gesto de las esposas durante la celebración) como goleadores y Fran García como asistente. Si no existe ninguna mística detrás de algo así, ¿dónde puede haberla entonces? ¡Una victoria desde la pizarra! ¡Albricias, Aritz López! Contra el Sabadell redescubrimos la estrategia, la ortodoxa, no la que obligaba a Kecojevic a cruzar todo el rectángulo de juego para sacar de banda en busca del duende del Francisco de la Hera. Contra el Rayo se produjo el refrendo: los puntos se conquistaron desde el balón parado y se retuvieron en nuestro poder gracias a los chorros de sudor del equipo y las gotitas precisas de magia de Tomeu, quien tiene su mística propia de la que ya no se puede escribir nada nuevo y sin embargo nada es suficiente para hacerle justicia.

Una vez establecido el 2-0 a favor se activó el mecanismo habitual: preguntarse cuándo llegaría el 2-2. En estos casos, la imagen de Benito en la banda preparado para entrar al terreno de juego no es lo mejor para rebajar el pesimismo. Ah, los flashes de Vietnam. Un minuto después de su ingreso, Isi recortaba distancias gracias a un disparo que tocó lo justo en Boyomo para desviarse hacia el desastre. This is the end, beautiful friend. Pero la leyenda negra de Alberto Benito no se consumó esta vez y la única mano que se ganaría un primer plano fue la que Tomeu sacó como magistral respuesta al testarazo de Ulloa destinado a arruinarnos la semana antes incluso de empezar. Era 25 de octubre, Charlie no hizo surf por la pradera del Belmonte. Sin el derroche de trabajo y solidaridad de todo el equipo, un esfuerzo doblemente meritorio al estar magnificado por la coyuntura del asfixiante calendario, las diferencias marcadas en ambas áreas por la pizarra de Aritz y por la estrella de Tomeu Nadal probablemente no habrían sido más que anécdotas, notas positivas que extraer de un partido sin historia y, desde luego, sin victoria. Los tres puntos se quedaron en casa, como parece estar escrito sin remisión en el sino albacetista y aceptado ya de sobra por todos, con sufrimiento y taquicardia. De nuevo, estupor (por el doblete estratégico) y temblores (hasta el último suspiro). No, los rivales, ni siquiera los del nivel del Rayo, no eran gigantes invencibles sino simples futbolistas, y en efecto fue Boyomo el loco que abrió el camino para demostrarlo. La mística del 25 se unió al recuerdo del anterior Albacete-Rayo en el Carlos Belmonte, último partido con la afición de cuerpo presente. Quiero pensar que aún resuena en el estadio el eco de las más de 8.500 gargantas de aquella noche. Quiero pensar que ese eco aportó la pizca de aliento necesario para llegar a cada balón cuando los pulmones ya no daban para más. Sólo nos queda la fantasía, y la inmediatez de cada nueva jornada, como evasión y como esperanza.

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