Capítulo 7: ‘Sea cual sea el final’

Foto: Carlos Martínez / El Día

El conjunto de todos los errores de Tomeu Nadal no alcanza para representar ni la mínima parte de los puntos que él mismo ha asegurado al Albacete en una sola de sus actuaciones simplemente notables. Partiendo de esta premisa podremos comenzar a juzgar su figura aun cuando su leyenda no vislumbra todavía un final claro. Hemos sido testigos de excepción del viaje que, en menos de un lustro, convirtió a un completo desconocido, estancado cuando entraba en la edad en la que debe comenzar a explotar un futbolista, en uno de los mejores guardametas de la historia del Albacete Balompié, acaso el mejor de todos. No es ninguna frivolidad. Muchos que largamente vieron y sufrieron antes que yo tampoco dudan en concederle este lugar de honor. Tomeu Nadal ha engrandecido y dignificado el escudo devolviendo con creces todo lo que le dio el club donde pudo demostrar por fin su nivel (al mundo y a sí mismo), asentarse, construir una verdadera carrera como profesional y, de paso, una vida. Por darle un poco de literatura al asunto, el inicio de su relato quizá debiera situarse el 21 de agosto de 2011. Tomeu Nadal, casi imberbe, buscando fortuna y futuro junto a Álvaro Arroyo en el filial del Getafe, fue el primer muro contra el que había de chocar el Albacete en su regreso a Segunda B dos décadas después. Nada pudo hacer ante el soberbio zapatazo de Adrià que igualaba el partido por toda la escuadra, pero su prueba de fuego llegó cuando Calle agarró el Jabulani para tirar desde los once metros. Puede que aquel penalti detenido al gran ídolo ya anunciase todo lo que sucedería tantos años después, una señal que no éramos capaces de interpretar entonces. Luego Tete enganchó un disparo con más desesperación que acierto para marcar un gol en el que Tomeu debió haber hecho mucho más. De este modo, en el Coliseum getafense, aconteció su primer ciclo de anábasis y catábasis albacetista, preludio de aquel otro que se abrió con la barrera mal colocada en el gol del Lorca y se cerró en la gran final frente al Mestalla, el que supuso el verdadero inicio de la leyenda blanca del manacorí.

En Son Moix, su tierra, donde en lugar de profeta sólo le dejaron ser suplente, volvió a convertir el prodigio en rutina parando otro penalti y anulando cada oportunidad del Mallorca, incluso con la cabeza. Tomeu amarró un punto que podría haberse multiplicado por tres si Manu Fuster hubiese abierto el regalo que le cayó del cielo en el día de su cumpleaños. El Albacete de López Garai salió vivo de una visita temible a un rival potente al que, a pesar de todo, supo tutear, demostrando que lo apuntado contra el Sabadell significó algo y que la ruta diseñada por el nuevo capitán del barco, por más que se adivine larga y tortuosa, es la adecuada para abandonar las mareas peligrosas. En cualquier caso, quizá por la insustancialidad inherente a cualquier jornada entre semana, o por la urgencia del siguiente partido, la sobremesa del Mallorca-Albacete se consagró al reconocimiento del ídolo que habita bajo palos. Ni siquiera la desgraciada acción de Fuster pudo eclipsarlo. Es una agradable sorpresa que, con algo así tan reciente, la mayoría antepusiera el elogio a quien estuvo sublime al linchamiento de quien decidió mal. Tal es la grandeza y el ascendiente de Tomeu entre la afición. Siempre dubitativo en las salidas y por alto, incómodo y temeroso en cualquier acción con los pies, dotado con unos reflejos sobrenaturales, ejemplo de libro del tipo de guardameta que fue Casillas, un portero con ángel, salvador, inexplicable, cuya mayor carencia palidece ante la grandiosidad del más banal de sus milagros, Tomeu añade a todo ello la profesionalidad y la clase necesarias para ser algo más que un futbolista emocionante: un mito del Albacete Balompié cuya trascendencia es ya imborrable, sea cual sea el final de la historia.

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