Capítulo 6: ‘Estupor y temblores’

A veces simplemente se trata de estar en el momento y el lugar, no pensar en nada y hacer. Piensa una millonésima de segundo: estarás muerto antes de que ésta se consuma. ¿Qué pasó por la cabeza de Álvaro Arroyo cuando se descubrió con el balón rechazado, muerto en la misma línea de gol, ante sus narices? De haber estado yo en esa situación, me habría acordado de Jordi Ferrón, del gol que le metió en La Condomina al Ciudad de Murcia, porque también vino de un lanzamiento de falta y un rechace, y sobre todo porque lo celebró señalándose a sí mismo con el mayor gesto de incredulidad que he visto jamás en un rostro humano. Me habría puesto a recordar todo aquello, habría llegado algún defensa o el portero del Sabadell para mandar la pelota a tomar por culo y el marcador no se hubiese movido. Menos mal que estaba Arroyo, que no podía acordarse de La Condomina, del Ciudad de Murcia, de Ferrón y de su gesto inmortalizado por las cámaras de CMT, y empujó el esférico objeto sin pensar en nada. 1-0. El mismo rictus de estupor de Ferrón se grabó esta vez en nuestras caras: acabábamos de descubrir lo que era ir por delante del rival esta temporada, habíamos marcado en jugada a balón parado, habíamos marcado sin más, había marcado Arroyo, en fin, si lo normal no era eso, sino además ir perdiendo por un par de golitos de no haber cambiado los atacantes del Sabadell el traje de arlequines por el de escopetas de feria en los vestuarios del Belmonte, podemos concluir que nuestras emociones estaban justificadas.

Conocimos así al Albacete de López Garai como los súbditos al emperador de Japón: entre estupor y temblores. La intención de iniciar la jugada desde atrás y salir con el balón controlado rescató de los laberintos de la memoria ciertas sensaciones ligadas a los irrepetibles tiempos de Luis César, cuando vivíamos deprisa y al límite y cada semana moríamos jóvenes dejando a nuestro paso un rastro de hermosos cadáveres, propios o ajenos según fortuna. Nos reencontramos con antiguos riesgos a los que será duro acostumbrarse de nuevo pero también nos reencontramos con el placer de llegar hasta la portería rival a través de combinaciones. Es un precio quizá no más bajo pero sí más llevadero y apetecible de pagar, sobre todo para los ejecutores vestidos de corto, que la guerra de trincheras de un Alcaraz que ya es historia y al que ésta recordará como el técnico que salvó al Albacete Balompié el año de la pandemia y del 80 aniversario, el año que no se podía bajar, y no como el entrenador del peor inicio de temporada en Segunda División (su destitución a tiempo permitirá que tal deshonor permanezca asociado a Quique Hernández y Aira). De Aritz López Garai, mucho antes que una idea de juego y unas sensaciones distintas y más estimulantes, espero que también se le recuerde como un salvador.

 

El Sabadell no pudo ser un rival más propicio para el estreno, por mucho que sólo una obscena falta de puntería lo privase de abrir una herida terrible para el Albacete durante la primera parte, pero no se debe rebajar la importancia de la victoria ni exigir el primer día más de lo que se vio y consiguió. Ganar o ganar y se ganó merecidamente. Ayudados por la suerte en forma de desacierto rival, sí; sembrando las lógicas dudas sobre la adaptación de los jugadores a los nuevos planes del banquillo en una situación clasificatoria delicada, sí; con un 3-0 que por muy engañoso que resultase hubiera desatado la fiesta y extinguido el frío por toda la grada en otro tiempo mejor, también. No lanzar ninguna campana al vuelo por la primera victoria es tan necesario como no privarse del gusto de disfrutar cuando se presenta la ocasión. No pensar en nada y hacer. Disfrutar. Piensa una millonésima de segundo y el siguiente partido habrá llegado con toda su amargura antes de que ésta se consuma. Bastante duro es ya ser del Albacete cada día. Ganas un partido y aún estás abajo, pasa el tiempo y te sigues acordando del careto que viste poner a Ferrón en CMT una tarde de diciembre de 2006, cuando acababas de cumplir 11 años.

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