Capítulo 3×05: ‘Tristeza de hilo blanco’

Aunque mayoritariamente no escrita, hay toda una literatura albacetista en torno a Zaragoza. Incluso el propio equipo se empeña en hacer de cada visita una ocasión especial. Lo sucedido en noviembre de 2019 puso el listón demasiado alto, pero aun así el Albacete se las apañó para sorprendernos. ¿Cómo? Dominando el partido en varias fases, pareciendo por fin (si bien a ráfagas) un equipo de fútbol y, cuando ya creíamos haberlo visto todo, perdiendo. El gol de cabeza de Tomeu Nadal para empatar en el descuento habría sido abusivo. Una implosión cósmica. Sí, el Albacete jugó en La Romareda su mejor partido entre los cinco con los que ha abierto sutemporada, pero eso no significa demasiado si se han vistolos cuatro anteriores y menos aún si además se compara el nivel de los rivales. Un Real Zaragoza sin atisbo alguno de brillo devolvió el golpe de la última visita manchega y se llevó, con un gol postrero y sin acabar de creérselo del todo, el gato al agua del Ebro. La extraordinaria paradoja del Sonido Albacete. Con ese uniforme de negro luto siciliano, nuestros jugadores experimentaron la melancolía de quien descubre que todo cambia para que todo siga igual. Ni siquiera la naciente complicidad entre Carlos Isaac y Álvaro Jiménez (promesa y esperanza de una banda derecha productora de alegría) parece un consuelo ante la desolación que inspira este Albacete dirigido por un condenado, que se mantiene artificialmente en el banquillo mientras en la habitación contigua debaten hasta cuándo aplazar lo inaplazable. Hay una plantilla que, a pesar de sus limitaciones, está capacitada para algo más, sin duda para algo más que un punto, un gol y unas sensaciones deprimentes jornada tras jornada; pero aún nose ha visto que haya un entrenador capacitado para explotar todos sus recursos, modestos pero aprovechables,y construir un bloque eficaz y eficiente. Ahora, además de eso, también es necesario que el entrenador esté capacitado para levantar la moral de un grupo de futbolistas que pronto pueden empezar a sentir en sus piernas y cabezas el peso de un inicio de temporada tan desgraciado. Mientras Mauro Pérez y Víctor Varela se enfundan lentamente el traje de parcas antes de cortar el hilo de la vida de Lucas Alcaraz como técnico del Albacete, esa tristeza de hilo blanco, mientras todo sucede tan lentamente (la llegada de los goles, de los puntos, del juego, de las decisiones) en nuestro planeta, la Segunda División calienta motores para un arreón de cinco jornadas en tres semanas. La visita del Sabadell se anuncia con el mismo tañido solemne de campanas que invadía las ciudades al amanecer de las fechas decisivas, históricas, esas en las que se intuye que está en juego algo más que lo inmediato. Lo inmediato es un duelo por todo lo bajo, con toda esa literatura albacetista que existe en torno a las visitas de (y sobre todo a) los colistas de turno, aunque colista ficticio al fin y al cabo en el caso arlequinado. Lo que hay más allá de lo inmediato es un camino durísimo y sin tregua hasta noviembre del que el Albacete debe salir con vida, caiga quien caiga. Y aún más allá, como en los mapas antiguos, sunt dracones.

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