Capítulo 4: ‘La singularidad’

El Albacete Balompié, obsesionado con ser la excepción a toda regla que en este mundo exista, ha desmentido en más de una ocasión la famosa proclama marxista demostrando que la Historia no se repite primero como tragedia y después, necesariamente, como farsa: puede hacerlo en forma de tragedia siempre que se lo proponga. A menudo hemos querido huir de este sentimiento trágico del albacetismo, esculpido derrota a derrota, año tras año, y en la huida, sin ser del todo conscientes, fuimos creando una caricatura de nuestro propio club sobre la que volcar y proyectar una parodia de las desgracias que nos amargaban. A menudo esa caricatura resultó improcedente, pero el Albacete Balompié, obsesionado también con trascender toda regla que en este mundo exista, juega en ocasiones a comprobar hasta dónde su realidad es capaz de superar la ficción de su caricatura. Contra el Real Oviedo, molesto enemigo contemporáneo, el Albacete, a falta de un plan para jugar a otra cosa, acabó jugando a medírsela con su caricatura, a ver quién tiene más grande la querencia hiperbólica hacia lo grotesco. Como siempre que tal competición se celebra, ganó el primero, y eso fue lo único que ganó después de otros 90 minutos de invitación al replanteamiento existencial, 70 de los cuales transcurrieron con diez futbolistas rivales sobre el césped y los últimos 30 ya sólo con nueve. El vídeo del partido debería enseñarse en las escuelas de entrenadores para ejemplificar cómo no defender jamás una jugada a balón parado y en las facultades de psicología como caso práctico de improvisación y ansiedad. Tamaño valor didáctico del equipo de Lucas Alcaraz contrasta fatalmente con su pobreza futbolística, y eso que las carencias empezaron por fin a solucionarse… con la llegada de los pantalones blancos de la nueva equipación; igual que la mujer del César no sólo debe ser honrada sino parecerlo, un equipo de la categoría del Albacete debe parecer profesional, aunque esto se reduzca al apartado estético mientras el deportivo va a su ritmo. Sistema defensivo, sistema ofensivo, trabajo táctico, estrategia, plan de juego, alternativas, suena todo tan obvio al observar a otros equipos en acción y tan ajeno cuando se trata del Albacete. Parece existir una singularidad albacetista que se manifiesta en el terror de la afición ante un inicio de temporada que ya iguala en vacuidad y depresión a los de Quique Hernández y Aira, el de los tristes destinos, cuya temprana destitución comienza a brillar desde el pasado como la luz de estrellas lejanas extintas, revelando un rastro de miguitas de pan allá por donde pisa su sucesor granadino. La singularidad albacetista se manifiesta también y con especial intensidad en Alfredo Ortuño, acertado en casi todas sus acciones salvo las que encierran la verdad de su oficio de delantero, desesperado ante ese muro sobrenatural, buñueliano, que le bloquea cualquier vía hacia el gol y que contra el Oviedo adoptó la figura y el nombre de Joan Femenías (el mito de Arguineguín como cuna de mediapuntas extraordinarios tiene su réplica en Manacor para el caso de los porteros). Un gol, un simple gol es lo que siempre aparenta necesitar Ortuño para liberarse de todo el peso que le oprime cuando viste la camiseta del Albacete, transmitiendo la sensación de que cada partido está más cerca de perforar una portería que cada partido se va haciendo más pequeña. Tuvo que ser Pape Diamanka –titular y con perfume de inamovible apenas 3 días después de plantar el pie en el club– quien, ayudado por un rebote que bendijo su zapatazo, besase el santo y estampase su firma sobre el primer y mísero punto del curso en el coliseo que tantas veces lo sufrió, lo temió y lo deseó en el pasado. “Iremos poco a poco para arriba”, dijo tras finalizar el encuentro Lucas con un magistral empleo de la lógica: es difícil que tiremos aún más para abajo. Aunque al Albacete Balompié, obsesionado con ser la excepción a toda regla que en este mundo exista, más vale no ponerlo a prueba con según qué cosas.

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