Capítulo 2: ‘Un error’

Todos nos equivocamos. No pasa nada. Gentiletti en Tarragona, Fuster en Elche, la paloma de Rafael Alberti, Craso en Carras, el visionario de la Decca que rechazó a los Beatles, cualquiera se equivoca. Humanum est. En el juego de la vida (no el de Hasbro sino el otro, el que no es tan divertido) puedes perder el turno para casi todo, pero el del error no corre jamás. Un domingo 20 de septiembre cayó sobre Jean Jules. Primero cayó la pelota, a continuación cayó el turno. A menudo del error surge la belleza, y la asistencia que por error dio Jean Jules sin mirar a Yuri de Souza fue de una factura impecable, a la altura de la soberbia definición del brasileño para batir a un Tomeu al que ya había tentado. Yuri no conoce el perdón pero se rige por un código de guerra caballeresco, de su misma antigüedad, y algo debió conmoverle la indefensión de la defensa que encontró delante durante todo el partido porque, magnánimo, se ahorró repetir una espaldinha como la que regaló al Belmonte en su visita anterior, cuando aún había afición que admirase tal cosa en vivo. Y es que nos hemos empezado a acostumbrar a sufrir el fútbol desde casa por defecto, o eso repite machaconamente un odioso anuncio, igual que corremos el peligro de empezar a acostumbrarnos a que el Albacete se pase temporadas enteras sin un jugador con el talento y la capacidad de liderazgo suficientes para manejar la pelota, el equipo y los tiempos de un partido desde el mediocentro. El-Mediocentro-Que-Falta ya es casi más una idea que un futbolista concreto. Fenómenos similares sucedieron con el Mesías de Israel o el Mahdi de los chiíes, al fin y al cabo en todo culto religioso hay figuras escatológicas a las que esperar durante siglos, pero sería adecuado que en el caso del Albacete Balompié la figura en cuestión no se retrase tanto. Lo malo es que ni siquiera el santo advenimiento (si es que llega a producirse) operaría una solución mágica a la problemática general del equipo. Eso es trabajo de Lucas Alcaraz. Con una plantilla muy joven e inexperta, igual de corta y dudosa en defensa y con alguna alternativa más en ataque respecto a la que manejó la temporada pasada, debe rearmar un bloque competitivo que, al menos, sepa mantenerse con vida y fuera de los puestos de descenso. Libres un año después de aquel fantasma de felicidad reciente que a muchos nos distorsionó la perspectiva durante el primer tramo del último curso, esta vez la inmensa mayoría no esperamos gran cosa. Conformistas o realistas, un poco de cada, aún convalecientes del Carranza, relegados al sofá y a internet, afrontamos un año sin demasiada ilusión por el fútbol ni por nada de lo demás que sucede ahí fuera. Ángel Galdón, que por algo es Doctor, definió con certera simplicidad el alma de estas columnas como “un análisis dolido de los acontecimientos con nula expectativa en la mejora pero con inquebrantable deseo de milagros”. Esa y no otra es, supongo, la clave de bóveda que sostiene el tinglado cuando todo se tambalea. La expectativa puede ser baja, y de hecho en estos momentos lo es, pero no deja de ser una minucia coyuntural; lo otro, el deseo de milagros, la fe, es en efecto inquebrantable y tiene vocación de eternidad. Es más fácil acostumbrarse a lo malo porque a lo bueno nunca da tiempo a hacerlo. No pasa nada. Todos nos equivocamos, pero ser del Alba no fue un error.

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