Capítulo 1: «¡Aúpa Elba!»

Foto: La Liga

En el 29 de la madrileña calle de Cea Bermúdez hay una heladería.

Desde unos 100 metros antes, caminando de este a oeste, de Canal a Cristo Rey, comienzas a distinguir un cartel saliente que anuncia el establecimiento. Sobre fondo negro, unas líneas blancas dibujan esquemáticamente un cono de tres bolas del que sobresalen otros tres palitos que quizá representen cucharillas. Tras el primer golpe de vista no cabe duda: es un helado. Tiene sentido. Agachas la cabeza, sigues andando. Te detienes ante el paso de cebra de la intersección con Galileo. Miras a izquierda y derecha, eres buen ciudadano y además te apetece conservar tu vida aunque no sea gran cosa. Cruzas y tus ojos vuelven a encontrarse de frente con el cartel. Conque un helado… ¿Seguro? Ya no lo estás tanto. Empiezas a dudar. Decides fijarte con algo más de interés, porque temes que tu miopía te esté jugando otra mala pasada, pero no: hay algo raro en ese triángulo invertido, esas curvas a los lados y esos palitos que apuntan hacia arriba. El hemisferio zurdo de tu cerebro insiste en la explicación lógica y racional: es un helado. Y continúas acercándote, ya sin poder apartar la mirada de esos trazos blancos, repitiéndote que no es posible lo que estás sospechando, que sería una locura, y cuando al fin llegas a la altura del cartel la verdad se revela, por un segundo, apenas un segundo, con todo su poder. Por un segundo, apenas un segundo, has visto con absoluta claridad cómo esas líneas dibujaban el escudo del Albacete Balompié, su triángulo invertido en el que caben tantos litros de lágrimas, su murciélago con dos alas extendidas en un abrazo incondicional y dos orejas puntiagudas en posición de alerta permanente. Sólo por un segundo. Entonces te fijas en la heladería. Se llama Mamá Elba. Por una letra, apenas una letra, no lleva el nombre correcto. ¿Qué les costaba?

 

Deseas olvidar todo esto, reanudas tu camino confundido, casi molesto, y llegas al siguiente cruce. Mientras esperas que pasen los coches, miras el letrero de la perpendicular: Blasco de Garay. Y ya no hay vuelta atrás. Ya se ha jodido. Olvidas a dónde ibas, te desvías. Bajas por esa calle que se llama igual que aquella en la que creciste, pero que no es la misma. ¿Qué buscas? Al cabo de un par de manzanas, lo encuentras. Es el portal con el mismo número que aquel en el que tus padres compraron su casa, pero no es el mismo. Y te giras y descubres que, por una casualidad que te acelera el corazón, enfrente se alza un convento de franciscanas. Y piensas en aquella iglesia que daba nombre a tu barrio, pero sabes que no es lo mismo. Todo es casi igual, pero nada es lo mismo. Sabes que es la misma calle, el mismo número, la misma orden religiosa, y un símbolo que parece el mismo escudo, y un nombre que salvo una sola letra es el mismo nombre, e incluso que Cea Bermúdez tiene las mismas iniciales que Carlos Belmonte, pero sabes que nada es realmente lo mismo.

Y regresas a casa tan melancólico como siempre, aunque esta vez tienes una buena razón. Es sábado, la noche ha caído, la juventud penetra con su ruido inconfundible por las ventanas, y en lugar de perseguirla tú prefieres quedarte solo y encender la televisión, aunque esta vez tienes una buena razón. La mejor. Juega el Albacete el primero de otros 42 partidos, y es el primer día de los 260 que durará otra temporada, y buscas el primero de otros 50 puntos. Y el Albacete juega, más bien lo intenta pobremente en los escasos instantes que se lo permite el Espanyol, nuevo mayor presupuesto de la historia de Segunda, apenas un año atrás recorriendo los campos de Europa. Y el Albacete pierde, pierde desde unos 100 metros antes de atravesar las puertas de Cornellà o quizá antes, pierde 3-0 otra vez en la jornada inaugural. Todo te parece casi igual que en Almería: el resultado, la incapacidad de plantar cara, el último puesto. Pero nada es igual con las gradas desiertas. Ves en tu equipo casi la misma plantilla, las mismas carencias, las mismas bajas expectativas ante la naciente temporada. Y sólo quieres que nada sea realmente lo mismo que durante la anterior, que lo único que se repita sea el alivio por mantener la categoría. Que puedas volver a gritar “¡Aúpa Alba!” en los lugares precisos y no “¡Aúpa Elba!”, como un Napoleón que suspira a unos 250 kilómetros de casa, ansioso pero confiado, nostálgico pero esperanzado, sabedor de que algún día ha de volver. La distancia entre Ajaccio y la isla de Elba es casi la misma que entre Albacete y Madrid. Casi igual.

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