Capítulo 41: ‘(No te puedo) Creer’

–Le voy a rezar a Santa Teresita Albarracín –me anunció la abuela. Yo no podía creerla.

La abuela sólo llama a Teresita Albarracín si la cosa está mal de verdad. Todo empezó tras dar a luz a mi madre, que casi murió recién nacida. La abuela tenía 23 años; era una niña y su niña se le moría en los brazos. Una enfermera del Hospital 18 de Julio la vio desesperada. Le dio una estampa, “es Teresita Albarracín y es muy milagrosa”, le dijo. Y la abuela le rezó con todas sus fuerzas, con toda su fe. Mi madre vivió. Desde entonces, Teresita es la última instancia para la abuela. Sólo la llama en caso de extrema necesidad. No se molesta a Teresita para cualquier chorrada. Saber que le rezaría para que el Albacete ganase al Zaragoza me pareció gravísimo, casi una frivolidad. Pero sobre todo me pareció el mayor acto de amor posible por su parte.

–No me lo puedo creer –pensó cada aficionado cuando Mesa tiró el penalti a lo Panenka.

En realidad, nos cagamos en sus muertos. 10 minutos de partido, Jiménez pisa el área de Gol Sur y supera con insultante facilidad a una boya oxidada llamada Pichu Atienza, que lo derriba. Un equipo y un año que podría ser resumido en una sucesión de penaltis fallados (por Susaeta, por Ojeda, por Pedro) de pronto pueden empezar a salvarse desde los once metros. Y Maikel Mesa, el canario de pantalones arremangados, asume la responsabilidad y rompe el maleficio de la manera más desafiante, la más arrebatadora si sale bien, la más imperdonable si sale mal. Lanzamiento a lo Panenka. Órdago a la grande. La señal de que nada sucedería dentro de los márgenes de lo normal durante ese Albacete-Zaragoza. Un homenaje involuntario a Calle, cuyo espíritu fue invocado con ese gesto y se hizo presente en el campo, devolviendo el gol (del que es hijo) al Belmonte. No podíamos creerlo. Nos cagamos en sus muertos. Celebramos.

–No te puedo creer, no te puedo creer… –se leía en los labios de Gorosito, que miraba al cielo.

Nicolás Ezequiel, el mejor defensor del Albacete, forzó su cuerpo destrozado para jugar las dos finales que decidirían nuestro futuro. A los 25 minutos de la primera de ellas se rompió otra vez. Le había dado tiempo a marcar el 2-0 y hacernos creer con ese gol que podíamos ir en serio, que la del 17 de julio no sería otra noche triste, que esta vez ganaríamos y llegaríamos vivos a Cádiz. Pero se rompió otra vez. Y para acompañar la desgracia, según dicta el refranero, dos minutos después Fran García cometió el penúltimo penalti innecesario de la temporada. Otra vez, siempre otra vez. Otra vez un penalti, otra vez los fantasmas de la tarde del Huesca, otra vez la desgracia, otra vez, otra vez, siempre otra vez. Pero Chema tenía un plan distinto. Tenía un balón, tenía una vista y una intuición privilegiadas, tenía un pase que no existía en el césped dibujado en su cabeza. Vio la carrera de Ojeda al espacio, solo, libre, y el pase se hizo como la luz en el Génesis. Y Ojeda, el de los goles fallados a puerta vacía, Ojeda, el cabizbajo, el gafado, definió como los genios con una parábola que sólo afeó el roce ilegal de los dedos de Cristian Álvarez. No podíamos creerlo. El Zaragoza, sepultado por el peso de la depresión que arrastraba, marchó en carroza fúnebre al vestuario. Cualquier posibilidad de resurrección fue neutralizada en la primera jugada del segundo tiempo. Un balón centrado por Pedro llegó a la posición de Ojeda; midió el bote, colocó el cuerpo, armó la zurda, le guiñó el ojo al ángel de su hombro, éste susurró “adelante, es tu noche”. Y no hubo más remedio que creer lo que vimos.

 

Como si la victoria y la alegría de los goles fuesen un premio excesivo, la suerte quiso pasar factura al Alba en forma de lesiones. Primero Gorosito, después Ojeda. Pero ninguna lesión podía ya borrar lo anotado. A los 74 minutos, el partido (que transcurría en el limbo mientras la atención iba desviándose a otros campos) terminó del todo. Si Fran García había cometido el penúltimo penalti innecesario, Mesa se encargó de cometer el que esperemos sea el último. El Zaragoza repitió lanzador y Tomeu Nadal repitió el milagro que tantas veces obró en el pasado. Quizá fuese su milagro definitivo. Volvió a la portería entre rumores de marcha y cuestionado por algunos tras el gran rendimiento de Brazão. Si el Albacete-Zaragoza supuso la despedida de Tomeu del Belmonte, el penalti que ahuyentó cualquier amenaza y refrendó la victoria que nos permitirá depender de nosotros en Cádiz para salvar la categoría fue un epílogo a la altura de su leyenda. Paró el penalti y no nos pareció algo increíble: ya conocemos a Tomeu. Teresita Albarracín no es santa. No ha llegado a ser canonizada. Pero a mi abuela le da igual. Es SANTA Teresita y punto. Un pueblo reconoce a sus santos sin necesidad de trámites oficiales porque ha vivido en primera persona sus milagros. Y Tomeu Nadal es santo, lo será siempre en la memoria albacetista, donde aún brillará su nombre después de muerto. Las porterías del Carlos Belmonte, las de toda España, nosotros mismos, somos todos testigos para la eternidad.

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