Capítulo 40: ‘Aire’

En noviembre de 2018 Zozulya resucitó sin saberlo lo que hasta entonces era una anécdota de culto, sepultada casi del todo por la lluvia de la década. Zozulya entró a destiempo y por detrás sobre Josan y vio la roja sin que sus gestos de súplica despertasen la piedad del árbitro. Y la antigua anécdota, aquella expulsión estúpida de Belencoso en la primera mitad del Elche-Albacete de marzo de 2010, comenzó a adquirir la talla de acto fundacional de un mito. La mística del Martínez Valero, estadio capital en la cosmogonía albacetista, hizo el resto. El Alba regresó a Elche jugándose la vida, en descenso tras otra jornada en la que casi todos sus rivales hicieron los deberes; en descenso tras no haber sido capaz de sumar más que una victoria (tan pírrica como esperpéntica) y tres tristes empates en cuatro partidos donde acabó jugando en superioridad numérica, que no anímica. Así llegó el Albacete a Elche, con media permanencia a tiro de victoria en cualquier caso. Y en Elche, sólo podía ser en Elche, la inercia de expulsiones a favor chocó con la fuerza del mito, ya plenamente instituido, y revirtió su sentido como un contingente mercenario al que se adeuda la soldada y cambia de lealtad en mitad de la batalla.  Y el mito alcanzó a Manu Fuster, héroe otros días, único rayo de luz futbolística durante varios tramos de la temporada, que en el minuto 25 se arrojó a las sombras arrastrando a su equipo, enganchado a los tacos que se clavaron al sur de la pierna de Verdú. El videoarbitraje oscureció el amarillo inicial de la tarjeta. La acción, irresponsable e intolerable por la gravedad del partido, condicionó éste en adelante sin remedio. Leña nueva al fuego del mito. Otro delantero del Albacete expulsado en Elche antes del descanso. Otro clavo en el ataúd de este equipo.

Al Elche, tal como sucedió en el Carlos Belmonte, le bastó con esperar ese momento oportuno que, sin duda, había de llegar. Francotiradores pacientes armados en la primera mitad con una escopeta de feria, Jonathas, que tras la reanudación afinó la puntería para erigirse en ejecutor de la sentencia que el fútbol había dictado contra el Albacete, incapaz de recurrir ni apelar. Álvaro Jiménez, solo contra el mundo sin más apoyo que la mirada lejana de sus compañeros, sirvió desde la línea de fondo medio gol que Miguel Ángel no completó al rematar más allá de la exosfera. El primer disparo visitante entre los tres palos no llegó hasta pasado el minuto 80; un golpeo desesperado de Pedro desde 30 metros destinado únicamente a evidenciar por enésima vez la indigencia ofensiva del equipo. Esa indigencia de la que la temporada 19/20 ha ofrecido ejemplos de toda condición en cada partido, sublimada en el chute al aire del Torito Acuña cuando el balón quedaba muerto frente a él, en el área pequeña ilicitana, rogando ser deportado de un cañonazo al fondo de la portería. He ahí una de las imágenes, quizá la imagen por antonomasia, de la nulidad goleadora que ha llevado al Albacete a la situación límite en la que se encuentra. Obligado a ganar en casa a un Zaragoza depresivo, obligado a ganar después  a un Cádiz ya en Primera División, y siempre pendiente de cada resultado en campos ajenos. Las limitaciones del Torito, suavizadas y envueltas en el aura mágica que empapaba al Albacete la temporada anterior, regalaron otra instantánea icónica: el falso gol con la mano que a la postre significó la victoria en el Martínez Valero. Despojadas de todo aquello, sucede lo mismo que en el poema de Gil de Biedma y la verdad desagradable asoma. Donde antes voló la mano de Dios quedó un balón muerto en el área chica y un futbolista que sólo acertó a patear el aire.

 

Al Albacete ya sólo le queda debatirse entre dos condenas. La condena a ganar los dos partidos que le quedan o la condena a regresar a Segunda B por tercera vez en una década. La afición asumirá cualquier desenlace, es el único colectivo que se queda siempre. Pero también pedirá explicaciones a cada uno de los responsables. El Alba duele y quema. Más que la vida misma.

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