Capítulo 39: ‘Última línea de batalla’

Me agarro a las faldas del fantasma de las permanencias pasadas porque se parece algo más a la situación actual que su homólogo de los descensos. No tiene otra explicación ni me apetece ya buscarla. Ha comenzado la cuenta atrás de los 10 días que, pase lo que pase, estremecerán al albacetismo. El pasado ya sólo existe en las deudas y el hastío que arrastramos. El futuro no envía señales; somos nosotros queriendo imaginarlas. Queda un presente sostenido de 10 días y casi 800 kilómetros. De Elche a Albacete. De Albacete a Cádiz. Un murciélago atravesando en procesión la mitad sur de España, del uno al otro confín, por esos caminos que un día hollamos buscando la salida del penal Segunda B IV que, al final, siempre estuvo en casa. Justo donde no hemos sabido encontrar la llave de la permanencia en toda esta temporada.

En casa ha ganado el Albacete sólo 4 partidos, ha sumado con mayor o menor lustre 9 empates y ha cedido 7 derrotas. Los 39 puntos que han volado del Belmonte rumbo a otros casilleros mejor avenidos son quizá, junto a la escasa treintena de goles anotados, la gran prueba del fracaso en que ha derivado el curso 2019/2020 en todas sus vertientes… salvo una: la cifra récord de abonados del club en Segunda División. Abonados que, mientras pudieron acudir al templo para el rito quincenal, apenas celebraron 10 goles de su equipo y apenas contemplaron las 4 mencionadas victorias; alegrías mínimas que no compensan todo lo demás a lo que fueron sometidos. Y sin embargo el Alba aún está a tiempo de arreglar su nefasto desempeño en casa. Ganar aquí al Zaragoza para ganar el jubileo y conservar la oportunidad de no depender de nadie más que de sí mismo en Cádiz. Eso podría bastar, pero primero está Elche, siempre Elche. Todos los caminos, allá donde conduzcan, pasan por Elche. En Elche comenzó a cobrar verdadero sentido y verdadera forma el sueño del ascenso. En Elche puede comenzar a obrarse el milagro de la multiplicación de los goles y los puntos que deje al Albacete en Segunda. Milagro porque no hay goles, milagro porque los puntos siguen lloviendo gota a gota en nuestro casillero pero lo hacen en tromba en los casilleros rivales, milagro porque el Elche de Pacheta es un señor equipo. Milagro porque es posible, porque los hemos visto.

Elche está llamado a ser el Castalia de esta permanencia. El Castellón tenía opciones de ascenso en 2008 como las tiene el Elche en 2020. El Albacete tenía pocos puntos y pocos goles: exactamente 31, como tiene hoy. Castalia fue, tras el mazazo del Córdoba en casa la jornada anterior –Acciari y Pepe Botella mediante, sólo podían ser ellos–, el punto de no retorno hacia la permanencia de un Albacete malísimo, frustrante, descendido todo el año. Si Castalia pudo ser, dice el corazón, Elche podrá ser también. Si aquel Albacete pudo salvarse, sigue diciendo, algo encontrará este otro para hacerlo. Quizá convenga prestar más atención a lo que dice la cabeza, pero es lo mismo de siempre. Que no sabemos marcar, que no sabemos ganar, que muchos de estos empates en los que hemos perpetuado nuestra condena a sufrir hasta el final bien pudieron ser victorias y nunca lo fueron, primero por falta de ambición y después por exceso de miedo. Toda esa letanía ya suena repetida porque lleva un mes repitiéndose: desde que esta Liga de mierda tuviese a bien volver para destrozarnos un poquito más la vida.

Me agarro a las faldas del fantasma de las permanencias pasadas. Al fantasma de Castalia, al fantasma de Cartagena, al que sea mientras me ofrezca la mínima esperanza de que este equipo no va a descender. Han comenzado los 10 días que estremecerán al albacetismo. 39 jornadas después, me cuesta creer que algo aún pueda estremecernos para mal. Pero todo es posible. Todo es posible si se trata del Albacete. Incluso lo bueno. No tiene otra explicación ni me apetece ya buscarla. Me agarro, en fin, a todo eso. A la fe. A lo que no admite explicación. La última línea de batalla.

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