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Aúpa Alba

Capítulo 37: ‘Llegar a tiempo’

“¡El progreso siempre llega tarde!” El paso de la película de nitrato (altamente inflamable) a la película de acetato llegó tarde para el pobre Alfredo, privado para siempre de la vista por un terrible accidente, pero le había dado tiempo a transmitir todos los secretos del oficio a su pupilo, su ahijado, su amigo Totò. Así la vida pudo seguir su curso. El pueblo pudo continuar soñando en las noches del Paradiso. El progreso siempre llega tarde, pero siempre un poco antes que el Albacete a ciertos partidos: llegó 80 minutos tarde a Gran Canaria, 60 minutos tarde al Heliodoro Rodríguez López, 45 minutos tarde al Sardinero o al Carlos Belmonte frente al Alcorcón. Otros días directamente ni llega, algo es algo. En Santander pudo el Albacete remontar el esperpento pese a comparecer con 45 minutos de retraso, pero eso no fue suficiente contra la Agrupación alfarera. Un error de Tomeu que condicionó demasiado pronto el desarrollo del partido y una nueva reacción tardía del Alba fueron los ingredientes principales del primer cóctel de julio.

La batalla de la portería a cero parece perdida si no está Gorosito sobre el césped mientras en la batalla del gol parecen avistarse señales de esperanza gracias, en buena medida, al despertar definitivo de Dani Ojeda. Ojeda, como el progreso, como la película de acetato, como el Albacete a tantos partidos, ha llegado tarde, pero puede haber llegado justo a tiempo para salvarnos con sus goles. Goles como el que inventó para batir a Dani Jiménez, inimaginables hace poco, son por fin reales, palpables, sensibles gracias a que el canario se ha reforzado con la mejor arma posible: la confianza en sí mismo. Ya no necesitamos gafas para cerciorarnos de haber visto a Dani marcando la diferencia ante la portería rival. Es una magnífica noticia, como lo sería no necesitarlas tampoco para cerciorarnos del regreso del Roman Zozulya que conocíamos, capaz de movimientos y prolongaciones decisivas en ataque. Si el Roman de la segunda parte contra el Alcorcón permanece entre nosotros, habrá llegado tarde también, pero justo a tiempo para aportar lo que el equipo lleva tanto tiempo necesitando de él. A estas alturas de la temporada nada importa salvo la distancia entre tú y el descenso al final de cada jornada. Nada importa salvo llegar a tiempo a la puntuación salvadora. Difícil de derrotar, sumando punto a punto y con alguna sufrida victoria entre tanto, el Albacete de Alcaraz camina lentamente y tembloroso hacia esa cifra aún por determinar. Un ojo en el retrovisor y otro en la próxima jornada, velando armas en busca de ese salto de 3 puntos que consiga poner distancia y alivio y que casi siempre se queda en saltito.

Al Albacete, dicen incluso desde los canales de comunicación oficiales del propio club, nunca le fue lo fácil. Nunca le fue la calma. Nunca se sintió a gusto alejado de la hipérbole y los extremos. Por eso, salvo felices excepciones, sus permanencias suelen ser en la última jornada, sus descensos arrastrados durante meses y sus ascensos por el camino más largo. Es una verdad tan grande como la exasperación que todo ello provoca en sus aficionados, necesitados aún más de lo que creemos de algún año de paz, de rutina plácida, de vacaciones del marcapasos. La ilusión de la lucha por el ascenso a Primera no es algo habitual, la tranquilidad sí puede y debe serlo cuando aquélla no sea posible. Pero este club no tiene remedio e incluso encarna sus vicios en sus propios jugadores: Álvaro Jiménez, capaz de levantarnos del asiento con fantásticos golpeos de exterior desde fuera del área, envió al palo un pase de un metro a la red que hubiese supuesto la remontada. El mismo Álvaro que ha llegado una vuelta tarde, a semejanza de los partidos en que su equipo comparece tras el descanso. Nunca le fue lo fácil a Álvaro. Nunca le fue lo fácil al Alba. Jugar en superioridad, ganar por más de un gol, ganar a secas.

El final del partido contra el Alcorcón reclamaba ser momento de un puñetazo, de tomar el impulso definitivo hacia la salvación con un gol que significase lo que significó el gol de Antonio Hidalgo al Salamanca. Si lo peor del progreso es que siempre llega tarde, lo peor de la nostalgia es que nunca se ajusta a nuestra realidad. Lo más parecido al nuevo gol de Hidalgo que no llegó fue la celebración de Dani Ojeda tras el suyo, haciendo con los dedos unas gafas. ¿Qué habrá sido de ese chiquillo, ese hijo al que Hidalgo dedicaba sus goles con el mismo gesto? Pasaron diez años, ya debe ser un hombre. Merece saber la verdad. Que por unos meses amé a su padre mucho, muchísimo más que él. También Hidalgo llegó tarde aquella temporada. Pero llegó a tiempo.

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