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Aúpa Alba

Capítulo 35: ‘Balada de la calle Cornejo’

diario La Provincia Foto: diario La Provincia

La niñez era Pedri eliminando rivales blancos con suaves espasmos de cadera en la frontal del área, camino de un gol de evocación maradoniana, y la vida era Gorosito cruzándose como un tren de mercancías para llevarse consigo el balón, la oportunidad y la magia. Pedri, con su talento en bruto recluido aún en un físico de tipo heroinómano, nos recordó a Alejandro y a mí a una pareja demacrada que vimos saliendo del solar donde hasta hace poco estaba el 22 de la calle Cornejo. Podían salir de allí de besarse, de magrearse un poco, las pequeñas cosas que nos disuaden del suicidio, pero resultaba evidente que salían de drogarse, no contaban con encuentros con transeúntes, un solar discreto en una calle discreta, pero por allí pasábamos nosotros. No eran en absoluto yonquis peligrosos, sólo una pobre pareja adulta, sombría, para la que en algún momento todo se fue a la mierda. El 22 de la calle Cornejo lo ocupaba una casita amarilla de dos plantas y ventanas pintadas de un azul macilento, no ese azulón del cielo manchego o de los calzones de Las Palmas, eran un azul y un amarillo deprimidos, como si la casa ya hubiese aceptado su destino de piqueta desde mucho tiempo atrás y hubiese pasado sus últimos años preguntándose, cada día más sola, en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo, cómo, por qué sucedió ese punto de inflexión negativo. Situarlo, identificarlo y, más que nada, lamentarlo. Supongo que es la clase de pregunta, junto a las metafísicas universales, que uno termina haciéndose al echar cuentas con la vida. ¿Cuándo, cómo, por qué se jodió una temporada que prometía cosas muy distintas a penar por la permanencia con 40 puntos y apenas 27 goles a favor al cabo de 35 jornadas?

Con Las Palmas llegaba siempre el calor, llegaba la alegría, una primavera luminosa después de las tormentas. Ganando a Las Palmas resucitábamos estrenando un bigote en el banquillo del Belmonte, soñábamos despiertos con el ascenso celebrando goles a pares, y nos salvábamos haciendo la ola 17 mil personas como colofón feliz a una temporada como llena de miedo. El virus también nos robó un rito: jugarnos la vida recibiendo a Las Palmas en Semana Santa. El reajuste del calendario lo desplazó a una nueva fecha no menos investida de elementos religiosos y ancestrales. Pero el fuego de San Juan no quemó los viejos vicios ni espantó los malos espíritus, y mira que se lo pedí al verlo en la puerta de la catedral: patrón, contempla la humillación de tu esclavo, haz que metan gol, envía una racha de viento que desvíe lo justo hacia el lugar correcto los intentos del Torito. Pero la talla de San Juan de la catedral tiene la mirada perdida, clavada en algún punto del suelo; este San Juan fingía escuchar mientras en realidad ignoraba ser nuestro recurso desesperado una vez probado todo, jugar bien, jugar mal, jugar fatal, eso apenas representa ya problema, el último y definitivo problema es el que ya fue primero, el gol, el imposible y maldito gol. No apelamos a la providencia por capricho. Es sencillamente lo único que queda en nuestra mano. Sí, aún preferimos rezar a lamernos tantas heridas con la pregunta “¿en qué momento se fue todo a la mierda?”, porque aún nos negamos a recaer en la mierda. Aún nos quedan partidos, puntos, orgullo… y la memoria de cuánto costó salir de allí.

 

Sucedió en una de esas tardes mágicas del Carlos Belmonte que siempre han de empezar con tormenta. Mientras Tomeu redimía su error cometido frente al Lorca y daba inicio a una leyenda que ya rubrican los números, Alejandro y yo sufríamos en la última fila de Tribuna. Bajamos hasta la primera de Marcador durante el descuento. Tenía miedo, siempre tengo miedo. Pero, tras un despeje troglodita de Gálvez, por primera vez en sentí algo nuevo, inédito en mis experiencias en el Belmonte y que no he vuelto a sentir. Era paz. Una corazonada de que nada se torcería ya, nada se iría a la mierda. Entonces lo supe con absoluta certeza. Íbamos a subir. Iba a saltar al césped y allí celebraría que aquella noche nos tocaba a nosotros. Me tocaba a mí. No pude pisar el suelo sagrado tras el ascenso de 2014. Tampoco tras la salvación de 2008 contra Las Palmas. Una cuenta pendiente del final de la niñez, quizá la más antigua de cuantas guardo relacionadas con el Alba. La niñez era un dorsal más allá del 25, un dorsal filial con ganas de comerse el mundo, el 28 de Pedri, el 28 de Fer Navarro, y la vida era el Albacete Balompié, el ninguneo patológico, la muerte de las oportunidades, la necesidad de buscarse otra tierra donde ser profeta o, simplemente, ser algo. La niñez era la calle Cornejo en la que creció José Sánchez de la Rosa y la vida era una vieja casita apagada, reducida finalmente a solar.

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