Capítulo 34: ‘El cansancio y el olvido’

“Quousque tandem abutere, Alberto Benito, patientia nostra? Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia? ¿No te arredran ni la posibilidad de manchar el currículum con un descenso, ni el duro trabajo de tu equipo para superar a todo un Huesca, ni el milagro cósmico que alumbrase la materialización de una ventaja de dos goles a favor del Albacete en un mismo encuentro? ¿Imaginas que alguno de nosotros ignora lo que hiciste el domingo, y el domingo anterior? ¡Qué tiempos! ¡Qué costumbres! El mundo conoce esto, Lucas Alcaraz lo ve, y sin embargo Alberto Benito juega.” ¿Tiene sentido insistir en una catilinaria que sólo podría envenenar (aún más) nuestra sangre? ¿Acaso no fue suficiente tanto desahogo hirviendo al finalizar el partido? Estoy cansado, como hincha y como ser humano. Un año más el fútbol me agota y un año como este 2019/2020 –la clase de año sin salida en que parece atrapado el Albacete Balompié y con él su afición, el año de la marmota– sobre todo me deprime en extremo al asesinar cualquier espíritu de evasión, de sueño y de optimismo, al ser mayor la miseria y la mediocridad que encuentro viendo a mi equipo que las presentes en mi propia vida. Pero siempre quedan destellos, retazos parpadeantes de ese espíritu olvidado de evasión, sueño y optimismo: la fe de Gorosito en ambas áreas, el servicio fuerte y preciso al primer toque de Pedro Sánchez a Ojeda, el movimiento hacia dentro, la definición maravillosa del gran jugador que quiere y puede ser y que tan poco ha sido todavía. Son esa luz de Morrissey que nunca se apaga del todo por mucho que la asfixie el vaso de los puestos de descenso, son esa llama eterna de las Bangles como un cirio pascual de esperanza incorregible. Son los brazos que nos recogen y sostienen de pie en esta recta final de una temporada que nos alcanza como al Albacete el último tercio de cada partido.

La permanencia del Alba pasa por el corazón y la cabeza de sus jugadores tanto como por sus botas. Nada estará perdido mientras la fuerza de los goles marcados y el convencimiento por el buen trabajo hecho arraiguen en esos corazones y esas cabezas, mientras permanezcan más tiempo allí que la rabia y la frustración despertadas cada vez que pasa algo, o pasa alguien, y lo destroza todo. A la afición, desplazada de su sitio natural, le quedan sus recuerdos, fantasmas e ilusiones. Revive el sabor de antiguos empates con alma de derrota y sin embargo cree en un grupo de futbolistas que pueden y deben mantener el escudo donde lo encontraron en agosto. Confío en las posibilidades del equipo y del calendario pero aún me molesta esta cabeza que dice “el Albacete sumó un punto” cuando este corazón grita tan alto “perdió dos”. Empecé a echar de menos esos dos puntos antes incluso del segundo gol de Rafa Mir, los eché de menos durante toda la noche posterior, los echo de menos mientras escribo estas palabras. Y sé que he tirado gran parte de mis últimos años echando de menos demasiadas cosas y olvidando muy pocas, deseando sin atrevimiento; deseando ahora que cuando la temporada termine esos dos puntos hayan quedado inertes donde habite el olvido y no vivos y doliendo allí donde permanece todo lo demás: los primeros días de los veranos infantiles y adolescentes, Eugeni vestido de blanco, los partidos contra el Celta junto a mi abuelo en los que para variar nunca ganaba el Albacete. No, no necesito más cosas que echar de menos ni me quedan fuerzas para hacer hueco también a esos dos puntos. Quiero repartir las pocas que conservo entre ocho partidos, ocho tardes y noches de un verano ya adulto, de poco fútbol y mucho Albacete, para perderlas viviendo otra salvación que no pueda ni desee olvidar.

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