Capítulo 33: ‘Clásicos’

Foto: La Liga

Era la primera vez que explotaba al ver esa jugada. Hasta entonces no me había importado en exceso, una jugada ensayada como otra cualquiera, no hace mal a nadie, “ah, ahí van de nuevo con la jugadita”, pero en aquel momento, tiempo añadido de una primera parte criminal, no pude más y exploté frente al televisor, “¿¡por qué vuelve a recorrerse todo el campo Kecojevic para ejecutar la jugadita del saque de banda a la olla, qué puto sentido tiene!?”. Exacto. ¿Qué puto sentido tiene buscar explicaciones a ciertas cosas cuando se trata del Albacete Balompié?

Los hijos y nietos póstumos del Queso Mecánico crecimos bajo la sombra omnipresente de una Rebeca enjuta y con gafas llamada Benito Floro. Nos contaron tantas historias… ¡El saque de banda como arma ofensiva! Pero éramos arrogantes, descreídos, en fin, jóvenes. Y tuvieron que venir Lucas Alcaraz, Iván Kecojevic, un notacualquiera del Extremadura y Maikel Mesa a reinventar el mito. Un defensa rival prolongando con maestría, un centrocampista en el momento y el lugar precisos dentro del área, devenido Klose, Raúl, Palermo, metiendo la puntera lo justo para rematar, y un gol oportunista, un gol psicológico, un gol como un torniquete para la herida anímica compartida por equipo y afición. Un anticipo de lo que la segunda parte nos depararía con su apoteosis de la subversión posicional, fruto de un arrebato de inspiración nihilista de Alcaraz. “¡Si no puedes convencerlos, confúndelos!” Un clásico instantáneo sublimado en el personaje secundario de Pedro Sánchez robándose escenas como lateral derecho.

En una de sus conversaciones, Truffaut le afeó abiertamente a Hitchcock que la intriga de ‘39 escalones’ no fuera verosímil, a lo que el gordo inglés replicó: “Rodar películas, para mí, quiere decir en primer lugar y ante todo contar una historia. Esta historia puede ser inverosímil, pero no debe ser jamás banal.” Qué carrera podría haber hecho Hitchcock a costa del Albacete Balompié, qué obra maestra hubiese filmado en el Francisco de la Hera. Terror visual puro en cada secuencia, suspense hasta el último segundo de esos 6 minutos y pico de descuento, una sucesión errática de acciones disparatadas para rematar una intriga inverosímil pero en modo alguno banal. ¿Qué banalidad puede haber en 3 puntos, los justos para sumar 38 escalones en la enésima subida hacia la permanencia que nos ha tocado vivir? ¿Fueron menos inverosímiles esas otras victorias de la temporada en los tiempos remotos del unocerismo, fueron acaso banales todos los puntos que significaron y que aún nos mantienen vivos? Qué importa, sólo cabe seguir sumando escalones sin ser vistos hasta alcanzar la habitación de la permanencia (que es aún más alta, aún más guapa que Ingrid Bergman, y pesa mucho más al tomarla en brazos) y susurrarle “Ya no te librarás de nosotros jamás”.

Cuando vuelve la victoria vuelven las pequeñas rutinas asociadas, los talismanes antiguos, los recién descubiertos. La camiseta que te pusiste el día que ganamos al Extremadura y la silla en la que te sentaste a verlo, diferentes a las elegidas en partidos anteriores, todo lo que hiciste a lo largo de ese bendito día en que la moneda del fútbol volvió a caer del lado del Albacete. El pensamiento mágico nos humaniza tanto como relativiza cualquier juicio posible.  Y el pensamiento mágico albacetista, libre del vicio de razonar demasiado tras décadas de experiencia en lo anormal, sólo necesita el leve empujón de una victoria, por ramplona, fea y justita que sea, para olvidarlo casi todo hasta despertarse con el próximo golpe. Las buenas sensaciones son banales, la victoria no. La victoria alivia, renueva la fe en que, igual que se ha conseguido una, se conseguirán cuatro más no importa cómo, la fe en que lo inverosímil no firmase su última alianza con el Alba en Almendralejo, la fe en que la imagen de Kecojevic recorriendo el campo para ejecutar un saque de banda será el preludio de un nuevo gol, acaso el de la salvación definitiva, y explotaremos, esta vez y para siempre, de alegría. Conocemos la trampa de este peligroso juego, la aceptamos. Y nos preparamos un día más reproduciendo las rutinas, convocando los talismanes, subiendo el volumen de la tele para acallar la voz de Orson Welles recordando en nuestra cabeza que vivir enganchado a un anzuelo le quita a uno el apetito: se pierde el gusto por todos los placeres excepto por el que a uno le abrasa. Pero incluso sin apetito aprendí que es asombroso lo que un idiota como yo puede tragar

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