Capítulo 32: ‘A golpes’

Foto: La Liga

José Antonio López Toca jubiló a Stanley Kubrick. Un mismo golpe de silbato, el del final de la primera parte del Rayo-Albacete fundido con el del inicio de la segunda, despachó 178 días, una pandemia planetaria, una cuarentena, una alarma nacional, todo, todo lo despachó. La mayor elipsis de la historia, superando el salto de la primera herramienta a la nave espacial en un solo plano, para el partido más largo de la historia. Un partido que siempre albergó muchos otros bajo la corteza y sólo uno de fútbol, que terminó siendo el menos importante. La historia es la que es en el fondo, pero por desgracia lo único que importa es la forma: cómo se cuenta, se vende y se enfoca. ¿A quién le importaba, en diciembre de 2019 o en junio de 2020, lo que fuese realmente el Rayo-Albacete? Cuando hay tantos discursos y consignas que vender desde distintas trincheras, el pretexto resulta lo de menos. La concatenación de circunstancias terminó convirtiendo el Rayo-Albacete (el partido de fútbol) primero en un lastre molesto, una vez agotado su potencial mediático, político y propagandístico, y después en una cobaya muy oportuna para ensayar el anunciadísimo regreso de LaLiga a España. ¡Una jornada histórica!

La historia se escribe a golpes, no sólo de silbato, y Advíncula, negro peruano con nombre de centurión romano, golpeó desde fuera del área con la izquierda, ni siquiera su pierna buena, para cerrar por toda la escuadra este capítulo interminable. Un simbolismo poderoso, perfecto para la mitología rayista y vallekana, en la que el instante encajó como encajaría en el pie de una Cenicienta soviética un zapato de hierro. El negro (#BLM) derrotó al puto nazi, un disparo de zurda silenció a la ultraderecha. Exclamaban “¡No pasarán!” y acertaron, pues el Albacete, paupérrimo, minoritario y comatoso, apenas invadió el campo rival, no digamos ya el área. Vallekas fue la tumba del fascismo una vez más mientras el mundo no se lo agradecía lo suficiente. Los buenos ganaron, la clase obrera respiró aliviada tras 178 días de batalla; algunos menos que la de Stalingrado, sí, pero con idéntico resultado, que es lo importante.

 

Al menos allí, a orillas del Volga, otra cosa no, pero intensidad por parte de ambos bandos la hubo. El Rayo, con los mismos días de confinamiento en las piernas que el Albacete, jugó y a buen ritmo mientras nueve bultos carmesís se limitaban a hacer acto de presencia cumpliendo el compromiso del calendario. Nada cambió antes y después del gol, idéntica incapacidad e indolencia, idéntica tranquilidad de saberse excusados por varios comodines: inferioridad numérica, falta de aclimatación, fichajes excluidos. Una pachanga en la que, al parecer, no había puntos en juego de esos que tanto nos sobran. Pero en adelante será distinto, nos dicen. Una liga nueva de 11 partidos que, pese a ser nueva, la empezamos con el golaveraje perdido con casi todos los rivales directos. La nueva liga de la nueva normalidad. Una mala noticia, amén de todas las demás, es que los partidos restantes durarán como mínimo 90 minutos y no 45. Una buena es que ya podremos contar con los fichajes de invierno y diversificar el cabreo.

Hablando de cabreos, ninguno iguala el del Carlos Belmonte el 11 de junio de 2017, después del gol del Baleares que nos apeaba del ascenso por segunda vez en dos semanas, hasta que a golpe de cabeza, rematando el pase kilométrico y teledirigido de Javi Noblejas, Isaac Aketxe cambió la historia. En efecto, el Alba jugó el partido más largo de todos los tiempos y no lo hizo en Vallecas: 120 minutos que hacen languidecer 178 días, cuando se trataba de fútbol y no simplemente de LaLiga. La historia del Albacete se ha escrito en jornadas como aquella, no hilando apariciones esporádicas en el anecdotario oficial y siempre en el papel de piñata: de Messi, de Torres, del coronavirus, de los insultos, de lo que se tercie. No permitamos que quienes nos desprecian o (en el mejor de los casos) nos ignoran día a día también escriban nuestro relato en base a hitos que, sólo por la participación del Alba en ellos, no representan ni un ápice del espíritu del club y su afición, ni mucho menos su tránsito eternamente sufrido por los caminos del fútbol. O que escriban el relato que quieran –no pongamos mordazas en la boca de nadie–, pero tengamos dignidad para no comprarlo. No lo asumamos como un dogma. Nos sobra material, pasión y memoria para ser dueños y autores de nuestro propio relato. Aunque esté trufado de derrotas, decepción, hartazgo y cicatrices después de tantos golpes.

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  1. Pingback: 2×32: A golpes – Agorerismo mesetario

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