Capítulo 31: ‘El final de la película’

Cómo me gustaría afrontar los problemas que me van surgiendo en la vida con la actitud de Ivan Kecojevic. ¿Se me pone por delante un balón ligeramente comprometedor o complicado? Pues a tomar por culo, a la banda, donde sea, pero fuera de mí, como José el Francés, el balón y el problema fuera y yo con la cabeza gacha de vuelta a mi sitio, sin llamar nunca la atención más de lo estrictamente necesario. Pero nunca es así. Siempre termino haciendo como Alberto Benito, me pongo a regatear donde no debo y para colmo hacia mi pierna mala, y unas veces se sale airoso y queda todo muy bien y otras veces justo lo contrario. Si la defensa del Albacete Balompié fuese el final de una película sería el de ‘El club de la lucha’, no tanto por lo de darse la mano mientras, al otro lado de la ventana, todo se derrumba –aunque algo parecido sucedió en Montilivi en la jugada del gol de Brandon Thomas– como por aquello de “me has conocido en un momento extraño de mi vida”, porque sí, es algo extraño que el mejor central del Alba en lo que va de temporada 2019/2020 haya sido Pedro Alcalá, a sueldo del Girona Fútbol Club, responsable directo de 4 de los 35 puntos que figuran en nuestro casillero: por sus obras los conoceréis, dice el Evangelio. De su autogol en el Belmonte y su sensacional asistencia a Manu Fuster (que la agradeció regalando al personal un golazo a la altura de lo que se espera de su futuro), de dos acciones tan simples de esas que ocurren en casi todos los partidos con efectos intrascendentes, ya ven, un despeje mal dirigido y un pase fallado, de dos guas en el suelo ha sabido sacar el limitado equipo primero de Ramis y luego de Alcaraz auténtico petróleo frente al mayor presupuesto de la historia de la Segunda División española.

Hoy los niños ya no juegan al gua, de hecho es probable que ni sepan lo que es una canica, el gua y las canicas se han quedado para los museos o para eso de Yo fui a EGB, son, en fin, carne exclusiva de nostalgia, como la cantera en el Albacete, cuyo filial a veces da la sensación que se mantiene por la misma razón por la que siguen vendiendo cintas vírgenes de vídeo y casete, o porque todos los clubes tienen uno y no es plan de ser los raritos, pero en ningún caso parece conservar su función nutricia para con la primera plantilla. Es otro de esos eternos temas de debate que corren por nuestra historia y por nuestras conversaciones de barra de bar (ahora deslocalizadas en buena parte a internet) como el Guadiana, aflorando o sumergiéndose según la coyuntura; en la actual, con la delantera bajo mínimos en cuanto al número de efectivos y al nivel ofrecido por éstos, el aficionado vuelve la vista a la Ciudad Deportiva y pregunta eso que se ha preguntado siempre en estos casos, “¿Y no habrá nadie en el filial que lo haga mejor?” Y es entonces cuando descubre o le cuentan que hay un chico en ese filial que lleva casi 20 goles, y la lógica le obliga a formular la siguiente pregunta, ésa que sólo un aficionado del Albacete puede plantearse con tanta esperanza como estupor, “¿Y por qué no lo convocan, por qué no le dan una oportunidad?” Y es entonces cuando recupera la conciencia de sí mismo y del club que le quita el sueño, y recuerda que en el Albacete el filial hace mucho tiempo que no cuenta para casi nada a efectos de la que se supone su función tradicional, salvo cuando se ha sentado en el banquillo del primer equipo un entrenador de la casa, perfectamente conocedor de toda esa estructura de cantera, o cuando no quedó otro remedio por no haber un duro en la caja.

 

Fue precisamente en Montilivi, hace ya una década, tras otro partido en el que remontamos y salimos vivos sin saber muy bien cómo, donde se convirtió Julián Rubio en el entrenador con más partidos ligueros en la historia del Albacete. Fueron Rubio y al año siguiente Mario Simón los últimos técnicos que, con el equipo en Segunda, han tenido la suficiente personalidad y comprensión de la importancia de la cantera en un club como el nuestro para echar mano del filial en situación de necesidad, o cuando el rendimiento de los supuestos profesionales no estuvo a la altura de lo que debe exigir el escudo. A Julián los profesionales de entonces se lo agradecieron con una cama de 2×2 para él y su señora; a Mario, tras comerse el marrón de un  descenso inevitable, le dieron la patada sin importar su trabajo de formación y preparación en aquellos meses nefastos en los que él y la afición fueron los únicos interesados en el Albacete Balompié. Hoy ya no hay excavadoras en la banda de Montilivi, que incluso ha disfrutado de la gloria de Primera, pero seguimos puntuando cuando vamos por allí, y ya no hay niños jugando al gua por la calle, ni está Julián Rubio entrenando en alguna parte con el rabillo del ojo puesto en su Albacete, pero están la nostalgia y la memoria como asideros para reivindicar lo que haga falta, incluso lo innecesario. Especialmente lo innecesario. Y lo que permanece, por desgracia, es lo de siempre: el poco aprecio por la cantera, la amenaza de la zona de descenso.

Y nosotros. Nosotros permanecemos siempre. Por encima de nombres propios, de debates y cainismos, de coyunturas eternamente cambiantes. Estamos condenados a la permanencia. A darnos la mano en el final mientras observamos cómo se derrumba todo, o cómo sigue en pie.

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