Capítulo 29: «Algo para celebrar»

Los ojos inyectados en sangre los teníamos mientras volvíamos a casa de madrugada, casi doce horas después de haber salido para la previa, el partido y todo lo que suele seguir cuando es sábado y has ganado, o cuando es sábado a secas. Dijo Alcaraz que quería los ojos inyectados en sangre y la cabeza fría como un glaciar y nosotros a muerte con el míster, nosotros a mandar, que para eso estamos, tenía que haber visto Lucas lo que yo vi en el espejo del baño al llegar, vaya cuadro, y la cabeza, bueno, dejémoslo en que la cabeza al día siguiente estaba hecha una puta mierda, pero mereció la pena. Ese es el secreto, que siempre merece la pena.

Recuerdo una de las mayores castañas que me he agarrado, creo que fue el día que le ganamos 2-1 al San Roque de Lepe pero de eso debí enterarme después, me la pillé de tal calibre que una compañera me tuvo que abofetear con suma violencia y a mano abierta para que espabilase, ya ven, de las pocas tías que me han tocado en la vida y esta lo hizo para cruzarme la cara, en fin, una señora batería de hostias y de regreso al mundo real, niquelao, y la recuerdo no porque coincidiese con un 2-1 al San Roque, ni porque los leperos se pusieran por delante y para meternos en el play-off de ascenso hubiese que remontar, no, la recuerdo porque de verdad necesité una igual al salir del Belmonte el sábado a las diez y media de la noche, ¿quién no? ¿Qué clase de persona no necesita un par de guantazos para asegurarse de que no es un sueño lo que acaba de vivir cuando, a día 22 de febrero, jornada 29ª de Liga, su equipo por primera vez ha remontado un resultado adverso, por primera vez ha marcado dos goles en su estadio y por primera vez en casi cuatro meses ha ganado delante de su gente?

 

Igual que entonces contra el San Roque, igual que hacen todos los equipos del planeta, se trataba de encajar y remontar, de venirse arriba el personal, sembrar la furia y desatar la rabia con el gol del empate y seguir, seguir, no detener la espiral hasta meter el segundo y que el campo se venga abajo y los miles de desgraciados presentes defiendan en comunión ese 2-1 con el alma, con la garganta, con lo que se tercie. Claro que quizá el error de entrada sea pedir que el Albacete haga lo que todos los equipos del planeta, conociéndonos ya como nos conocemos; en algún momento lo normal, que es marcar de falta de cuando en cuando, se convirtió en acontecimiento, y lo insólito, que hubiera sido perder dos puntos en el descuento con un gol del portero rival, empezó a parecer plausible, más que eso, casi esperable. Pero por un día fuimos nosotros el Numancia, por un día fuimos nosotros los normales, los que no dan la nota, los que, si hay que ganar un partido clave en casa, se las ingenian para ganar y punto.

Si el Albacete-Numancia fue o no un punto de inflexión en el transcurso de esta insufrible temporada supongo que lo sabremos más pronto que tarde, pero sin duda algo tuvo que ser: fue lo que no fue el Albacete-Extremadura, ni el Albacete-Elche, ni el Albacete-Deportivo, ni ninguno de los partidos que hasta la fecha han muerto en el camino, punto de inflexión o no, pero algo, no sé, ALGO, un síntoma, un respiro, siquiera un cometa o una aparición. Puede que estemos desesperados y necesitemos señales a toda costa, sabernos un poquito seguros de que esto va a tirar para adelante, y que Pedro va a ser otro a partir de ese gol de libre directo, y que Fuster va a seguir creciendo y marcando goles vitales, y que Chema Núñez va a entrar del todo en el equipo y la de suma de su talento con el de Manu abrirá el camino de más victorias, de las seis que aún hacen falta para superar la eterna barrera de los 50 puntos.

Ganar era la mejor de las señales posibles, la única realmente válida, y al menos ya podemos decir que volvimos a ver una victoria, que la celebramos como si fuese la última porque la experiencia nos enseña que pudo haberlo sido perfectamente, aunque eso es lo último en lo que uno piensa cuando al día siguiente se despierta hecho un guiñapo y va recordando: el golpeo de Pedro casi desde donde Eugeni nos dio alas contra el Extremadura, y la llegada de Fuster al remate en el segundo palo, y el gol que se le negó al portero del Numancia para haber agrandado aún más la leyenda de infortunio del Albacete, y el pitido final como ese bofetón que te recuerda que todo ha sido real. Tan real como lo feliz que era en aquel tiempo en que el Albacete se jugaba entrar en play-off contra el San Roque y a mí me daba igual porque estaba a lo mío, tan real como la mediocridad de la rutina de salir, beber, el rollo de siempre cuando estás cada vez un poquito más mayor y más quemado con el estado de las cosas. Tan real como una vuelta a casa solo, sí, pero nunca de vacío, porque tienes por fin esa victoria que querías, a lo peor la última, a lo mejor la penúltima, pero una victoria, que es la que te recuerda al día siguiente, hecho un guiñapo, que esta mierda siempre merece la pena.

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