Capítulo 26: ‘Gracias por la ilusión’

Por mucho que uno sea del Albacete y tenga el umbral de la incredulidad por debajo de cero, está claro que la vida siempre se las apaña para pillarte por sorpresa de alguna forma, a veces por la tremenda, como esto de ver una muchedumbre bailando y cantando “La Macarena” en una película de Clint Eastwood (“Richard Jewell”, conmovedora), pero otras veces en plan sutil,  dejando a la vista datos como miguitas de pan para ser unidas con un hilo de ironía cabrona.

El 2 de febrero sufrió Ramis su última derrota como entrenador del Albacete Balompié. La sufrió en el Carlos Tartiere de Oviedo, el mismo escenario de su primera derrota liguera en ese cargo. Y la sufrió en el Día de la Marmota, esa fiesta de pueblo de la Pensilvania profunda que se hizo famosa en todo el mundo gracias a la película que le tomó prestado el título original (ya saben, Bill Murray viviendo la mismo jornada una y otra vez, lo que viene a ser la rutina de aficionado del Albacete pero sin que el equipo aprenda a sortear los mismos obstáculos que se repiten) y que fue coproducida, coescrita y dirigida por Ramis, Harold Ramis. Nuestro Ramis, Luis Miguel, fue destituido al día siguiente, el 3 de febrero, justo cuando se cumplía un año desde que él mismo decretase el estado de Ilusión en todos los corazones bajo la jurisdicción del murciélago tras ganar en el Arcángel cordobés y conquistar el liderato remontando un resultado adverso. Era otro tiempo muy diferente, no sólo porque íbamos líderes y ganábamos partidos y algunos, como aquel, hasta los ganábamos remontando, sino porque había ilusión.

 

La ilusión, como la felicidad, con la que tantas veces se funde y confunde, tiene un bonito nombre, es efímera por naturaleza y se valora más y mejor cuando ya se ha perdido, cuando se despega de lo cotidiano para revolotear en el recuerdo. Existe una ilusión personal, subjetiva, nacida de la conciencia de cada uno de nosotros, que es la que nos empuja a seguir adelante con esta locura semana tras semana: la ilusión de acompañar a un padre, un hijo, un amigo; la ilusión de disfrutar de un partido entretenido o emocionante; la ilusión de ver, una vez más, a tu equipo sin que otra cosa importe. Estas pequeñas ilusiones privadas sólo nos empujan en tanto que individuos, por mucho la mayoría compartan, compartamos, la misma pasión. Pero existe, además, otra ilusión, una ilusión colectiva que surge y se manifiesta con igual potencia en grandes comunidades humanas en momentos determinados, dirigida a un mismo objetivo, un sueño común de grandeza. Esa es la Gran Ilusión, en su doble significado de esperanza y de engaño. Es la Gran Ilusión que Albacete revivió durante la temporada 2018/2019, cuando ya parecía completamente olvidada. Luis Miguel Ramis, líder del grupo que catalizó aquel milagro, fue uno de los responsables de devolvernos la Gran Ilusión. No fue el único, pero fue uno de ellos, la Historia se lo reconocerá, aunque también haya quien le niegue el más mínimo mérito.

Luis Miguel Ramis ha sido igualmente uno de los responsables de la caída en picado del equipo durante su segunda temporada en el club, e igualmente no ha sido el único, pero la Historia no lo absolverá de ciertos errores, de ciertas manías a menudo inexplicables, de ciertas palabras desafortunadas. La Historia hará su trabajo con Ramis, le dará y le quitará razones y le colocará en el lugar que merezca, pero el fútbol es un fenómeno social más ligado al mito que al logos, y la mitología se rige por otros criterios. Ramis fue víctima de aquello de morir como un héroe o vivir lo suficiente para verse convertido en un villano y, aunque la Historia le reconozca  haber igualado los 71 puntos del primer Albacete de Ferrando y haber superado la proyección de puntos del Queso Mecánico, aunque nadie vaya a borrar su nombre de la cabeza del cuerpo técnico que entrenó al mejor equipo del que muchos hemos disfrutado en nuestras vidas, me temo que la mitología no le perdonará haberse quedado a las puertas de la máxima gloria: no será elevado a la condición de César y de Floro. Ramis, como antes Ferrando, Luis César o incluso Aira (otro que tampoco murió como un héroe y cuya parte de mérito en el ascenso sigue sin ser reconocida por muchos), no ha tenido el final feliz que merecía. Pero Ramis se ha marchado, y esto quizá sea lo más importante, entre miles de mensajes de gratitud. La Historia la escriben los hechos y los mitos se forjan a lo largo de generaciones, pero los sentimientos son propiedad de las personas. Y muchas, muchísimas personas sintieron ilusión y sintieron felicidad de una forma que no conocían o no recordaban durante la temporada 2018/2019. Y si así lo sintieron, si así lo sentimos, fue en gran parte gracias a Luis Miguel Ramis Monfort.

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