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Aúpa Alba

Capítulo 25: «Estefanía o los animales»

Una voz se elevó entre la masa que desfilaba por Gol Norte camino del vomitorio: “¡PERROS!” Otra contestó: “¡¡ESTEFANÍAAA!!” Cada uno tiene su manera de afrontar la derrota pero, como en casi todas las cosas de la vida, hay dos grandes tendencias. Dos escuelas de pensamiento. Y, por encima de ambas, más bien por debajo, a modo de cimientos, una serie de valores, mitos y sentimientos compartidos: para el caso que nos ocupa, el amor al Albacete, el deseo de verlo ganar, de verlo arriba, de verlo simplemente bien. Más allá de eso, el individuo es dueño de su frustración y del modo que elija para manifestarla, cuente ésta con mayor o menor aprobación del resto del colectivo. Yo no hubiese gritado nunca a los jugadores, rehenes de la ansiedad y de un bloqueo mental cada vez más grave, que son unos perros después de perder como lo hicieron contra el Deportivo: se les podría llamar caballos, pues nuestro nuevo lateral así se apellida y porque los pies de Ojeda, tan normales cuando se trata de jugar y conducir la pelota, se convierten en pezuñas herradas cuando erradamente dispara a portería. Se les podría llamar pollos, pollos decapitados poniendo centros desde cualquier parte, sin mirar a dónde ni a quién llegaban. Incluso se les podría llamar gatos, aunque sólo sea aplicable a Tomeu Nadal, cuya triple parada ya es historia del área norte del Belmonte. Pero nunca hubiese dicho que esos tíos eran unos perros. Por eso prefiero el grito opuesto, el aullido de dolor por Estefanía.

“La isla de las tentaciones” engancha por una razón parecida a la que a tantos nos empuja a ver otro partido más del Albacete. ¿Por qué no podemos apartar la mirada? ¿Por qué seguimos ahí, impasibles? El secreto del éxito de la telebasura es que nos sirve en bandeja las miserias de unos desconocidos para paladearlas y luego comentarlas, y así pensamos un poco menos en las nuestras. Porque nos encanta, queremos ver nuestras miserias siempre y cuando estén reflejadas en el otro. Esto lo dijo, creo, José Mota. En cambio el fútbol, al menos el de clubes modestos como el Albacete, supone llevar la idea al siguiente nivel, porque ahí la miseria es la de todos, no es el reflejo de un espejo trucado. Nos apropiamos de la miseria, la reconocemos, la aceptamos, incluso la somatizamos a veces. Pocas veces, casi nunca, la telebasura llega a conseguir algo así. “La isla de las tentaciones” se acerca porque toca en el espectador un botón muy profundo y antiguo de la condición humana, el amor y el miedo a perderlo, la eterna cuestión de los celos. Por mucha trampa que tenga la televisión, es difícil no empatizar con un desgraciado que corre por la playa gritando el nombre de la amada que acaba de echarse en brazos de otro sin sonrojo delante de todo un país. “La isla de las tentaciones” es una mierda altamente adictiva, placer culpable, frívolo, como esto del Alba pero sin tomarse tan en serio.

 

Siempre supe que la raíz de todos los problemas derivados del fútbol está en nuestra obsesión con tomárnoslo tan en serio, con hacernos mala sangre gritándoles a los futbolistas que son unos perros en lugar de berrear “¡¡ESTEFANÍAAA!!” y a otra cosa. Este fue mi propósito de año nuevo, de década nueva, tomármelo todo con un poco más de humor y un poco menos de intensidad, pero siempre se espera demasiado de uno mismo y más de los años nuevos. Cuentan que el zar Nicolás II escribió en su diario: “El año 1916 estaba maldito. 1917 seguramente será mejor.” Seguramente. Vamos un siglo y pico tarde con esto de tomarnos en serio también los propósitos de año nuevo, pero lo seguimos haciendo, igual que seguimos arrugando el gesto durante días cuando ya se ha extinguido el eco del último suspiro posterior a una derrota. ¿Pero acaso existe alternativa posible para nosotros, que cuando Mónica Naranjo nos dice (con esa cara de circunstancias que pone ella con tanta maestría) “hay más partidos del Albacete para ti” volvemos a mirar como un resorte, por puro instinto, con infinito deseo? ¿Se puede no mirar cuando delante hay algo que amamos más allá de cualquier cosa?

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