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Aúpa Alba

Capítulo 24: ‘No tiene por qué gustarte’

Foto: LaLiga.

Albacete, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Al-ba-ce-te: la punta de la lengua emprende un viaje de cuatro pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el cuarto, en el borde de los dientes. Al. Ba. Ce. Te. Era Alba, sencillamente Alba, por la mañana, setenta y nueve años y cinco meses de edad con pies torcidos. Era Albameme en casa de los necesitados. Era Balompié de apellido. Era @AlbaceteBPSAD cuando tuiteaba. Pero en mis brazos era siempre Albacete. ¿Tuvo el Albacete un precursor? Por cierto que no lo tuvo, pero ojalá lo hubiese tenido. En verdad, el Albacete pudo existir para mí sin que antes hubiese amado nada del modo en que se aman estas cosas, sin que antes nadie me inoculase el bacilo. Sí, ojalá hubiese tenido un precursor para volcar sobre él el peso de la culpa por tantas tardes de desolación y puro vacío, por tantas convulsiones derivadas de la impotencia más atroz. Pero no lo hubo, no lo tuve. Yo me metí solito en esto, cargué con mi cruz y seguí a todos los demás en esta procesión con destino a ninguna parte y con parada allí donde nos dirijan el viento o el calendario.

¡A Lugo! A Lugo, justo delante de mí: la tribuna oriental del Anxo Carro y las torres de la catedral asomando por encima, chocando con el borde superior de la pantalla de la tele, por una vez altivas, amenazantes, recordando que sólo el penitente pasará y el menos malo se llevará los puntos. Y el menos malo pareció al principio el Albacete, o lo pareció tímidamente, con esa timidez que caracteriza su producción (in)ofensiva, concebida en torno a Zozulya, que atraviesa su época de más discreto rendimiento desde su llegada, y capitalizada por Ojeda, en cuyas botas recaen casi siempre las ocasiones más claras sin que la puntería llegue casi nunca a congraciarse con él. Como si las voces que le pegó David Vidal en el campo de La Juventud de Mancha Real cruzasen todavía océanos de tiempo para encontrarle cada vez que pisa un área rival: “¡Ojeda, que te vas a morir un día! ¡Kamikaze, me cago en la…! ¡Ojeda, kamizake! Kamikaze cero, cero patatero. ¡Tiene que tener más maldad, está en otro mundo, piensa que no lo veo! ¡Es que no está, no sé dónde está! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?” ¿Qué hizo el Lugo para merecer la victoria? Anotar un gol feote y voluntarioso después de varios rebotes. ¿Qué hizo el Albacete para merecer la derrota? Defender una llegada peligrosa con intensidad casi inexistente, permitiendo que los rebotes favoreciesen al Lugo hasta dar con el balón en los brazos de la red. Todo lo demás, todo lo que escapa a la verdad central del gol, es secundario, cuando no irrelevante por completo. El Albacete, aparentemente tan versado en la ciencia del uno a cero, debería saberlo mejor que nadie. Y sí, supongo que lo sabía y por eso hizo lo que siempre hace esta temporada, que es doblar la cerviz, someterse a la soberanía del gol rival y aceptar su desdichado destino.

Ramis, hecho un ovillo en su asiento del Anxo Carro, exhibía la mirada perdida de quien sabe que, con independencia de la magnitud de su culpa, el banquillo en el que se sentará en la próxima cita no será el del Carlos Belmonte, sino el de los acusados. La mirada perdida y triste que preside el puesto fronterizo entre la cuarta y la quinta fase del duelo, entre la depresión y la aceptación. La afición, por su parte, ha superado en su totalidad la fase de negación y se debate entre la ira contra los errores y la negociación con la realidad. No, la afición no ha de saber más que los profesionales sobre táctica, técnica, economía, pero necesariamente estará más curtida en lo visceral, en los asuntos del corazón que han presidido tantos años de dedicación desinteresada a su pasión. Al núcleo de la afición nunca se le caerán los anillos por nada y siempre apechugará con lo que venga, lo hagan o no los verdaderos responsables. Lo hará porque es su razón de ser. Porque quizá yo como individuo no tuve un precursor, pero como colectivo nos pasamos el sombrero de generación en generación y le decimos al que viene detrás, para que no desfallezca, para que sepa que todo mereció la pena: “Hoy has perdido, chico. Pero no tiene por qué gustarte.”

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