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Aúpa Alba

Capítulo 22: ‘Canciones que ya escuché’

Desperté en 2020 con un mensaje de WhatsApp de Andrés. Se trataba de un selfie enviado a las 5:46 de la mañana en el que, delante de la puerta de un local de la calle Concepción, se erguían dos cabezotas apoyadas suavemente la una sobre la otra, esbozando las bocas sendas medias sonrisas cuyos dueños eran, a la derecha, mi amigo, y a la izquierda, Robert Ergas, ambos con la carita que suele llevar el personal a esas horas intempestivas, y admiré entonces la determinación del lateral uruguayo, que ni siquiera el 1 de enero perdona un madrugón para darse una vuelta con la fresca, comprar unos churros para el desayuno y exprimir el día al máximo. Es evidente que un año que empieza de esa manera es un año que invita a tomarse la vida con un poco más de humor y un poco menos de intensidad, y no puede ofrecerse mejor piedra de toque para ello que un Tenerife-Albacete, con un Tenerife que no gana en su estadio desde agosto, desde la segunda jornada, con un nuevo entrenador que aún no conoce la victoria, con sabe Dios cuántas bajas, con la afición en huelga de asistencia en protesta contra la directiva, en puestos de descenso, en fin, un Tenerife hecho polvo. Enfrente, el estrambote.

A los 2 minutos de juego, el Tenerife-hecho-polvo logró hilvanar su primera posesión decente. Terminó en un disparo a portería que Tomeu desvió a córner. Fue el primero. Tras 8 minutos y medio, llegó el cuarto. Despeje, tiro lejano de Elliot que se envenena, palomita de Tomeu que termina con el balón en las botas de Dani Gómez, pase de la muerte con la oposición de nadie, porque de aquellas los de rojo ya debían andar todos por el círculo central, como queriendo ganar tiempo para el saque de centro, y gol a placer de Padilla, un crío de 19 años salido, como Elliot, del filial, eso que tienen los clubes para –según dicen– pulir talentos y formar jugadores que nutran al primer equipo, una tradición extranjera, pagana, que desde luego ya no se estila en Albacete y cuyo recuerdo cada día es más borroso. El 1-0 culminó la metamorfosis del Tenerife-hecho-polvo en Tenerife-Lázaro, Tenerife-resurrecto, y apenas enrabietó vagamente a un Albacete que continuó con su plan de juego, que es ninguno (sobar la bola como quien remueve un puré que no le gusta y bloquearse tan pronto se planta frente a algo parecido a una defensa), pero con una marcha más, es decir, más a trompicones todavía, y fruto de ello armó el Tenerife un contraataque en dos toquecitos que, con el tiempo de descuento cumplido, dejó a Suso Santana solo con toda la portería y todo Tomeu para él, para celebrar como Dios manda su partido homenaje por los 300 que ya ha jugado o por los 300 años que cumplía, quizá por las dos cosas, pero un gol era poco: mejor una asistencia también, que corra toda la banda como un potro salvaje, apure la línea de fondo y sirva un centro raso para que Arroyo haga dejación de sus funciones y Dani Gómez la empuje tan a gustito. El 3-0 ya debió parecerle bien al Albacete para reaccionar con lo que el comentarista de televisión definió como “valentía”, aunque más bien se trató de vergüenza torera, que es el último recurso de quienes vergüenza tienen poca para maquillar un resultado humillante y no para sobreponerse desde el principio a sus limitaciones. Manaj hizo su mejor partido con el Alba desde, literalmente, un año atrás, cuando está a punto de marcharse y quizá justo por eso; obró el milagro de marcar un gol a la salida de un córner y dio un pase magnífico a Pedro Sánchez, que asistió a Ojeda para poner un 3-2 milagroso, inverosímil, pero si 20 años no son nada en un tango 20 minutos son demasiado para casi cualquier cosa en el fútbol, y más en un  Tenerife-Albacete. Álex Muñoz tiró desde su casa, por tirar, por ver qué pasaba, Tomeu hizo lo que no suele y se la comió entera por su palo, y así murió una esperanza imposible. Así se interrumpió la paja frenética y furtiva que el aficionado había empezado a hacerse 10 minutos antes. Y fin.

 

Un año que empieza con un selfie de Ergas cerca de las 6 de la madrugada es un año que sólo puede ir a peor, y yo ya no me siento capaz de tomarme la vida con el humor necesario para soportarla. Cada nuevo estrambote del Alba sigue vistiendo de comedia la tragedia que en el fondo palpita, y la risa que produce es la del Joker de Joaquín Phoenix: risa que duele, risa que se llora, un carcajeo casi incontrolable fruto de la enfermedad. Reír por no pegarse un tiro. El mercado de invierno es el sorteo del Niño de las ventanas de fichajes, y a veces toca, a veces incluso el premio está en casa. Mi padre, como siempre, compró décimos por las cuatro esquinas de España, pero no se le ocurrió comprar ninguno en la Administración nº 11, frente al mercado de Villacerrada, a cinco minutos de donde vive. A veces la solución a muchos problemas está demasiado cerca para darse cuenta, quizá en la Ciudad Deportiva antes que en ligas exóticas. La mañana después del partido pasé por los jardines del Prado, en Ciudad Real. Unas pocas parejas bailaban jazz que salía de un radiocasete. Sonó un clásico de los años 40, “I’ve heard that song before”, interpretada por Harry James y Helen Forrest, y fue realmente una estampa preciosa, el sol agradable de enero, el cielo limpísimo, niños correteando y las parejas bailando, y ojalá la maldita canción hubiese tenido otro título, porque de pronto sólo pude pensar, otra vez, en el fútbol, siempre el fútbol manchándolo todo, en que hay canciones que ya he oído antes, y su letra no me gusta, y su música tampoco, y sobre todo cómo acaban.

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