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Aúpa Alba

Capítulo 19: ‘Siruela y el Gol Norte’

Antes del Albacete-Extremadura UD, alguien colgó en las vallas superiores del quesito visitante una bandera extremeña en cuya franja central blanca estaba escrito, en letras rojas, SIRUELA. Es un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz a 160 kilómetros de Almendralejo y a menos de 20 de la frontera con Castilla-La Mancha. Por distancia, a un aficionado siroleño le vendría mejor ser del Manchego de Ciudad Real antes que del Extremadura, pero ahí estaba la bandera, modesta y orgullosa, gritando en silencio el nombre de la localidad desde esa esquina del Belmonte. Siruela, aunque volcada con la causa del Extremadura de parte de quien colgase la bandera, guarda una relación especial con el Albacete Balompié a través de dos personajes.

En Siruela nació el que, todavía en 2019, figura como el penúltimo primer capitán del Alba salido de su cantera –el último continúa siendo Adri Gómez–: Miguel Núñez debutó con eterna gloria marcando el gol de su carrera al Rayo de Pepe Mel y Néstor Susaeta y defendió la camiseta blanca a lo largo de siete temporadas, cada vez más retrasado en su posición sobre el terreno de juego, cada vez más quemado ante la afición. Formó parte del inolvidable grupo que logró el ascenso de la mano de Luis César y de las plantillas que perpetraron los descensos de 2011 y 2016. Éste último certificó el fin del capitán en el equipo de su vida. Su reconversión a defensa central marcó para mal el futuro de Miguel, tan zurdo, tan inseguro y tan irregular pero todo corazón, condiciones que unidas al 14 que llevaba en la espalda me hicieron identificarme con él hasta el último momento, hasta el funeral de Ponferrada. Para mal o para bien, el nombre de Miguel Núñez es inseparable del recorrido histórico del Albacete Balompié a lo largo de la década que ahora termina: un nombre asimilado a un tiempo y paralelo a él, a los años de la inestabilidad y la incertidumbre, las salvaciones milagrosas que precedían a los descensos catastróficos, la travesía en el desierto de la 2ªB, los play-off perdidos, las liquidaciones que no fueron, las nóminas que no se pagaban, el fin del mundo que nunca llegó.

 

Ascendido desde el filial por Julián Rubio, Núñez encadenó siete temporadas consecutivas en el primer equipo del Albacete, un logro que, dadas las dinámicas propias del fútbol contemporáneo y las características de este club, asciende a la categoría de proeza. Pero hubo otrotiempo en que esto era algo frecuente, algo normal. Si el nombre de Núñez se asimila al Alba titubeante de los años 2010, otro nombre se asimila con mayor fuerza y trascendencia al Alba de la década de 1980, de principio a fin. Mariano Hernán, aunque nació en Talarrubias, literalmente el pueblo de al lado, tenía sus raíces en Siruela y allí, en el campo de la Cruz Chiquita, inventaba “interminables regates […] durante las eternas tardes de verano de los primeros setenta, en partidos de quince contra quince, sin árbitro, hasta que la noche se nos echaba encima”, según recuerda un paisano anónimo en un comentario perdido en las catacumbas de internet. Hernán era un delantero de una estirpe antigua, casi anterior al fútbol mismo, un goleador dotado del don de la oportunidad por los dioses de este deporte. Llegó alAlbacete, por entonces un tercerola sin demasiada suerte, en 1980. Se marchó en 1990, con el club a punto de escribir la página más dorada de su historia. Entretanto jugó diez temporadas de blanco y apareció en todos los momentos decisivos: en 1982 marcó, a pase de Julián Rubio, el tercero de los cinco goles para remontar la eliminatoria al Talavera en el Campo de la Federación y ascender a la recién creada Segunda B; en 1985 marcó en El Prado el solitario tanto que derrotó al Talavera en la última jornada para devolver al Alba a Segunda; y en 1990 culminó, con el que fue su último gol, el 5-2 al Marino tinerfeño que refrendó el primero de los ascensos del Albacete de Floro. Incluso ganó dos títulos, las Copas de la Liga de 2ªB de 1983 al Alcalá –cuya estrella era un jovencito Pepe Mel– y de 1985 al Badajoz. Hernán, a diferencia de Núñez, fue un futbolista de impronta mítica,con verdadera madera de héroe, y aunque cada uno ocupe un lugar diferente en la memoria colectiva de la afición, ambos son representantes de un tiempo particular de nuestra agitada historia, y ambos fueron homenajeados, indirectamente, a través de la bandera que alguien colgó en las vallas del quesito visitante, a pocos metros de la portería donde Hernán marcó tantas veces, donde Tirado nos mandó a Segunda y al Extremadura a Primera, donde Núñez hizo el gol de su vida, donde el dios Eugeni le coló a Casto la falta que nos hizo seguir soñando, donde Susaeta metió un penalti y falló otro para sorpresa de nadie, donde nos quedan tantos goles por gritar, por lamentar, por vivir.

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  1. Pingback: 2×19: Siruela y el Gol Norte – Agorerismo mesetario

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