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Aúpa Alba

Capítulo 18: ‘Fuego’

Foto: Quinito/El Bierzo Digital

Andrés me preguntó que cómo sabía que aquel río era el Sil, le dije que por el cartel que había al inicio del puente, pero yo lo sabía de antes, por haberlo leído en un relato de Luis Parreño:

«Correspondió a nuestro titular jugar la primera eliminatoria contra la Ponferradina, subcampeón del grupo XIII. Entrenaba al equipo Martín Susilla; lo curioso era que habían marcado ochenta y cuatro goles. Les llamaban “los cañoneros del Sil”. La cosa se puso tiznada para el Albacete en el primer encuentro, en el campo de Santa Marta, donde fue derrotado por 3-0. Eran muchos goles para el partido de vuelta, sin embargo, se derrochó coraje y casi se niveló el tanteo global, ya que los albacetenses vencieron por 3-1, goles marcados por Mateo, Jerónimo y Martínez. Los “cañoneros del Sil” hundieron, una vez más, la nave albacetense.»

 

Era 1967 cuando el Albacete visitó Ponferrada por primera vez. Ni siquiera existía El Toralín y aún faltaban quince años para el nacimiento de Yuri de Souza, pero ya entonces el Albacete perdía en Ponferrada: lo hizo jugándose un ascenso a Segunda División, lo hizo a pesar de los goles de Calle en 2007 y 2011, lo hizo jugándose un descenso a Segunda División B. Pero no lo hizo en noviembre de 1999, en un partido infame que nadie en su sano juicio recuerda, un atentado de Copa del Rey que el Albacete comenzó ganando con un tanto de Leandro en la primera mitad para ver cómo la Deportiva empataba en la segunda. Y veinte noviembres después fuimos por fin a Ponferrada a jugar un partido de Liga y no lo perdimos, fuimos a Ponferrada y nos pusimos por delante, fuimos a Ponferrada y vimos al legendario Yuri de Souza marcar su gol número 147 en su partido número 337 con la camiseta de la Deportiva ante el éxtasis de El Toralín, fuimos a Ponferrada y no nos vinimos abajo después de encajar, sino que quisimos y pudimos golpear de nuevo, sin efecto, pero quisimos y pudimos, y eso es lo único que pide el aficionado cabal curado de alegría y espanto y llorado de casa: saber que se puede y querer que se pueda, como aquel exitazo algo ñoño de Diego Torres, el Diego Torres cantante argentino, no el Diego Torres delantero trotamundos con más ascensos que Josan y más descensos que Jona. En El Toralín descubrimos, en fin, que este Albacete también sabe y puede, si quiere, apretar los dientes y superar el derrumbe mental que sucede al gol en contra, comprobamos que, al menos en noviembre, los fantasmas de Ponferrada decretan una tregua para que el Alba, si sabe y quiere, pueda conocer allí algo más que la derrota y la depresión.

A pesar del buen punto sumado en el último partido, Ponferrada continúa ocupando un lugar destacado en nuestra memoria colectiva como el duque de Alba en la de los flamencos, en su condición de visita maldita que sólo podrá ser neutralizada con algún ulterior ascenso o victoria especialmente decisiva conseguida por el Albacete sobre el césped de El Toralín. Llegado el momento, esa hipotética hazaña tendría un valor multiplicado, pero únicamente en tanto que las generaciones futuras conserven la conciencia de lo que en el pasado se perdió en Ponferrada: el ascenso en el 67, la categoría en 2016, y otras veces sólo la moral, que tampoco es cualquier cosa. Insiste a menudo Juan Manuel de Prada en que la esencia de la tradición no reside en la adoración de las cenizas, sino en la transmisión del fuego. Lo que perdimos en Ponferrada es irrecuperable, pero no la memoria de haberlo perdido y, aun así, haberlo superado. Quizá lo más difícil sea enfrentar el futuro sin que el pasado sea una losa, sino un apoyo para escribir la parte de la historia que nos corresponde con la mayor dignidad y orgullo posibles, si bien creo que merece la pena hacer el esfuerzo. Luis Parreño murió, pero dejó escrito su relato de cómo los cañoneros del Sil instituyeron el maleficio de Ponferrada, y llegará el día en que todos los que disfrutaron de la Edad de Oro hayan muerto también, pero han hecho su trabajo para con los que no llegamos a tiempo. A veces me pregunto si no estaré adorando cenizas, y aunque unas cenizas puedan llegar a quemar, en el fondo sé que nunca tanto como lo que me abrasa cada semana de forma inexplicable, y siempre con ganas de más.

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