Una educación sentimental

 


El Mirandés es un equipo que apenas ha jugado tres veces en Albacete, que no lo había hecho nunca hasta 2015, y sin embargo parece investido de un extraño aroma de clásico instantáneo, como de llevar toda la vida viniendo al Carlos Belmonte a recoger los puntos que necesite. El Mirandés aún no sabía lo que era ganar en Albacete, pero era su tercera visita y ya conocemos el dicho, aún no sabía lo que era remontar y ganar un partido en la linde meridional de la Avenida de España, ese rito iniciático por el que ha de pasar todo club en algún momento de su historia. Y, en la acera de enfrente, el Albacete Balompié, condenado por su sino ineludible de caminar sobre ascuas haciendo equilibrios para no pisar las juntas de baldosas que no existen. El Albacete Balompié y su hígado inmortal, regenerándose todos los días para esperar al buitre que acuda de nuevo a hacerlo picadillo. Cuanto menos se asemeja el Alba a un equipo de fútbol más se aproxima a la sublimación de su propio concepto, de su propia idea, de su propia esencia trascendental. Y es que el problema de que tu equipo no juegue al fútbol, o no transmita tener capacidad o voluntad de hacerlo, es que se pierde la orientación, se atasca el GPS; en cuanto se deja de ver fútbol se empieza a dejar de hablar de fútbol ypensar en fútbol, y nos ponemos todos un poco raros, un poco nerviosos, pelín absurdos, con independencia del lado en el que estemos, en el de los que cobran y apechugan o el de los que pagan y aguantan.

Contemplar al Mirandés cosechar su primera victoria en el Belmonte ante la impotencia y la histeria local, además deresultar un asco y una experiencia desesperante, tal vezconstituyese un pequeño hito en la educación sentimental del albacetista de la última generación, de la hinchada infantil de reciente incorporación. Desde su primera palabra, sus primeros pasos, su primer potito, se va trenzando una entrañable secuencia de descubrimientosque se enturbia conforme va conduciendo hasta la oscuridad, su primer Mirandés, su primera remontada en contra, su primera desilusión en un campo de fútbol. Ya Getafe B o Écija Balompié le sonarán extraños, y es probable que sea tan joven que ni siquiera Leioa le produzca un escalofrío, pero su primer Mirandés no lo olvidará en su puta vida; estará en el lecho de muerte, enfermo y descompuesto, y no temerá otra cosa más que al Mirandés, le echarán del trabajo, estará en la calle, no tendrá un mendrugo de pan mohoso que llevar a la boca de sus hijos harapientos y dará gracias a Dios porque aún podría haber sido mucho peor, podría haber vuelto el Mirandés al Carlos Belmonte. El Mirandés habrá sido decisivo en la forja del carácter de alguna personita a la que llevaron al fútbol, flipó con la chilena de Zozulya, creyó con el gol de Pedro que sería su tarde más feliz, no creyó que Tomeu pudiese cometer ese error, sintió rabia con el segundo gol visitante y sintió decepción el resto del partido, el resto del día. Tardaremos en descubrir a quién traumatizó aquel Albacete-Mirandés, pero llegado el momento será fácil: estará tan mal de la cabeza como nosotros y sólo tendrá unas décadas menos de mirandeses a cuestas.

 

Si se trata de hablar de la educación sentimental ligada al Albacete Balompié, un topónimo sobresale por sus terribles implicaciones negativas. Ponferrada es el Teatro de las Pesadillas blancas y, a diferencia del Mirandés, la Deportiva es más que una sensación imaginada de llevar jodiéndonos toda la vida, porque la Deportiva sí que lo ha hecho, y más de una vez y en momentos más decisivos que una tarde cualquiera de competición regular. El Mirandés no ha sido hasta la fecha otra cosa que una nueva hipóstasis de los Getafe B, Écija o Leioa de otros días, un espíritu ajeno, un diablillo molesto que visita de vez en cuando Albacete y se lleva los puntos bajo apariencias diferentes. La Sociedad Deportiva es otra cosa y es mucho peor. Si remontar y ganar un partido en el Belmonte es un rito iniciático por el que ha de pasar todo club, El Toralín es el cáliz del que un albacetista tarde o temprano debe beber, y no es posible otra salida: Jesús pudo huir de Jerusalén, pero nosotros no podemos huir de la Ponferradina.

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