Capítulo 14: ‘Ni si quiera la lluvia’

Cae la noche. Empieza a chispear. Madrid me parece una ciudad preciosa cuando llega el frío, pero la lluvia no le sienta nada bien. La última película de Woody Allen me ha gustado, es la misma película de siempre, claro, por eso me gusta, a estas alturas de la vida a cada nueva película de Woody Allen lo único que se le pide es que sea la misma de siempre, con sus títulos de crédito en blanco sobre negro y una pieza de jazz de los años 40 de fondo, con sus enredos y dilemas emocionales de burgueses urbanitas con bastante pasta que van a museos, han leído todas las novelas y visto todas las películas y parlotean y se enamoran y desenamoran mientras pasean por ciudades a las que les sienta maravillosamente la lluvia, que siempre llega en el momento más oportuno, obligando a esos pijos a refugiarse en cualquier parte y acercar sus caras y sus cuerpos y soltar alguna frasecilla torpe antes de besarse y joderlo todo echando más leña al fuego de sus enredos y dilemas emocionales. A Woody se la suda hacer siempre la misma película porque es la película que le gusta, la que sabe hacer como nadie y le sale sola, la que queremos ver una vez al año en una sala de cine hasta que ya no pueda ser, y es que al viejo judío se le acaba el tiempo pero aún no ha hecho su gran película, su oda definitiva a las pasiones, los reencuentros, los desengaños, la vida, aún no ha filmado un Numancia-Albacete.

Títulos de crédito en blanco sobre negro y una pieza de jazz de los años 40 de fondo que, descubrimos, suena por la megafonía de Los Pajaritos. El Albacete persigue la victoria como Michael Caine a su cuñada en “Hannah y sus hermanas”, la busca, finge encuentros casuales, la desea, la necesita, se obsesiona. Le dedica un poema de E. E. Cummings: nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas, ¡y tan escurridizas! La victoria resulta esquiva y el diablo se oculta en un detalle, en la barandilla sobre la que rebota un anillo y, en lugar de caer al Támesis, se queda en tierra para probar un crimen, en un despeje pésimo de Alberto Benito. Y un tipo llamado Escassi se queda con la chica y no hay más remedio que aceptarlo, hay días en los que ella se va con otro, se marcha lejos y ya está, y sólo queda el regreso a casa, cabizbajo, las manos en los bolsillos del pantalón, una pregunta como compañera: ¿por qué? ¿Por qué siempre es la misma película? Y empieza a llover. Y una nueva pieza de jazz suena mientras el protagonista dirige sus pasos a la Avenida, y en una acera el Abelardo Sánchez no es Central Park, y en la otra las castañas resisten a los pretzels y los perritos calientes, y el cielo luce verde, y Nueva York es Nueva York en el corazón de La Mancha, y la lluvia le sienta de maravilla, y la fuente recoge las gotas mientras espera el día que volvamos a hacerle una visita.

A estas alturas de la vida, a una nueva película de Woody Allen lo único que le pido es que la estrenen. A estas alturas de la vida, lo único que pido es que me quede siempre el Albacete, porque películas de Woody Allen ya quedan muy pocas. Y no me importará que siga jugando partidos los viernes, así cobrará un nuevo sentido aquella escena que Woody escribió en “Sueños de un seductor” en la que se acercaba a una lánguida en un museo y le preguntaba:

–¿Qué haces el sábado por la noche?

–Me voy a suicidar.

–¿Y el viernes por la noche?

Que nos quede siempre un Numancia-Albacete; será señal de que, en el peor de los casos, seguiremos ganando, perdiendo, empatando, en Segunda. Que nos quede el fútbol; por irracional y absurdo que sea, continuaremos soportándolo porque la mayoría necesitamos los huevos.

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