Capítulo 13: ‘Vivir en un instante’

Ernesto, mi compañero de piso desde hace años, amigo desde la noche de nuestros tiempos, siempre repite lo mismo cada vez que andamos por ahí y vemos unos novios, en un banco, en un restaurante, en el cine, en el metro, en fin, por ahí, siempre la misma cantinela, “¡Eso! ¡Eso es lo que yo quiero!”, dice, a veces vocea (en los centros comerciales se crispa especialmente), eso es lo que él quiere, “un cañón, tío, un cañón, cuándo tendré yo un cañón así”. No pide tanto, la verdad, él sólo quiere un cañón, aunque no hace falta llegar a tal extremo, una novia a secas ya va bien, para combatir la intemperie en los bancos, para agarrarse a algo mejor que una barra pegajosa en el metro, para ser él los viernes noche el que comparte postre en el italiano y no el que mira por el cristal desde la calle mientras el idiota de su compañero de piso dice alguna idiotez. Ignora hasta qué punto entiendo sus anhelos y su frustración cuando éstos no se materializan porque ignora el anhelo que he perseguido durante tanto tiempo y la frustración que me ha ido acompañando, y es que para hacer piña de fracasados, para que una pena compartida parezca sólo media pena, cuando él suspira yo hago coros, “pues sí, un cañón, ojalá, a ver si cambia el viento”, ¿qué otra cosa puedo hacer? ¿Decirle la verdad? ¿Confesar que lo que yo quiero no es dejar de estar solo, conocer a esa persona especial, sentar la cabeza y conseguir trabajo y ganar dinero y labrarme un porvenir en condiciones, sino GANAR, QUE EL PUTO ALBACETE GANE EN CASA UNO A CERO EN EL ÚLTIMO SEGUNDO, QUE SE PARE EL MUNDO Y SÓLO EXISTA EL GOL, Y EL GRITO DEL GOL Y LOS ABRAZOS DEL GOL Y LAS HOSTIAS AL AIRE DEL GOL, QUE SE PARE EL MUNDO Y QUEDARME A VIVIR EN ESE INSTANTE?

El truco del almendruco es que nunca es posible empadronarse eternamente en un instante. ¿Y qué sucede después? Porque el instante después de que los cruzados conquistasen la Jerusalén terrestre no llegó el final de la Historia ni descendió la Jerusalén celeste, y el día que siguió al asalto del Palacio de Invierno no desparecieron las clases sociales, y la carrera de Miguel Núñez no terminó con un Balón de Oro y una calle en el barrio de Medicina después de debutar en el Belmonte con aquel golazo de volea al Rayo. Sucede, sencillamente, que la vida sigue, y ese mundo que creías detenido para siempre en el instante del gol de Zozulya no ha dejado de girar, no ha dejado de inventar nuevos problemas para joderte a la mínima que pueda. Sucede que son las once de la noche, tu mejor día se acaba y a la mañana siguiente es sábado y adultos desconcertados madrugan para hacer deporte y las viejas van a comprar con carritos de tela y los niños corretean levantando nubes de polvo en el parque que horas antes atravesabas para ir al estadio y, entonces, comprendes. Comprendes que toda esa parte del mundo que no eres tú y los que comparten tu enfermedad tiene sus propios anhelos inconfesables con los que se levanta y vive cada día, tan absurdos como ganar al líder, al Cádiz, ganar después de rozarlo e intentarlo sin éxito durante 92 minutos, ganar en el último segundo y caerte con la grada y que la grada se caiga contigo, ganar con esa épica adictiva y mentirosa de las películas americanas en las que el esfuerzo y la pasión siempre encuentran recompensa.

Cuando la utopía se materializa sucede que el ser humano se las apaña para encadenarse a otra y seguir persiguiendo algo que se alce lejos, porque allí estaba la utopía para Galeano, en el horizonte, y para eso sirve, para caminar por este mundo en alguna dirección. Cumplir años quizá no sea más que ir quemando y superponiendo utopías: subir a Segunda, ¿y luego? Ganar al líder como sólo se gana en los sueños, ¿y luego? Pues subir a Primera, y ganar la Copa, y la Liga, ¿y luego? Algo encontraremos, porque la vida, y esto es lo que más nos decimos Ernesto y yo, la vida son raticos, instantes condenados a la extinción sin olvido, al baúl de la nostalgia; son noches de verano, bailes de boda, cartas, son goles en el último extremo de lo posible. Chispazos que llegan sin avisar y que lo son absolutamente TODO, y no podemos dejar de perseguirlos jamás porque el misterio que hay tras ellos es el misterio eterno de lo que somos.

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