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Aúpa Alba

Capítulo 11: ‘Saber conformarse’

Un hermanico, una hermana, saltar al campo de la mano de un futbolista antes de un partido. Deseos con efecto retroactivo para mi yo de la infancia. Cosas que en su momento no tuve, que ni siquiera se me pasó por la cabeza echar de menos, y ahora moriría por haberlas disfrutado. Un equipo en Primera División sí lo tuve y, sin embargo, demasiado pronto, demasiado niño, a esa edad en la que lo que se necesita es un hermano o una hermana con quien jugar y pelear antes que un equipo en una categoría que, en el mejor de los casos, eres incapaz de saborear como se merece, y en el peor los recuerdos han perdido cualquier nitidez en el sótano de la memoria. La vida, en fin, siempre a destiempo, según su costumbre. Pero pensándolo bien, casi prefiero haber plantado mi primera pisada sobre el césped del Belmonte ya mayor, como un bulto errático y anónimo en mitad de la invasión de campo que debe suceder a un ascenso, y no antes, de la manita de un futbolista cualquiera antes de un partido cualquiera, con mayor protagonismo y menor trascendencia. Me vale. Saber conformarme es algo en lo que llevo trabajando años, por experiencia sé que no es nada fácil y por experiencia me puedo arrogar la autoridad de comunicar a Luis Miguel Ramis, al Albacete Balompié, que contra el Oviedo se conformaron regular. O mal. Para conformarse con el habitual y buscado triunfo por uno a cero no conviene demasiado regalar la segunda parte entera. No conviene demasiado mantener dos mediocentros que, condicionados por sendas tarjetas amarillas, no puedan contener como es preciso cada acometida de la segunda línea rival. No conviene nada alinear durante más de media hora a alguien con el físico de Pedro Sánchez. No conviene, en general, regalar ni un instante de concentración e intensidad cuando tienes el historial del Albacete y te enfrentas al colista, cuando tienes el historial del Albacete y te enfrentas al Real Oviedo. Perder puntos contra el Oviedo fruto de una segunda parte de pánico: no pudo recibir mejor homenaje Luis César Sampedro en el día de su vuelta a los ruedos de Segunda.

“Hasta que las matemáticas no me digan que no podemos subir, seguiré pensando en estar arriba, en pelear por el play-off”, afirmó Alfredo Ortuño, demostrando no saber ni querer conformarse con nada, exhibiendo un optimismo insospechado. A Alfredo parece sentarle de maravilla estar lo más lejos posible de Albacete: es el álter ego murciano del Ronaldo Nazário del 97 y además no duda en ceñirse el mundo por montera, o César o nada, está irreconocible, está divino. Alfredo confía en ascender a Primera con el Oviedo y el primer paso para ello es abandonar el farolillo rojo: bien, Albacete Balompié al rescate, en 90 minutos reparamos su avería, sanamos su enfermedad, resucitamos a su muerto. Con semejante chute de vida y la ambición del calvo goleador, el único límite es el cielo. Qué gran noticia sería que los sueños de Alfredo se hiciesen realidad: el mejor gol que puede marcar con la camiseta blanca es que el Albacete recuperase la fuerte inversión realizada en él; no digamos ya si ganase algo de dinero.

 

“No puede pasar de esta manera perder un partido en casa. Hubo falta de concentración, duelos, intensidad, todo”. Lo sé porque Ivan lo sabe, le creo, la vida debe verse clarísima desde más de un metro noventa de altura. Ivan Kecojevic es un oopart, un artefacto fuera de lugar según el acrónimo anglosajón, es un delantero yugoslavo ochentero aparecido como central en el umbral de la segunda a la tercera década del siglo XXI. Saúl Berjón también, con esa cara antigua de niño de posguerra y, en consecuencia, la calidad de uno de los superclases que enamoraban en los mundiales de los 70, tan fuera de lugar en la Segunda División de hoy, tan como Atila y su caballo por las bandas del Belmonte. “No puede pasar de esta manera perder un partido en casa”. Lo sé porque Ivan lo sabe; quizá ya lo sabía de antes, debí haberlo sabido, al menos haberlo contemplado, pero el aficionado lleva la penitencia inscrita en su pecado, en esa inocencia infinita que le sobra para olvidar el historial del Alba contra los colistas, contra el Oviedo, contra sí mismo, en esa inocencia de criatura que salta al campo de la mano de un futbolista y todo lo ignora con la misma rotundidad con que lo disfruta. Con esa mirada blanca.

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