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Aúpa Alba

Capítulo 9: ‘Contra la apatía’

Quisiera firmar un manifiesto contra la apatía. Contra la apatía del aficionado al fútbol, del adicto al fútbol, del paciente enfermo crónico de Albacete Balompié, pero lo cierto es que soy incapaz de presentar batalla a la apatía, al miedo, al desaliento. Un empate a cero es un cosmos en sí mismo. El primer empate a cero de cada temporada es una de esas efemérides grises que se van presentando en la vida de un ser humano, un rito iniciático periódico. Después del primer empate a cero de la temporada se extiende un abismo y se conoce el regusto amargo que acompaña cada uno de los pocos momentos de verdadera lucidez que gozamos en esta vida. Vi el Albacete-Racing de Santander y me volví un poco más viejo, un poco menos sabio todavía. Hice del Albacete-Racing una guerra personal contra la apatía que terminó igual que el choque, en tablas. El Albacete tuvo el balón y la iniciativa ante un Racing tan acechante como insulso, el Albacete tuvo a Manu Fuster y su luz para iluminar el camino del peligro y del gol que nunca llegó. El Albacete hizo en general un buen partido un martes a media tarde, y hacer un buen partido en esas condiciones ya es algo bastante digno de elogio.

Quisiera firmar una tregua con este deporte. El fútbol me desgasta y me vacía, me tortura y me subleva. A cambio al fútbol yo también le hago bastante mal, desnaturalizándolo, volcando sobre él cosas que no le corresponden, utilizándolo como arma en batallas para las que no está diseñado. Mi relación con el fútbol y con el Albacete ha llegado al punto de ser absolutamente tóxica, pero ya no hay caretas. Lo agradezco. El fútbol como espectáculo ya no me apetece y el Albacete Balompié como pasión ya me escuece, pero nada de esto es culpa del deporte ni del murciélago. Siempre aflora una penúltima nueva razón para suspirar y recaer, para no escucharse a uno mismo y ponerse la camiseta blanca de tirantes y ser ese protagonista del ya mítico meme del GTA: San Andreas que no para de repetir: “Ah shit, here we go again.” Y esa penúltima nueva razón, en mi caso, y probablemente no sólo en el mío, lleva el nombre de Manuel Fuster. Y también lleva la camiseta blanca, que al final es el factor diferencial de todo.

 

Quisiera firmar un contrato conmigo mismo y mis semejantes. Hemos asumido tácitamente la aparente imposibilidad de repetir una temporada como la anterior, hemos digerido la pérdida masiva de talento sobre el césped, hemos aceptado la mutación del estilo de juego. A pesar de sumar los mismos trece puntos que hace un año transcurridas nueve jornadas, aún somos esclavos del recuerdo y de las sensaciones. Y sin embargo los números se alzan implacables, como la certeza eterna y científica que realmente son. En Segunda División cada punto es un ancla hundida en la cordura en un océano de dudas. Un equipo de fútbol y el fútbol en sí mismo son entes vivos y, como tales, imposibles de diseccionar en un laboratorio. Desconfío de los analistas demasiado meticulosos y de los alquimistas fabuladores de fórmulas definitivas. El fútbol es una mierda incontrolable y cada equipo una suma inexacta de seres humanos con sus miedos, sus carencias, con sus sueños y sus delirios; cada partido, un país; cada minuto, una galaxia. Barri recupera muchos balones y regala otros con gran peligro. Susaeta realiza una labor importantísima como interior y otra nefasta como responsable del balón parado. Azamoum es un peón incombustible al que no acompaña la técnica. Así con todos, así con cualquiera. Así nos ha tocado ser esta temporada que quizá se haga demasiado larga, en la que volvemos a apreciar el valor de cada punto. Esta temporada en la que tanto recuerdo aquel refrán de mi abuelo: ningún perro lamiendo engorda… pero menos engordó el que no lamió.

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