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Aúpa Alba

Capítulo 7: ‘Arriba los corazones’

El pobre Larra tenía sus buenas razones para creer que escribir en Madrid es llorar y buscar voz sin encontrarla, yo tengo las mías para contestar que escribir del Albacete resulta algo parecido, escribir del Albacete Balompié es llorar y saber que, aunque llegues a encontrar una voz, no habrá nadie para escucharla ni que le importe. Así que supongo que escribir del Albacete y desde Madrid ya debería ser la sublimación del llanto, pero la realidad es que no es más que un ejercicio continuado y gratuito de soledad, y eso es mucho peor.

Ahora que nos hemos vuelto todos unos cínicos y ya no creemos en casi nada, ahora que sabemos que el discurso de Chaplin al final de “El gran dictador” no va a detener ni cambiar el curso de ninguna guerra, que separar la basura y encestarla en distintos contenedores de colores sirve de poco mientras queden grandes empresas haciendo lo que les sale del capital y que el hombre nuevo del Che hubiera terminado siendo la misma mierda asustada y miserable que el antiguo, ahora que se revela que el único futuro que le espera a la juventud es vivir peor que sus padres y hacerlo en progresivo aislamiento, justo ahora es cuando aparece Manu Fuster agarrando la pelota y enfilando con decisión la portería del Belmonte, como esos jugadores que tanto nos gustaron y tan bien nos funcionaron siempre, aparece Manu Fuster en el área y se inventa una asistencia preciosa con el exterior de la bota y entonces sí, las atrocidades se suspenden, la maquinaria de destrucción del planeta pasa a modo standby, la ilusión por la vida y ante el porvenir reaparece, realmente una asistencia suya basta para sanarme, para sanar la sequía de Manaj, para sanar la producción ofensiva del Albacete, para sanar la inquietud de la grada del Carlos Belmonte. Otros de 30 mg. de Manufusterol® y listo, todo bien; como el protagonista de la película de Pink Floyd, I have become comfortably numb.

 

La penúltima noche del verano nos dejó con la cuarta parte de los puntos necesarios para la salvación en el casillero, justo tras haberse jugado ya una sexta parte de nuestra competición. El calendario no ha sido demasiado amable con el Albacete hasta la fecha en cuanto al nombre y la entidad de sus rivales, pero los resultados son elocuentes. Cuatro victorias con mayor o menor brillo, con mayor o menor participación de la suerte, pero de un mérito innegable. Girona, Deportivo, Huesca, Málaga. Cuatro victorias y una sensación creciente, tan gratificante como los puntos, de encaje de las piezas dentro del mecanismo del juego de equipo. La temporada es todavía una incógnita, pero existe la certeza de que los éxitos se construirán desde una defensa fiable, un mediocentro con buen desplazamiento de balón y pocos remilgos a la hora de meter la pierna y un enganche que convoque la tormenta, en fin, lo mismo de toda la vida. Por ese camino tan efectivo como nada novedoso deberá alcanzar el Alba la tranquilidad, la seguridad, la confianza necesaria en sí mismo para despachar el objetivo primordial de institución y afición y terminar de conectar emocionalmente con esta última.

En ocasiones pienso en Tomás Cuesta, que llegó a la presidencia del Albacete en 1963 con el club en Tercera División, y su lema Arriba los corazones con el que trataba de condensar y espolear la ilusión por regresar a Segunda, una empresa que durante dos años consecutivos la promoción de ascenso se encargó de malograr, Sabadell y Calvo Sotelo de Andorra mediante. Cuenta Luis Parreño en “La fiel afición” que, decepcionado, Cuesta olvidó su animoso lema de los corazones. La idea del fracaso –que no había sido tal, porque dirigió dos temporadas que pueden calificarse entre las mejores de la historia del Albacete Balompié– le traumatizó. Espació su presencia en los graderíos del Carlos Belmonte, como espectador, y pocos años después no quiso ver ningún partido. En ocasiones pienso en él, pienso en cómo la decepción y el sentimiento de responsabilidad por el sueño incumplidogangrenaron y emponzoñaron una ilusión seguramente tan limpia y sincera. Es terrible, es el reverso oculto de la moneda de la pasión. Sería hermoso recuperar el lema de Tomás Cuesta, no para perseguir el fantasma de un ascenso, no por nostalgia folclórica, sino como homenaje debido a los que ya sufrían por esto mucho antes que nosotros y que conocían mucho mejor el sabor amargo del fútbol.

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