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Aúpa Alba

Capítulo 6: ‘Manufusterol® 30 mg’

Las sinuosas carreteras de Segunda División ocultan en sus cunetas los cadáveres putrefactos de decenas, cientos de buenas plantillas que nunca pudieron o nunca supieron llegar a ser buenos equipos. Algunas por arrogancia, otras por suicidio, y todas un poco por efecto de ese misterio que empapa la categoría hasta el último de sus rincones, como diría Joaquín, esa absurda epidemia que sufren las aceras contagiando a cada pobre diablo que las pisa. La transición del estado de (buena) plantilla al estado de (buen) equipo es mayoritariamente responsabilidad del entrenador, y el método empírico de ensayo y error el camino más rápido y clarificador para llegar a materializarla. Cada técnico abraza la metáfora gremial que más le convence; Luis César era el apasionado cocinero que, antes que aprender a dominar todas las recetas, buscaba pulir y extremar la suya hasta casi desnaturalizarla; Luis Miguel optó por la menos original terminología médica y, después de que el paciente pasara –pese a estar en planta y no en la UVI– uno de los peores días de su vida, tuvo que cambiar el tratamiento y decidirse a probar por fin ese nuevo fármaco que tanto se resistía a suministrarle. Y de algún modo funcionó y el paciente reaccionó, y no se conformó con ser Lázaro y caminar después de levantarse, sino que corrió, corrió como casi nunca y apretó los dientes hasta convertir en polvo el esmalte, y entretanto ganó a todo un Huesca en El Alcoraz. Desconozco dónde terminó el efecto genuino del Manufusterol® y empezó el de ese placebo que es ponerse por delante tras la primera jugada del partido y creerse capaz de lo imposible; también eso forma parte, naturalmente, del misterio de Segunda, como la paradójica rentabilidad que el Albacete Balompié ha obtenido de un autogol y dos penaltis concedidos por la justicia tecnológica pese a haber encajado tres derrotas incontestables, en fin, como cada carambola que sacude la categoría durante una jornada cualquiera.

Se le acabaron las fiestas en su honor, los diez días de vacaciones, y la Virgen de los Llanos volvió a su puesto de trabajo en los postes de las porterías defendidas por Tomeu Nadal, lo normal. Sin las milagrosas apariciones de Nuestra Señora de los Palos Blancos la posibilidad de ganar en A Coruña y en Huesca hubiese sido tendente a cero, pero la buena fortuna es algo demasiado importante en esta vida como para renegar de ella. Mientras lo humano va mejorando poco a poco en una progresión normal y deseable, toda ayuda ajena resulta un complemento más que útil y, aunque no acalle por completo la conciencia, hay motivos para sentir un cierto orgullo. El Albacete fue humillado por el Tenerife en su propia casa y ante su afición devastada en un partido donde la única ausencia que brilló más que la de la dignidad fue la del talento. Tres días después, en una jornada de Liga contra natura y en una de las salidas más difíciles del calendario, el Albacete recuperó la dignidad y comenzó a exhibir muestras de talento; el talento de Manu Fuster, sus ganas de explicar al mundo, a Ramis, a los que nos moríamos por verlo, por qué ha llegado con sólo 21 años a Segunda División, por qué puede ser él la chispa adecuada que encienda el fuego de este Alba; el talento de Susaeta, que es como Teruel, porque también existe aunque a menudo no tengamos noticias de él, que es intermitente como el Guadiana; el talento crepuscular de Pedro Sánchez, su cañito de patio de colegio, su arrancada por dentro que debe ser un arma.

 

El talento es el mayor catalizador de la ilusión de una afición, pero la rabia, el sudor, la intensidad, el compromiso, en definitiva, todos esos valores que engloba el magnífico concepto “huevos” son lo que de verdad enciende el orgullo y el corazón salvaje de las masas. Nada de eso le faltó al Albacete Balompié en Huesca, ni le faltó la Virgen de los Palos, y sobre todo no le faltó la gente capaz de tragarse la vergüenza y vivir su enfermedad a destiempo, parecer putos locos también un miércoles a mitad de tarde, esa gente a la que ni cuatro goles ni cuatrocientos golpes pueden quitarle las ganas de consagrar dos horas más de su vida a esta mierda del fútbol (siempre dos horas más), que a veces tanto merece la pena.

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